Ficha técnica

Título: Rimbaud | Autor: Edmund White |  Traducción: Nicole d’Amonville Alegría |  Editorial: Lumen  | Colección: Futura | Género:  Memorias y biografías | ISBN:  9788426417794 | Páginas: 208 | Formato:  14 x 21 cm. | Encuadernación: Tapa blanda con solapa  |  PVP: 19,90 € | Publicación: 17 de Septiembre 2010

Rimbaud

EDITORIAL LUMEN

Además de excelente novelista, Edmund White es un agudo ensayista y biógrafo. En este libro cuenta la apasionate, mítica y turbulenta vida de Arthur Rimabud, el gran poeta simbolista francés, discípulo de Baudelaire, notorio crápula, compañero sentimental de Paul Verlaine y, en definitiva, enfant terrible de las letras francesas.

White analiza y reconstruye los avatares biográficos del precoz poeta, desde su infancia y época estudiantil, cuando en el colegio fue ya laureado en composición latina, hasta la creación de las dos obras que cambiaron el rumbo de la poesía europea: Las iluminaciones y Una temporada en el infierno. Entre versos, borracheras y escándalos trasncurrió su corta vida, que terminó en Marsella con treinta y siete años, después de haber abandonado la lietratura a los veinte y haberse dedicado, entre otras ocupaciones peregrinas, al tráfico de armas en Etiopía.

En este opúsculo, White nos ofrece un retrato íntimo y perspicaz sobre el hombre que se escondía tras la máscara del poeta maldito.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Descubrí a Rimbaud, en 1956, cuando tenía dieciséis años. Yo estudiaba en el internado de Cranbrook, un colegio masculino en las afueras de Detroit, donde apagaban las luces a las diez. Pero solía salir sigilosamente de mi habitación e ir a los retretes, donde había una tenue luz de techo, y me sentaba en la taza tanto rato que las piernas se me entumecían. Fuera, el viento espoleaba la nieve a altas y blancas derivas acalladoras; dentro, el dormitorio estaba sumido en un silencio inquietante. Yo leía una y otra vez los poemas de Rimbaud. Aunque me habían dado un premio en lengua francesa, el vocabulario y la gramática de Rimbaud me resultaban demasiado difíciles, y siempre tenía que desviar la mirada de la página izquierda del francés original y echar una ojeada furtiva a la página derecha de la traducción inglesa, de 1952, de Louise Varèse. Alentado por el delirio sensual del largo poema «El barco ebrio», me dejaba flotar hasta climas exóticos.

    Siendo yo un desgraciado adolescente gay, sofocado por el aburrimiento y la frustración sexual, y paralizado por el odio hacia mí mismo, anhelaba huir a Nueva York y triunfar como escritor; me identificaba completamente con los deseos de Rimbaud de ser libre, de ser publicado, de ser sensual, de ir a París. Lo único de lo que carecía era de su arrojo. Y de su genio. Dedicaba las tardes, cuando la mayoría de los demás chicos hacían deporte, a hacer a toda prisa los deberes. Así estaba libre durante las dos horas de estudio obligatorio al final de la tarde para trabajar en mi novela. Escribí una primera novela y, luego, una segunda. Mi madre, siempre indulgente, pidió a su secretaria que mecanografiara mis nítidas páginas manuscritas. Mi idea era que las mandaría a un editor de Nueva York, quien las aceptaría, yo ganaría una fortuna y huiría. Abandonaría mis dos hogares, el paterno y el materno (mis padres estaban divorciados), me liberaría de su dinero, dejaría mi escuela ¡y me mudaría a Nueva York! Imaginaba que un hombre mayor se enamoraría de mí y lo haría todo por mí.

    Por alguna razón nunca mandé mis manuscritos. Quizá no sabía dónde mandarlos; después de todo, nunca había conocido a un escritor profesional, y se me hacía tan factible que una criatura así de fabulosa habitara nuestro mundo del medio oeste americano como ver pasar de repente a un unicornio al galope por delante de las ventanas de mi dormitorio. O quizá temía que alguien aceptara mi libro, que lo publicaran, que me viera obligado a realizar todas mis fantasías; y la idea de ver cumplidos mis deseos se me hacía más alarmante que prolongar mi dependencia y mi frustración. Después de todo, en el decimonónico pueblo católico de Rimbaud, quizá un homosexual fuera un pecador o un criminal, pero en la Norteamérica freudiana de los años cincuenta, era un enfermo que requería un tratamiento urgente. Un pecador podía insistir en querer ser un Hijo Pródigo, un criminal podía querer ser irredimible, pero nadie podía luchar por el derecho a ser un enfermo.

    El mito de Rimbaud me parecía a la vez enigmático y emocionante. En un pequeño libro sobre Rimbaud, de Wallace Fowlie, publicado por New Directions en 1946, apenas una década antes, leí estas fascinantes palabras: «Una relación entre dos poetas del mismo sexo, aunque tenga una base física, puede aportar una camaradería y un estímulo intelectual intensos. La homosexualidad, en el sentido más elevado, se cimienta en lo intelectual. Representa fundamentalmente un concepto estético del amor, donde la belleza de un joven busca la sabiduría de un hombre mayor, y donde la sabiduría contempla la belleza». Luego Fowlie saca a relucir las ideas de Platón en el Simposio. No descubrí hasta hace muy poco que Fowlie era un defensor del modernismo y un católico que permaneció célibe durante cuarenta y cinco años, y que luego escribió un último libro, en los años noventa, sobre Rimbaud y Jim Morrison, ¡el cantante de The Doors!

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