Ficha técnica

Título: Ritual en la oscuridad | Autor: Colin Wilson | Epílogo y traducción: Javier Calvo | Editorial: Libros del silencio | Colección:  Miradas | Género: Novela | ISBN: 978-84-939433-0-1 | Páginas: 608 | Formato:  21 x 14 cm.| Encuadernación: Rústica |  PVP: 26,00 € | Publicación: 17 de Octubre de 2011

Ritual en la oscuridad

LIBROS DEL SILENCIO

Ritual en la oscuridad es la primera novela de Colin Wilson, que la escribió a los dieciocho años, aunque no fue publicada hasta siete años después, cuando el éxito internacional del ensayo filosófico The Outsider había encumbrado ya a su autor como un joven prodigio de las letras inglesas y una de las figuras más destacadas de los Angry Young Men.

El relato, al mismo tiempo un thriller y una novela de iniciación de tintes filosóficos, arranca con el encuentro de dos personajes increíblemente poderosos: Gerard Sorme, joven aspirante a escritor perpetuamente sometido a depresiones metafísicas y dilemas sexuales, solitario y ascético, y Austin Nunne, un misterioso y bohemio bon vivant que le abrirá las puertas de un mundo hasta entonces desconocido y se convertirá en objeto de su fascinación.

Como telón de fondo, el Londres de los años cincuenta, representado de manera brillante, desde el West End ya desaparecido de las librerías y tabernas hasta el East End ruinoso y fantasmagórico. Una ciudad conmocionada por la ola de crímenes, al más puro estilo de Jack el Destripador, que está asolando el mítico barrio de Whitechapel.  

«En Ritual en la oscuridad está todo. Todo lo que hace que una novela de Wilson sea radicalmente distinta a cualquier otra novela y todo lo que hay de fascinante en la obra de su autor. Cincuenta años después de que se publicara, uno la abre y resulta igual de hermosa y sorprendente y rematadamente rara y escabrosa, ingenua y provocadora. Fue la puerta oscura y temible por la que entré en el mundo de Colin Wilson. Y no pienso salir.» Javier Calvo  

 

1

Salió del metro en Hyde Park Corner con la cabeza gacha, haciendo caso omiso de la gente que se aglomeraba contra él y dejando que fueran ellos los que se apartaran de su camino. No le gustaban las multitudes. Le ofendían. Si se permitía a sí mismo fijarse en ellas se sorprendía pensando: Hay demasiada gente en esta ciudad de las narices; necesitamos una masacre que reduzca la población. Cuando se daba cuenta de que estaba pensando así, se ponía enfermo. No es que quisiera matar a nadie, pero su odio hacia la multitud era incontrolable. Por la misma razón, evitaba mirar los anuncios que flanqueaban las escaleras mecánicas del metro de Londres; cualquier vistazo casual podía desencadenar multitud de aversiones. Las formas semidesnudas que anunciaban corsés femeninos y medias le provocaban una quemazón en la garganta, un horror instantáneo, como una cerilla al caer sobre un trapo empapado de gasolina.

     Una llovizna fina y pardusca caía sin interrupción; los coches que pasaban salpicaban agua fangosa. Se abotonó el impermeable, se subió el cuello de la prenda y procedió a abrir el paraguas de mujer que llevaba colgado de la muñeca con una correa. La multitud disminuyó al cruzar Grosvenor Crescent; él aminoró la marcha, disfrutando del ruido de la lluvia sobre el paraguas. 

     Cuando llegó a las cancelas de hierro forjado y bañado en oro, se detuvo y buscó a tientas su dinero. La entrada del edificio estaba oculta tras una carpa a rayas coronada por una cúpula de bulbo estilo ruso; a ambos lados de ella había sendas estatuas de negros enormes, apoyadas en el arco de mármol que daba entrada a la tienda. Bajó el paraguas y lo sacudió para quitarle las gotas de lluvia. Más allá de los negros, las paredes del edificio se veían negras y lúgubres.

     El vestíbulo olía a ropa húmeda. Frente a las taquillas había una cola de media docena de personas. Las paredes interiores de la carpa estaban cubiertas de papel a rayas rojas y doradas.

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