Ficha técnica

Título: Prisioneros en el paraíso | Autor: Arto Paasilinna | Traductora: Dulce Fernández Anguita | Primera ed.: noviembre 2012 | Editorial: AnagramaColección: Panorama de narrativas | Nºpáginas: 200 | Precio: 16,90 euros

Prisioneros en el paraíso

ANAGRAMA

 

Un avión en el que viaja una misión de la ONU se ve obligado a efectuar un aterrizaje de emergencia en un rincón perdido del archipiélago indonesio. Los supervivientes -una variopinta pandilla de enfermeras suecas, leñadores y comadronas finlandesas, médicos noruegos, azafatas y pilotos ingleses- consiguen milagrosamente alcanzar una playa rodeada por una jungla impenetrable. Superada la consternación inicial y sin perder nunca la esperanza de un regreso al hogar, la comunidad de náufragos se dedica con creciente alegría a la organización de la supervivencia en la isla tropical: aunque la estancia vaya a ser provisional, ¿por qué no animarla con lo superfluo indispensable que da sabor a la vida? Por ejemplo, un frigorífico pergeñado con chalecos salvavidas, una irrenunciable sauna, un consultorio para la difusión de los métodos anticonceptivos o, por qué no, una destilería clandestina. Y si al final no hay más remedio que salvarse, ¿por qué no hacerlo lanzando un grandioso SOS al espacio?
Gracias a su humor irreverente y a sus personajes anárquicos, locos y rebeldes, Paasilinna le da la vuelta, igual que a un calcetín, al topos literario de la isla desierta y se inventa una hilarante aventura utópica donde se descubre que, con una distribución equitativa de la riqueza, una mayor justicia y una liberación de toda clase de estructura «civil» también es posible alcanzar la felicidad. Tal vez.
«Anterior a El año de la liebre, esta novela anuncia la irresistible tendencia del escritor finlandés: aislar a los personajes del resto del mundo, llevarlos a situaciones extraordinarias… y ver qué pasa. Con ese humor a ratos punzante, flemático o disparatado que tanto gusta hoy, se divierte trazando las particularidades del ser humano: egoísmo, necedad, locura… y una incorregible ternura» (Claudine Coddens, Télérama).
«Paasilinna prosigue su exploración de los mundos en declive, donde cada uno se inventa nuevos modelos de existencia. Con el individualismo bonachón al que nos tiene acostumbrados, la misma tranquila fantasía y la misma rebelión dulce que constituyen la esencia del poderoso encanto que desprende la obra de este moralista jovial» (Elle).
«Si el autor no pierde jamás el humor sin el cual este género de relato parecería ridículo, tampoco puede dejar de soñar -y de hacer soñar al lector- con una sociedad donde los antagonismos naturales son canalizados por un pequeño número de reglas elementales» (Raphaëlle Rérolle, Le Monde).
«Al final toma partido por el heroico grupo de los náufragos más anarquistas, reticentes al rescate y deseosos de permanecer en su paraíso» (Donna moderna).
«Pongan a unos nórdicos en una isla desierta y verán nacer una sociedad mejor. En esta novela, Arto Paasilinna, con su habitual humor mordaz, lleva a sus picarescos personajes al extremo en un marco de naturaleza selvática» (La Repubblica).

 

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El avión daba tumbos en la oscuridad. Sobrevolábamos la zona marítima de Melanesia, en aguas del océano Pacífico. Habíamos sobrepasado el paralelo treinta y el Trópico de Cáncer.
En aquel momento, estábamos atravesando el cinturón tropical que rodeaba la Tierra. Pensé que en aquella zona la temperatura no baja de dieciocho grados ni siquiera en los meses más fríos. Hacía tres horas que habíamos despegado del aeropuerto internacional de Tokio.
Soy periodista. Un finlandés normal, un individuo cuya personalidad se caracterizaría por unos rasgos faltos de pretensión: educación mediocre, escasa ambición y una americana ajada. Tengo más de treinta años y soy el convencionalismo andante, cosa que de vez en cuando me irrita.
He escrito una cantidad colosal de artículos para diferentes medios de comunicación, muchos de los cuales han pasado ya al olvido al haber perdido su lozanía. Un artículo de actualidad es como una pista en la nieve: en el mejor de los casos, sólo hacen falta en invierno, la primavera se los lleva y en verano no queda ni rastro de ellos, ya no se necesitan y caen en el olvido. 

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