Ficha técnica

Título: Salvatierra | Autor: Pedro Mairal | Editorial: El Aleph  | Colección: Clásicos y Modernos, 325 | Género: Novela | ISBN: 978-84-7669-951-5 | Páginas: 144 | Formato:  14 x 21,5 cm. | Encuadernación: Rústica con solapas  |  PVP: 18,00 € | Publicación: 9 de Septiembre 2010

Salvatierra

EL ALEPH EDITORES

A los nueve años, Juan Salvatierra quedó mudo después de un accidente de caballo. A los veinte, empezó a pintar en secreto una serie de larguísimos rollos de tela que registraban minuciosamente la vida de un pueblo litoraleño. Tras la muerte de Salvatierra, sus hijos viajan desde Buenos Aires para hacerse cargo de la herencia: un galpón inmenso atestado de rollos pintados.

Intrigado por la obra monumental creada por su padre, el hijo menor, Miguel, se dispone a ordenarla. Junto con las telas, desenrolla una intriga de secretos familiares que se hunde en el pasado y echa sus sombras sobre el presente. Salvatierra parece haberlo pintado todo. Profuso como la flora y la fauna que pueblan la ribera, el cuadro se impone sobre la realidad y la desborda.

Solamente falta un rollo para completar el inmenso cuadro pintado por Salvatierra y Miguel siente la imperiosa necesidad de encontrarlo para que el cuadro no sea infinito, para que tenga un borde, un límite. Para tener una vida que no haya sido pintada ya por su padre.  Miguel emprende una auténtica aventura que lo llevará a descubrir algo nuevo sobre su padre e impensable sobre sí mismo.

 

I

El cuadro (su reproducción) está en el Museo Röell, a lo largo de un gran pasillo curvo y subterráneo que comunica el viejo edificio con el nuevo pabellón. Al bajar las escaleras, uno cree haber llegado a un acuario. Por toda la pared interna de casi treinta metros, el cuadro va pasando como un río. Contra la pared opuesta hay un banco donde la gente se sienta a descansar y mira pasar el cuadro lentamente. Tarda un día en completar su ciclo. Son casi cuatro kilómetros de imágenes que se mueven despacio de derecha a izquierda.

    Si digo que mi padre tardó sesenta años en pintarlo, parece como si se hubiese impuesto la tarea de completar una obra gigante. Es más justo decir que lo pintó a lo largo de sesenta años. 

 

2

Este mito que se está armando en torno de la figura de Salvatierra nace a raíz de su silencio. Es decir, de su mudez, de su vida anónima, de la larga existencia secreta de su obra y de la desaparición casi total de ella. El hecho de que haya sobrevivido una sola tela hace que esa única pieza valga muchísimo más. El hecho de que él no haya dado entrevistas, ni haya dejado nada escrito acerca de su pintura, ni haya participado de la vida cultural, ni haya expuesto nunca, hace que los curadores y críticos puedan llenar ese silencio con las opiniones y teorías más diversas.

    Leí que un crítico lo calificaba como «art brut», un arte realizado de un modo absolutamente ingenuo y autodidacta, sin intención artística. Otro crítico hablaba de la evidente influencia de los luministas españoles de Mallorca en la obra de Salvatierra. De ser así, el camino que tuvo que recorrer esa influencia es largo pero no imposible: de los luministas españoles a Bernaldo de Quirós; de Quirós a su amigo y alumno Herbert Holt; y de Holt a Salvatierra.Otro mencionó semejanzas con el «emakimono», esos largos dibujos enrollados, propios del arte chino y japonés. Es cierto que Salvatierra había visto uno de esos dibujos, pero también es cierto que ya había desarrollado su técnica de la continuidad antes de verlo.

    Estas aclaraciones no tienen importancia. Si me pusiera a desmentir los errores en lo que se está diciendo y escribiendo acerca de mi padre, no tendría tiempo para hacer otra cosa. Tengo que acostumbrarme a que la obra de Salvatierra ya no es más nuestra (me refiero a mi familia) y que ahora otros la ven, otros la miran, la interpretan, la malinterpretan, la critican y de algún modo se la apropian. Así debe ser.

    También entiendo que la ausencia del autor mejora la obra. No sólo por su muerte sino también por el silencio al que me refería antes. El hecho de que el autor no esté presente, incomodando entre el espectador y la obra, hace que el espectador pueda disfrutarla con mayor libertad. En este sentido, el caso de Salvatierra es bastante extremo. Por ejemplo, en todo el cuadro no hay un solo autorretrato; él no aparece en su propia pintura. En esa suerte de diario personal en imágenes no figura él mismo. Es como escribir una autobiografía en la que uno no esté. Y algo curioso: el cuadro no tiene firma. Aunque esto quizá no sea tan raro. Al fin y al cabo, ¿dónde ponerle la firma a una obra de ese tamaño?

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