Ficha técnica

Título: Segunda parte | Autor:Javier Montes | Editorial: Pre-textos | Colección: Narrativa contemporánea | Género: Novela | ISBN: 978-84-92913-53-4 | Páginas: 192 | Ref.:  1077 | PVP: 16,00 € | Publicación: 2010

Segunda parte

EDITORIAL PRE-TEXTOS

 

¿Qué heredamos de los ausentes? ¿Cuánto -o hasta cuándo- está permitido echarlos de menos? ¿Hablan las cosas cuando desaparece su dueño? ¿Es más dulce el amor o su recuerdo?

A traición -astuto como siempre o más inocente que nunca-, Rule aprovecha el momento cumbre de una boda en el campo para anunciar a Miguel su mudanza a Río de Janeiro. En Madrid, una anciana directora de cine prepara un remake de su primera película. Precisamente desde Brasil viaja el joven actor que sustituirá a Farley Granger, la estrella menor de Hollywood que la protagonizó en secreto.

Empieza el verano, Miguel acaba sus exámenes y se queda solo en una ciudad que se vacía. Todo el mundo va y viene ante su mirada inmóvil. Los personajes se engarzan en triángulos de vértices ambiguos, con dobles que se desvanecen o se triplican en días áridos y noches eternas. Las calles de siempre resultan desconocidas y se van pareciendo al escenario de los cuentos más tenebrosos.

El riesgo del olvido y los peligros de la buena memoria; los castings para reemplazar un amor vacante; los padres que se modernizan sin dejar de ser terribles; la tentación dolorosa de nuevas oportunidades y segundas partes: tras Los penúltimos, su brillante primera novela, Javier Montes arma una fábula compleja y apasionante, un juego de espejos poco fiables donde inciertos maestros del cine amateur ofrecen lecciones de amor para principiantes y siempre es dudosa la posibilidad de aprender algo.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

El edificio donde vivía Patricia Lins cerraba Madrid por una de sus esquinas. La más fácil de distinguir, a lo mejor (y eso que Madrid tiene muchas): esa que forma el Paseo de Rosales al doblar en ángulo recto hacia Moncloa. Justo delante de su portal empezaba a resbalar el Parque del Oeste hacia el río, y ya no se veían entre los árboles del paseo más edificios ni calles. Los había, claro que los había: pero los tapaban los desmontes y los encinares de El Pardo. Y si uno pasaba por alto las grúas más allá podía imaginarse que sólo había campo y campo y campo, como hace cincuenta años, entre el edificio y la sierra. Y más, que sólo había campos y parameras entre el Guadarrama y el mar, ya muy lejos, al final de la carretera de La Coruña. De pequeña Patricia Lins creía que la carretera misma acabaría en otra esquina, la superior izquierda del mapa de España que dibujaban en la pizarra: en un precipicio sobre las olas por el que a veces soñaba que se caía. O a lo mejor en una rotonda para que los coches pudiesen dar la vuelta hacia Madrid. Ya de niña le atormentaba el vicio de la previsión.

   Así que la torre servía de avanzadilla y cierre en ese sitio que era a la vez pleno centro y últimas afueras. Tenía un aire franquista y en los detalles imitaba El Escorial. Pero acababa como cualquier bloque de pisos, en un ático con terraza que decepcionaba a quien trepaba con los ojos por vítores y águilas contando con un remate a juego. Lo compensaba el jardín que daba la vuelta a la azotea: la viña virgen y la hiedras desbordaban las barandillas, y despuntaban cipreses y palmeras y adelfas y hasta saguaros sobre una espesura de bosque cerrado.

   Patricia Lins estaba sentada en el cenador de la glicinia, que formaba un telón alrededor de la mesita y las sillas y llevaba muchos años retorciendo los hierros de la pérgola. Había que apartar las ramas para sentarse, y había que apartar antes de sentarse las flores malvas que con el principio del verano empezaban a caer sobre los muebles. Eso había hecho ella con la mano libre, antes de dejar sobre la mesa una caja de lata. Tenía saltado el esmalte de las esquinas. El resto era de un color tan vivo como debió de lucir en 1935, la fecha de la tapa. También se leía en letras grandes DULCE DE MEMBRILLO LA AMAPOLA, justamente sobre un ramo de amapolas, que aunque son las flores del olvido (y aunque se marchitan en minutos y son imposibles para ramos como el de aquel dibujo), habían acompañado a Patricia Lins toda su vida y servido durante más de sesenta años como tapa de su baúl de los recuerdos y emblema de los tesoros más valiosos.

   Le dio una calada al cigarrillo y lo tiró al suelo para abrir la caja. Revolvió un poco y sacó un sobre grande de papel de estraza. Estaba lleno de tarjetones de agencias de modelos y de casting y fotos de actores jóvenes recortados de revistas modernas. Muy despacio las colocó sobre la mesa en hileras.

   Viendo el jardín asilvestrado era difícil adivinar la parte meticulosa (y casi maniática) de Patricia Lins. Era difícil, en realidad, viendo a la propia Patricia Lins y su pelo, de un blanco tan amarilleado por la edad como sus dedos por el tabaco negro que llevaba fumando cincuenta años sin cenicero ni pausa. Echaba la ceniza y las colillas al suelo, entre las hojas secas del año anterior y las flores todavía tiernas de la glicinia. Porque a la vez y para según qué cosas (ella hubiera dicho que para las que no importaban) también era muy descuidada.

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