Ficha técnica

Título: Querido diario | Autor: Lesley Arfin | Prólogo: Chloë Sevigny | Traducción: María Alonso | Editorial: Alpha Decay | Colección: Héroes Modernos, 5 | Género: Diario | ISBN:  978-84-92837-04-5 | Páginas: 264 | Formato:  20,5 x 12,6 cm. | Encuadernación: Rústica  | PVP: 19,90 € | Publicación: 10 de mayo de 2010

Querido diario

ALPHA DECAY

Este libro cuenta la historia de todas las chicas que se sintieron excluidas y aun así se enamoraron perdidamente del tío más guapo del colegio. También cuenta la historia de cualquiera que haya idolatrado a otro pensando que era guay y luego se ha dado cuenta de que era un gilipollas. Es sobre lo jodido que es ser una adolescente y sobre lo mucho que uno lo odia cuando está ahí y lo mucho que te llena el corazón recordarlo cuando ya eres adulto. Espero que todo el mundo que lo lea cometa tantos errores como yo. No olvides que los errores sólo valen cuando han quedado escritos en un diario. Si estás perdido en el mar de los veintimuchos y no sabes qué hacer con tu vida, igual convences a alguien para que te lo publique. 

Lesley Arfin inició su andadura como escritora colaborando en la revista Vice con una columna de título homónimo a su libro, Dear Diary. Querido diario se compone de extractos de los diarios de Lesley Arfin, que comprenden su vida desde los once hasta los veinticinco años. La autora acompaña sus entradas del diario de textos escritos desde un presente clarividente y distante en el que actualiza sus reflexiones juveniles. Pero Lesley va un poco más allá y rellena el pavo hormonal y trágico con divertidas entrevistas a las personas que marcaron su infancia y adolescencia: la niña popular de la escuela elemental que le hizo la vida imposible y llenó su taquilla de insultos, su primer amor frustrado, la gente con la que se enganchó a la heroína, sus padres, y otros amigos, enemigos o eneamigos, como ella los llama, que protagonizaron las entradas del diario durante todos esos años.

El resultado es un libro que pone los pelos de punta y contagia una energía y una emotividad que galopa desbocada entre pesadillas de opiáceos, visitas a la clínica Betty Ford e intentos de reinserción social pasando por una facultad de Bellas Artes new age en que los excelentes equivalían a dibujos de un delfín en los márgenes de un examen. Lesley Arfin nos describe sin pudor sus vergonzosas e hilarantes anécdotas juveniles, desde la obsesión por su físico, a sus intentos infructuosos por ser popular y su adicción a la heroína sin medias tintas. Y sale vivificada y triunfal, como Ave Fénix, para relatarlo todo con una maestría y sabiduría muy poco común entre los escritores de su generación.

El volumen viene acompañado de un prólogo de la actriz Chloë Sevigny, fotografías de ésta y de la autora e ilustraciones de la artista Vanessa Davis.

Para los amantes de lo confesional, un regalo desde el corazón del infierno underground de la gran manzana.

«Esta delicia es tan adictiva como un tubo de Pringles.» Sophie Wise, Papermag.

«Sus historias hieren a veces nuestro corazón. Mucho. Pero nos reímos también con sus observaciones. A carcajadas.»  The Fader

 

PRÓLOGO

POR QUÉ ME ENCANTA

«QUERIDO DIARIO»

Chloë Sevigny 

En cuarto grado, en el patio de la escuela de primaria Hindley Elementary School de Darien, Connecticut, presencié cómo Katharine Whalen señaló a Sarah Browny y le ordenó que le ataralos zapatos. Sarah obedeció, y ahí terminó mi afán por ganarme la admiración de los demás. Lloraba todos los días y le rogaba a mi madre que no me obligase a ir al colegio. Era un suplicio. Las niñas eran crueles, sobre todo las ricas. «Eres pobre, el coche de tu papá es un Honda.», se burlaban. Fue más tarde, durante los años sucesivos de escuela, cuando encontré mi sitio: un estrecho círculo de amigos formado en su mayoría por hijos de padres solteros o divorciados, hijos de alcohólicos, niños nuevos, chicos malos, e inadaptados en general. Por fortuna, la vida me obsequió con un hermano mayor que había descubierto el skateboard y el hardcore, así que tuve un buen ejemplo en el que fijarme. En octavo grado, iba con medias de rayas blancas y negras y botas militares, más o menos orgullosa de mi insatisfacción. Al crecer en una ciudad tan pequeña, no tenía escapatoria alguna, y todo el mundo se metía en la vida de los demás.

    El primer año de instituto empecé a ir a clase con una íntima amiga de infancia. Se trasladó a Connecticut desde Hermosa Beach, California, y fue la peor influencia de mi vida a partir de ese momento. La primera vez que me afeité las piernas, fue con ella; me dijo que si no lo hacía los chicos pasarían de mí. Los chicos siempre habían pasado de mí, así que pensé que no tenía nada que perder. En realidad ellos iban detrás de ella. Se había desarrolado pronto y tenía fama de calientapollas, como todas las chicas pobres con tetas grandes. Yo era su colega la patituerta, una narizotas con hierros en los dientes que se reía como una hiena. Era más rara que un perro verde y no tenía ningún atractivo. Ella fue la primera persona con la que fumé tabaco y marihuana, con la que me emborraché, con la que me escapé de casa, con la que me detuvieron en el centro comercial, con la que conduje un coche sin tener edad para conducir y con la que me metí en todos los líos posibles en el instituto. Pasamos al segundo año y ella empezó a salir con matones y a moverse por los barrios bajos. Yo me pasé al newwavey al punk. A mi hermano lo mandaron a una escuela para delincuentes, y yo heredé el circulo de gente que él dejó atrás. El primer año de instituto fue el único que de verdad disfruté, aunque echaba pestes todos los días. Me enamoré del mejor amigo de mi hermano, que estaba en último curso. Formamos una banda. Nunca entrábamos en la cafetería; nos pasábamos el tiempo sentados en la zona de fumadores, en un banco de la calle. El banco era nuestro territorio, y yo era la única persona de primer curso a la que permitían estar allí, gracias a mi hermano mayor. Los mayores eran el aglutinante que nos mantenía unidos y, cuando al año siguiente se graduaron, yo me vi más sola que la una, sentada en la cafetería escuchando De La Soul o alguna otra cosa en mi walkman. Al cabo de un tiempo me eché un novio hippieque me llevaba a concentraciones de porretas en Washington Square Park. Nueva York se convirtió en mi patio de recreo, y como me caía a unas pocas paradas de tren, era una salida fácil. Enseguida empecé a hacer amigos de otras ciudades e institutos; la gente de Darienme tomaba por yonqui o lesbiana. No se metían conmigo, pero tampoco puede decirse que fueran muy simpáticos.

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