Ficha técnica

Título: Prisiones y paraísos | Autor: Sidonie-Gabrielle Claudine Colette | Traducción de:  Julia Escobar  |  Postfacio, cronología y bibliografía de: Luis Prat Claros |  Editorial: Nortesur | Colección y número: Primera persona 1  |  Precio: 17 € |  Páginas: 192 | Formato: 14 x 22 cm. | Encuadernación: rústica con solapas | Fecha de publicación:  Octubre 2008 |  Género: Ensayo | ISBN: 978-84-936369-7-5

Prisiones y paraísos

EDITORIAL NORTESUR

Prisiones y paraísos es una colección de textos que reúne los temas preferidos de Colette. Los animales, el Midi francés o el Norte de África se revelan como dimensiones de un mundo armónico donde conviven lo exótico y lo cercano y en el que la autora se mueve con una delicada agilidad. Desde el jardín de su casa provenzal, Colette nos brinda un banquete de sensualidad y recuerdos, una celebración de la comida tradicional y de los vinos que tan bien conoce, una evocación a la lumbre de los placeres más sencillos, impresiones de la infancia o de sus encuentros con Coco Chanel o Landru. Bajo títulos como «El fuego bajo la ceniza» o «En Borgoña» se formulan las sensaciones -a veces rústicas- de este hedonismo que desgrana Colette a través de su capacidad gustativa y, como prolongación de esa misma sensibilidad, su capacidad literaria.

PARAÍSOS TERRESTRES

SERPIENTES

Sesenta, ochenta kilos de serpiente sobre la horquilla baja del árbol muerto. Nada parece vivo en esa jaula. ¿Se moverá primero esa rama baja? Pulida, lustrosa, ungida por generaciones de reptiles, cilíndrica, ondulante, inflada por partes… ¿Fue ella la que se tragó un conejo la semana pasada?

   En la horquilla alta duerme un quintal de pitón, o parece que duerme. Enroscada primero en espiral, ha apuntalado después su equilibro tejiendo unos «ochos» de lana. Mas ¿qué hacer con los tres metros que aún cuelgan? La pitón ha levantado el sobrante como le ha parecido, lo ha sujetado mediante llaves, nudos de tejedor, y ha escondido la punta. Dos harapos transparentes, dos redes de tul grueso, color araña, atestiguan que la primavera ha sacado de ellas mismas a las dos grandes serpientes.

   Están nuevas. El arroyo, el arma niquelada, resplandecen menos que ellas. ¿Pero dónde están el cuello, el flanco, la cabeza? Un revestimiento de esmalte cubre esos cilindros oprimidos por su propio peso. La espalda, el flanco -si el flanco es la espalda- ostentan el azul de la golondrina, el verde amarillento del sauce, dos o tres marrones de alfarería cruda barnizada, otros tantos colores cremas, agenciados según los mosaicos más simples, y yo, ingenuamente, digo: «La ingenuidad de esos dibujos…», en el preciso momento en que percibo que, en un punto, los pequeños cuadrángulos escamosos, aquí cuadrados, allá estirados como rombos o aplastados como trapecios, forman una especie de ojo, una órbita provista casi de una mirada muerta, y retrocedo… Ese animal que esconde su fin y su comienzo, que mira, espanta con su espalda, no somos ni del mismo país, ni del mismo vientre…

   Recuperémonos. Se respiran aquí efluvios de charcas semisecas, de excrementos desconocidos, una atmósfera verdosa y dulzona que debilita el estómago. De no ser por el chaparrón de fuera, que oscurece el día, habría buscado refugio donde la jirafa o en el pabellón mundano de los loros. Decía pues que ciertos arabescos se leen como letras del alfabeto -una O, una U, una gran C, una pequeña G- en esos monstruosos cables inmóviles… Nada más pensar «inmóviles», y las paredes de la jaula, su charca turbia y el suelo que me sostiene se tambalean al compás, durante unos segundos, justo un sueño. No se puede medir la duración de los cataclismos… Quisiera salir de este recinto sofocante, ascender una colina aireada, comer un limón o algo crudo con vinagre… Felizmente todo recupera su inmovilidad… ¡Que se paren! De nuevo todo se tambalea, se desliza de forma espantosa; no siento ninguna sacudida, sino una dulzona inclinación acompañada de una deformación convexa… Es la pitón que se ha movido, la pitón a la que creía inmóvil -desconfiemos de esa palabra, desconfiemos; un pequeño desvío, dejémoslo así- y que se ha puesto en movimiento, sorprendiendo mis sentidos, mis ojos limitados y acostumbrados a la pata, al salto, gobernados por la lógica del paso…

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