Ficha técnica

Título: Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto) | Autor: Mauricio Wiesenthal | Editorial: Acantilado | Colección: El Acantilado, 322 | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 1.168 | ISBN: 978-84-16011-78-0 | Precio: 44 euros

 

Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto)

ACANTILADO

Rainer Maria Rilke, poeta de culto, de personalidad tan fascinante como compleja, siempre protegido por las mujeres-en las que buscó amparo y enseñanza-, y a menudo adorado por ellas, estaba lejos de la imagen romántica y angélica que la tradición suele ofrecernos de él.

Mauricio Wiesenthal, tras años de atenta lectura y estudio de la obra, las cartas y los documentos-algunos inéditos-del poeta, logra ahondar en el hombre, y nos ofrece una imagen mucho más compleja, sutil y humana del profeta de los réquiems y las elegías. 

La prensa ha dicho:

«Wiesenthal ha incidido en el regusto romántico de contar con la fe y la ilusión ante una sociedad presurosa, tecnificada, que confía más en el dinero que en el espíritu». Toni Montesinos, La Razón

«Mauricio Wiesenthal contagia su pasión por la vida y por el arte. Es una tormenta que truena contra los «racionalistas-materialistas»… Y un asidero para los «idealistas-románticos que intentan no claudicar aun cuando todo parece perdido». Alberto Ojeda, El Mundo

«Con su saber, entre sorpresa y sorpresa, aporta al lector ganas de soñar, viajar, conocer otros ámbitos, vivir plenamente». Luis Fernando Moreno Claros, El País

«Leer a Wiesenthal es como ingresar en una selecta biblioteca»  Fernando Iwasaki, El Mercurio

«La prosa de Mauricio Wiesenthal es un torrente de sabiduría y de manejo del lenguaje. Es una invitación a la estética, a todo lo que nos seduce a través de los sentidos».  Ana Alcolea, Heraldo de Aragón

«Mauricio Wiesenthal ha pintado «un gran mural de la cultura europea en la primera mitad del siglo XX» en su monumental biografía. Un imponente fresco sobre los valores perdidos de un continente pasto de la barbarie». Alfredo Valenzuela, El Correo de Andalucía

 

Bellevue

«Rusia fue el gran acontecimiento de su ser y de su existir». Debo comenzar así este libro, porque se lo prometí a una amiga rusa. La encontré una tarde en el Hôtel Bellevue de Sierre. Andaba perdida y como sonámbula. Y me contó una historia escalofriante. Hoy pienso que estaba loca y creía encontrarse en un barrio de París que se llama Bellevue, igual que el hotel; pero a cientos de kilómetros de la región suiza del Valais donde nos hallábamos. Por las grandes ventanas alcanzaban a verse, en la última brisa del crepúsculo, los viñedos y manzanos que cubren la pendiente del castillo de Muzot, donde había vivido Rilke. Acababan de sonar las campanas de la iglesia, y el jardín reposaba en una quietud extraña. Se notaba—se presentía, se adivinaba—que, en cualquier momento, podía oírse la elegía de un ruiseñor.

La mujer se sentó en el salón, frente a mí, en una postura afectada, dolorosamente inclinada sobre su regazo, sosteniendo a un niño envuelto en pañales. Tenía el pelo corto—ya plateado, no encanecido sino plateado, con el brillo del metal—, y comprendí que estaba fatalmente loca cuando se quitó el chal ruso que cubría sus hombros, dejándome ver que no llevaba collar, sino una cuerda atada a su hermoso y largo cuello.

Pero me conmovió cuando me contó la fábula irreal y poé- tica de su amor, porque parecía realmente una Pietà. Os aseguro que era una Pietà, con su hijo muerto en brazos.

—No es un niño—me dijo, removiendo los pañales, que me parecieron vacíos. Y volvió la palma de la mano derecha hacia arriba.

No sé por qué pensé que sus palabras tenían un sentido oculto. Imaginé que las madres nos dan la vida envuelta en velos. Lo hacen para que la sombra de la muerte no oscurezca su regalo.

—¿Y la mano vuelta hacia arriba?—le pregunté. —Hacia abajo es la muerte. Hacia arriba, la vida.

Recuerdo que, a nuestro alrededor, había unas figuras borrosas, todas vestidos de negro—como una reunión de iniciados—, salvo una dama con una falda larga de color marrón.

Había también muchas velas (unos candelabros en el suelo, junto a la chimenea), flores rojas, y algunos sacerdotes con barba y cabello largo, igual que los popes ortodoxos. Y las rosas de los jarrones, entre las sotanas negras, me parecía que temblaban en el presagio de una tormenta, igual que la vida florece delante de la muerte. Obra en rojo y obra en negro: rubedo y nigredo, como en la Alquimia.

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