Ficha técnica

Título: Sagapò (Te quiero) | Autor: Renzo Biasion | Editorial: Acantilado | Colección:
Narrativa del Acantilado, 209 | Temática: Novela | Traducción: Juan Díaz de Atauri | ISBN: 978-84-15277-76-7 | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 256 | Precio: 22.00 euros

Sagapò (Te quiero)

ACANTILADO

 

Soñando reconstruir el Imperio romano en el mediterráneo, Mussolini envió al ejército italiano, entre otros lugares, a Grecia. Pronto los soldados aprendieron que S’agapò (o, como ellos pronunciaban, Sagapò) en griego quería decir ‘Te quiero’, y obtuvieron más éxitos entre las griegas que en sus campañas militares. Un friso entretejido de relatos delicado y poético que nos habla del amor, con el trasfondo del mar griego-un amor a veces romántico y casi siempre trágico, entre los soldados invasores y las habitantes de las islas-y de la necesidad del calor de un cuerpo cuando duele la soledad.

 

 

 LA REPÚBLICA DE ALCOZINO

 

     Cuando el batallón llegó a la costa y se desplegó en abanico, a la tercera compañía le tocó la posición de Elunda. Elunda era una aldea de seis casas, dos de las cuales servían como almacén de algarrobas. Las casas estaban prácticamente vacías, pero los almacenes aún se encontraban llenos. Requisaron las algarrobas para alimentar a los mulos, que las comieron con avidez y después enfermaron en su mayoría.
En la playa había dos cruces, que habían hincado los alemanes. Cadáveres devueltos por el mar o paracaidistas muertos a manos de la población civil. A causa de aquellos
dos muertos había habido una matanza inmediatamente después de la ocupación.
     La playa era larga, batida por el sol; las casas, cubos blancos recortados contra el mar violeta: un mar cerrado, impasible, hostil.
     La carretera llegaba hasta el puesto de guarnición y luego trepaba, polvorienta, por la montaña amarilla.
     Cuando la compañía llegó a la aldea, los soldados se dispersaron por las casas. Estaban cansados, pero, tras meses de tienda de campaña y marchas, la idea de instalarse bajo techo los enardecía. Reían excitados y, con alegre frenesí, se empujaban los unos a los otros en la lucha por conseguir los mejores sitios. Sacaron las algarrobas a la calle para hacer sitio. La aldea estaba casi desierta y los pocos hombres que quedaban, viejos en su mayoría, observaban en silencio aquel trajín en sus viviendas. 

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