Ficha técnica

Título: Rostros escritos. Monólogos con creadores españoles de los setenta | Autor: Robert Saladrigas| Editorial: Galaxia Gutenberg | Colección: Ensayo  | Páginas: 352 | ISBN: 978-84-15863-80-9 | Precio: 21 euros

Rostros escritos. Monólogos con creadores españoles de los setenta

GALAXIA GUTENBERG

Comprometido desde muy joven con dar a conocer las obras y los autores de su tiempo, Robert Saladrigas comenzó en 1968 su colaboración con el semanario «Destino», el más prestigioso e influyente de cuantos se editaban en la España de los años sesenta y setenta, con una serie de entrevistas singulares a escritores consagrados y jóvenes promesas. Como recuerda el mismo Saladrigas, «eran charlas planteadas con ambición de profundidad, un diálogo incondicional llevado a cabo sin agobios de tiempo». Leídas hoy, las conversaciones con Juan Marsé, José Agustín Goytisolo, Francisco Umbral, Ana María Matute, Francisco Ayala, Manuel Vázquez Montalbán, Max Aub, Rosa Chacel, Camilo José Cela, José Manuel Caballero Bonald, Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, o los jovencísimos Eugenio Trías o José María Guelbenzu, entre muchos otros, nos trasladan de una manera intensa, profunda y muy viva, a la España de finales del franquismo, con sus temores y esperanzas, los límites a la libertad de expresión, la represión de cualquier actividad política y la consolidación de una conciencia cívica a favor de la democracia y de las libertades. De todo ello, los escritores eran a menudo los portavoces a la vez que se esforzaban, como cualquier creador, para elaborar una obra personal.

Así pues, desvelos personales y colectivos se mezclan en este volumen que recupera unos testimonios de primera mano y de máxima importancia para revivir los años finales de la dictadura franquista en la voz de los grandes escritores de su tiempo.

Prefacio

Unas palabras que justifiquen la existencia y contenido de este libro son indispensables, aunque en mi mente bulle la reflexión con que Augusto Monterroso inicia su obra La palabra mágica: «Los libros tienen sus propios hados. Los libros tienen su propio destino. Una vez escrito -y mejor si publicado, pero aun esto no es imprescindible- nadie sabe qué va ocurrir con tu libro. Puedes alegrarte, puedes quejarte o puedes resignarte. Lo mismo da: el libro correrá su propia suerte y va a prosperar o a ser olvidado, o ambas cosas, cada una a su tiempo». Eso también puede suceder -o a lo mejor sucederá- con todo aquello que uno escribe a lo largo de su vida, sin pensar al hacerlo que vaya a sobrevivir a la acción demoledora del tiempo. Como si por causa de un asombroso prodigio los textos fuesen a caminar sobre aguas turbulentas hasta alcanzar la orilla del día de hoy.

Respecto al origen de este libro es necesario retroceder hasta la segunda mitad de los años sesenta del pasado siglo. Sucedió que empecé a colaborar en el entonces prestigioso semanario Destino. Entre aproximadamente los años 1968 y 1975, período de mi intensa colaboración en la revista, hice una larga serie de singulares entrevistas -unas ciento treinta- con escritores consagrados y jóvenes promesas, la mayoría narradores junto a poetas, dramaturgos, ensayistas y algún que otro activista cultural. Eran charlas planteadas con ambición de profundidad (sin magnetófono por medio, sólo bloc de notas y bolígrafo) que partían de una doble exigencia: por mi parte estar familiarizado con la obra de los entrevistados, y por la suya aceptar un diálogo incondicional llevado a término sin agobios de tiempo. Es importante resaltar que vivíamos el llamado tardofranquismo, pero el régimen seguía ejerciendo una actividad represora muy intensa.

De manera que Destino tenía serios conflictos -al igual que Triunfo o Cuadernos para el diálogo- con el ministerio de Información y Turismo, órgano de la censura que encabezaba Fraga Iribarne y sus secuaces. Por poner un ejemplo, no resultaba fácil obtener una respuesta definida, contundente, cuando pedía a los entrevistados su adscripción ideológica o militancia política. Solían parapetarse sutilmente en la ambigüedad o recurrían al eufemismo. En este momento no sabría explicar cómo ni por qué se me ocurrió introducir un elemento de subversión en el epígrafe de la serie: Monólogo con… Nadie, absolutamente nadie, nunca, me reprochó el absurdo. Sólo recuerdo mucho más tarde un comentario divertido del inolvidable Carlos Castilla del Pino. El caso es que el primer Monólogo fue con Gabriel García Márquez, publicado en el número 1.626 de Destino de fecha 30 de noviembre de 1968. Me propuse un diseño de entrevista decididamente personal, de inspiración más literaria que periodística, sin preguntas convencionales que iban implícitas en las respuestas del personaje e invocaban el discurso y el ritmo de un falso monólogo que, por supuesto, en ningún momento buscaba confundir a los lectores. Ahora bien, el tipo de estructura y el montaje me permitían incluir mi visión (subjetiva, claro está) de la persona con la que hablaba -casi siempre durante varias horas-, ofrecer datos de su gestualidad al mismo tiempo que describir el lugar y la atmósfera de cada encuentro, y contrastar sus autoanálisis con mis opiniones de lector.

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