Ficha técnica

Título: Seductores, ilustrados y visionarios. Seis personajes en tiempos adversos | Autor: Josep Maria Castellet |  Traducción: Rosa Alapont |  Editorial: Anagrama  | ColecciónNarrativas hispánicas | Género: Novela | ISBN: 978-84-339-7218-7 | Páginas: 288 | PVP: 19,50 € | Publicación: Octubre de 2010

Seductores, ilustrados y visionarios. Seis personajes en tiempos adversos

EDITORIAL ANAGRAMA

«En 1988 publiqué Los escenarios de la memoria, que pretendía ser un ejercicio literario para explicar, a través de mi relación con algunos personajes relevantes del mundo de la cultura, una parte de mi formación intelectual.» Ahora, con Seductores, ilustrados y visionarios, que según el autor «pertenece al mismo género literario», Josep M. Castellet nos ofrece una visión personal de seis personajes, «todos amigos personales y compañeros de aventura literaria o cultural durante muchos años», en los tiempos adversos de la dictadura.

Manuel Sacristán, Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Joan Fuster, Alfonso Carlos Comín y Terenci Moix, que con los años se han convertido en figuras destacadas de la vida cultural catalana y española de la segunda mitad del siglo XX, son los protagonistas de Seductores, ilustrados y visionarios; si bien Josep M. Castellet también nos ofrece algunas claves de su propio retrato al entrelazar su biografía con la de los otros.

Apelando a la memoria y a partir de situaciones reales poco conocidas, que arrancan de los años cuarenta del siglo pasado, el autor enhebra un relato original, sincero, irónico, crítico y agudo que lo confirma, veinte años después de Los escenarios de la memoria, como un gran prosista.

«El valor del libro está en la agudeza del testimonio, en convertir la anécdota en categoría al ir retratando al personaje y, tras él, su época y, cuando menos, atisbos de su obra. Lo mismo que hizo Josep Pla en sus Homenots» (Francesc de Carreras, La Vanguardia).

«A Castellet se le han muerto habitantes fundamentales y coetáneos de su planeta intelectual: Gabriel Ferrater, Costafreda, Sacristán, Barral, Gil de Biedma y le veo algo cansado de darse el pésame a sí mismo. Pero seguro que prepara algo importante» (Manuel Vázquez Montalbán).

«Un entrar y salir incesante, un poco vicioso y un poco morboso, e invariablemente seductor, en las vidas de media docena de personajes admirables y, sobre todo, un no dejar de estar cerca de un escéptico calculador y astuto, risueño en la prosa como lo es en la calle, y nunca dispuesto a hacer pasar por importante y trascendente algo que haga poner los ojos en blanco» (Jordi Gracia, El País).

«La gran virtud del libro de Castellet es la elevación de la voz del narrador, no impostada, sino pulcra. No sólo consigue convertir el recuerdo íntimo en una lectura apasionante (gracias a su elegante sintaxis, a su registro distanciado), sino que proporciona parámetros exquisitos de desarrollo moral» (Josep Maria Fonalleras, El Periódico).

 

I  

    A principios de mayo de 1950, cuando sólo me faltaban dos semanas para los exámenes del último curso de carrera, tuve que ir a la consulta del médico a causa de unos dolores de cabeza recurrentes y una febrícula descubierta unos días antes. Apenas el médico de cabecera, el doctor Guàrdia, acabó de auscultarme el pecho y de mirarme sucintamente por la pantalla de rayos X, le dijo a mi madre, que me acompañaba, que se trataba de lo mismo que había sufrido mi hermano no hacía mucho tiempo: tuberculosis. Excuso al lector los detalles de la discreta escena de pavor personal y familiar. Por entonces la tuberculosis era todavía una enfermedad maldita y, en cierto modo, vergonzante, porque era contagiosa y de gran morbilidad. Además de mi hermano Eduard, algunos amigos habían sido víctimas de ella, como Joan Ferraté y, con mayor gravedad, Manolo Sacristán, a quien habían tenido que extirpar un riñón, nefrectomía realizada por el doctor Serrallach en su clínica de la calle de Balmes, donde visité periódicamente a Manolo durante todo el curso de la convalecencia.

    El doctor Cornudella -el especialista que había llevado a mi hermano y a quien acudí acto seguido- se mostró vagamente preocupado. «Hombre», me dijo, «esto es un poco más complicado que lo que tuvo Eduard, pero si tenemos suerte con una prueba que te haré, no debes preocuparte porque lo superarás perfectamente. Eso sí, será un poco largo.» No añadió nada más, me envió a la cama -donde no pude pegar ojo en toda la noche- y a la mañana siguiente se presentó en casa con un ayudante que llevaba una maleta negra. «Mal vamos», pensé, cosa que quedó confirmada al abrirse la maleta y aparecer una especie de botellas de las que sobresalía un tubo de goma al que conectaron una aguja de inyectar de un palmo de largo. El doctor Cornudella me dijo que me volviera del lado izquierdo mientras me palpaba las costillas del lado derecho. «Ahora, cuando yo te lo diga, no respires. Ya…» Y me metió la aguja monstruosa, lentamente, por un espacio intercostal. Daño no me hizo, pero cuando comprendí que me estaba inyectando algo que provenía de las botellas de la maleta, me desmayé por el mal efecto de verte sometido a aquella extraña operación sin sentido aparente. El desmayo fue breve, gratificado por una copa de coñac que apareció como por ensalmo.

    Acabado el rito de la inyección, el doctor Cornudella se sentó junto a la cama y me dijo: «Ahora te explicaré lo que te he hecho. Se llama neumotórax y consiste en inyectar aire entre las pleuras, lo cual reduce el pulmón a la mitad del tamaño natural. Eso produce un efecto decisivo, y es que el pulmón trabaja menos, es decir, que descansa, cosa que facilita la curación. El tratamiento es un poco largo porque las pleuras son porosas y pierden aire. De vez en cuando hay que volver a pinchar. Cuando te acostumbras, no produce mayor efecto que una inyección en el culo.» Es muy probable que la explicación que me dio el doctor Cornudella fuera técnicamente más perfecta, pero más o menos entendí de qué iría la cosa.

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