Ficha técnica

Título: Saber perder| Autor: David Trueba | Edición española: Anagrama, febrero de 2008 |Fecha de distribución: 21 de febrero de 2008 | ISBN: 978-84-339-7167-8 | Precio: 20 € | Páginas: 528

Saber perder

EDITORIAL ANAGRAMA  

Sylvia cumple dieciséis años el día en que comienza esta novela. Para celebrarlo organiza una falsa fiesta que sólo tiene un invitado. Horas después sufrirá un accidente que, aún no lo sabe, significará su brusca entrada en la vida adulta. Su padre, Lorenzo, es un hombre separado que trata de tapar los agujeros que el abandono de su mujer y el fracaso laboral han causado en su rutina. Ariel Burano es un joven jugador de fútbol que deja Buenos Aires para fichar por un equipo español. La caja de los triunfos no parece difícil de abrir para su superdotada pierna izquierda y será cuestión de tiempo que el estadio coree su nombre. El anciano Leandro, en cambio, es precisamente tiempo lo que no tiene. Está en esa edad, como le dice un conocido, donde uno asiste a más entierros que nacimientos, cuando ya casi nada se construye y casi todo se derrumba. Éstos son los cuatro personajes principales de Saber perder. Con las relaciones entre ellos se trenza un apasionante relato de supervivientes, de poderosa pegada narrativa y rico en matices. Una mirada inteligente, capaz de extraer humor y emoción en cada curva del camino, pero que reivindica, por encima de todo, la maravillosa aventura de vivir. Ésta es la tercera novela de David Trueba tras su irrupción con Abierto toda la noche, a la que Der Spiegel definió como «una orgía de carcajadas», y Cuatro amigos, un libro que vive un idilio continuado con los lectores desde que fue publicado en 1999. Un idilio que se redoblará, sin ninguna duda, con esta novela claramente ganadora: Saber perder.  

 

Extracto del libro: Segunda parte. «¿Es  esto amor?»

Para evitar las escaleras del instituto, Sylvia utiliza el ascensor de profesores. Esta mañana, al llegar, se ha subido a la carrera don Octavio, el de matemáticas, siempre estirado, la falta de movilidad en el cuello le obliga a volverse de cuerpo entero para mirar hacia los lados. Al ver la escayola le ha preguntado ¿cuánto tiempo tienes que llevarla? Un coñazo, creo que me la quitan en una semana. Ah, lo mío es peor, es para siempre. Y se ha señalado el cuello agarrotado. ¿Fue un accidente?, le preguntó Sylvia. No, es una cosa llamada enfermedad de Bertchew. Supongo que cuando el señor Bertchew fue al médico y le dijeron que sufría la enfermedad de Bertchew se quedaría bastante acojonado, ¿no? Se rió él solo, Sylvia le acompañó con una sonrisa tardía. Se bajó en la planta anterior a ella. Pasa un buen día. Usted también.

Durante el recreo Sylvia permanece en el aula. Mai se ha sentado sobre su mesa y apoya las botas en el filo de la silla de Sylvia. El talón de la escayola reposa en un pupitre cercano. Sylvia ha logrado una soltura notable con las muletas. Se apoya en ellas cuando está de pie, detenida, con el pliegue de la rodilla en el asa, las reúne al sentarse como si fueran ligeras, pesca su mochila del suelo sujetándolas por el extremo inferior y por la calle aparta algún papel o lata abandonada en la acera como si jugara al hockey. La inactividad le ha dado tiempo para estar sola. Sus días, antes del accidente, dependían casi en exclusiva del horario de clase, de los planes de Mai. Volvían juntas del instituto, quedaban por las tardes, iban a su casa, se encerraban en la pocilga a oír música o se sentaban en el portal a charlar.

Las últimas semanas, en cambio, habían tenido algo de retiro. Se tumbaba en la cama con los auriculares y la vista fija en las estrellas adhesivas fosforescentes que había colocado años atrás, cuando el techo de su habitación aspiraba a no tener límites. Había leído por primera vez en su vida por el gusto de seguir una historia, de involucrarse en lo ajeno. Había vencido esa ansiedad que en otros intentos por leer siempre la arrastraba hacia sus propias preocupaciones. Terminó la novela que Santiago le había regalado en seis días de lectura prolongada, a veces hasta que un ojo se le enramaba y la hacía sentir un roce de arenilla al parpadear. Luego buscó en las estanterías del despacho de casa, leyó primeras líneas de otras novelas y en un error fatal le preguntó a su padre ¿qué me puedo leer? Veinte minutos anduvo Lorenzo a tumbos entre los libros, de propuesta en propuesta, con entusiasmo confuso, hasta que le tendió un grueso novelón escrito por una mujer, yo no lo he leído, pero a tu madre le encantó. Pilar siempre llevaba un libro en el bolso para leer camino del trabajo.

Cuando Sylvia habló por teléfono con su madre le dijo que se había terminado la novela que Santiago le había regalado. Ese fin de semana, cuando vino a visitarla, Pilar le trajo otro libro, de parte de Santiago. Te lo ha dedicado, a él le daba vergüenza pero yo insistí. Sylvia lo abrió por la primera página. «A veces un libro es la mejor compañía.» Tiene una letra rara, pero bonita, le dijo a su madre.

El primer día de la vuelta a clase la rodearon los compañeros. Alguna hasta le dio dos besos. Le firmaron la escayola, unos, como Nico Verón, con obscenidades: «¿Qué tal se folla con escayola?»; otras, como Sara Sánchez, con cursilería: «De una amiga que te ha echado de menos»; y alguno con surrealismo sobrevenido, como Colorines, que escribió: «arriva España». Esa primera mañana la escayola terminó como un mural de grafitis, lleno de firmas de quinceañeros. Dani también se acercó a la clase y hablaron un rato en presencia de Mai, hasta que él se atrevió a proponer si quieres voy una tarde a hacerte compañía. Cuando quieras, respondió Sylvia. Dani se fue y Mai soltó su diagnóstico. Éste está colgado de ti.

Dos días después, Dani la visitó en casa. Sylvia tardó en abrir, su padre se acababa de marchar. Dani se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra el mueble. Sylvia se tumbó en la cama, reclinada. Hablaron de las clases, de algún concierto cercano, de alguna película reciente. De la paliza que dos skins le habían dado al Erizo Sousa el viernes pasado. Dani trajo dos cervezas de la nevera y Sylvia le preguntó ¿te gusta el fútbol? Dani se sorprendió por la pregunta. Sólo las finales, dijo luego. Cuando alguien pierde y lloran por el suelo y ya no parecen todos tan chulos y tan seguros de sí mismos. Sylvia había visto anunciado en televisión que esa tarde el equipo de Ariel jugaba en Turquía. Se quedaron en silencio y Dani dijo de pronto me he comido mucho el coco con lo del día de tu cumpleaños. Perdona, fui una imbécil. No, yo me sentí ridículo, dijo él. ¿Por qué? No sé.

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