Ficha técnica

Título: Queríamos un Calatrava. Viajes arquitectónicos por la seducción y el repudio | Autor: Llatzer Moix  | Editorial: Anagrama | Colección: Crónicas Páginas: 344  |  ISBN: 978-84-339-2614-2 | Precio: 22,90 euros  | Código: CR 112 | Fecha:  octubre 2016 |

Queríamos un Calatrava

ANAGRAMA

Un examen documentado y crítico de la controvertida trayectoria del arquitecto español más internacional.

Santiago Calatrava es el arquitecto español con mayor notoriedad global. Sus edificios se levantan en una veintena de países. En los años del cambio de siglo, cargos públicos y promotores privados se disputaron sus servicios. Calatrava era una figura admirada y deseada, pero su imagen fue transformándose hasta invertir su signo. Queríamos un Calatrava se propone averiguar, detallar y exponer las causas de dicha transformación. Con ese objetivo, Llàtzer Moix ha visitado algunas de las principales obras calatraveñas y ha conversado con los clientes que las encargaron, con los colaboradores del arquitecto, con sus usuarios y con otros expertos, detectando algunas constantes: demoras, presupuestos multiplicados, renuncias sobre la marcha a rasgos definitorios de la obra, mantenimientos onerosos, incidencias y clientes que acabaron repudiándole, e incluso demandándolo.
I. PRÓLOGO
        Cuando asomó el siglo XXI, Santiago Calatrava Valls era una celebridad global. Su nombre solía aparecer en la prensa seguido de oraciones del tipo «prestigioso arquitecto español que triunfa en el mundo». Es verdad que el único profesional de nacionalidad española en el palmarés del premio Pritzker era – y sigue siendo- Rafael Moneo, laureado en 1996. También es verdad que el añorado Enric Miralles, muerto a los cuarenta y cinco años, en julio de 2000, era por entonces el arquitecto español más estimulante, cuya evolución seguían con interés figuras rompedoras como Frank Gehry o Zaha Hadid. Pero, en los albores de la actual centuria, Calatrava tenía en proyecto o construcción decenas de obras en ciudades tan dispares y distantes entre sí como Milwaukee o Atenas, y había protagonizado ya numerosísimas publicaciones y exposiciones, además de acumular con avidez de coleccionista doctorados honoris causa y una larga lista de galardones. Entre ellos, el Premio Príncipe de Asturias de las Artes de 1999, en cuya argumentación leemos: «Antes de cumplir los cincuenta años, [Calatrava] ha alcanzado un merecido prestigio internacional y aporta a la construcción de puentes y edificios un original entendimiento del volumen y el empleo de nuevos materiales y tecnologías en la búsqueda de una estética innovadora.»
        La única preocupación de Calatrava era entonces exprimir hasta el último segundo las horas del día y multiplicarse para atender la gran cantidad de compromisos que asumía, acaso más llevado por la ambición que por la sensatez, entendiendo aquí esta última como la posibilidad de dedicar a cada uno de ellos toda la reflexión y mesura que precisaba. Una cantidad de compromisos, en suma, que casi desbordaba las capacidades de su equipo, el cual nunca llegó a las 200 personas, pese a haber contado con sedes en Zúrich, París, Valencia y Nueva York.
        Aun así, la vida siguió sonriendo a Calatrava durante los primeros años del siglo en curso. Grandes ciudades que todavía no tenían una obra suya habían empezado a sentirse incompletas sin ella, como si de repente les hubiera sido descubierta una insufrible carencia. Alberto Ruiz Gallardón, entonces alcalde de Madrid, manifestó en 2004, al presentar el proyecto de Calatrava para la columna de la plaza de Castilla, que la ausencia de obras del autor en la capital «era una herida que nos dolía».

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