Ficha técnica

Título: ¿Por qué corre Sammy? | Autor: Budd Schulberg | Editorial: Acantilado | Traducción de:  J. Martín Lloret | Colección: Narrativa del Acantilado, 141 | Páginas: 360 | Género: Novela | Precio: 24 € | ISBN: 978-84-96834-64-4

¿Por qué corre Sammy?

EDITORIAL ACANTILADO 

Sammy Glick quiere ser un «ganador». Es agresivo, despiadado, extraordinariamente egocéntrico y no tiene principios. Consigue ascender, de chico de los recados neoyorquino, a magnate del Hollywood de los años treinta. En su figura, parece difícil no reconocer la sombra de alguno de los nombres fundacionales de la industria cinematográfica. ¿Por qué corre Sammy?, publicada originalmente en 1941, es un relato punzante en el que Budd Schulberg exhibe su profundo conocimiento de la meca del cine ya mostrado en su magistral De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood (publicado en esta misma editorial), aunque esta vez prefiera usar de la ficción, refrendando así su condición de clásico de la novela norteamericana.  

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La primera vez que lo vi, él no debía de tener más de dieciséis años, un muchacho pequeño, como un hurón, despierto y rápido. Sammy Glick. Solía hacerme los recados. Siempre corría. Siempre parecía sediento.

   -Buenos días, señor Manheim-me dijo cuando nos conocimos-. Soy el nuevo chico de los recados, pero no voy a hacer de chico de los recados mucho tiempo, ni de coña.

   -No digas «ni de coña» o te pasarás toda la vida haciendo de chico de los recados-dije yo.

   -Gracias, señor Manheim-dijo él-, por eso acepté este trabajo, para rodearme de escritores y aprender a hablar y a comportarme.

   Nueve de cada diez veces yo ni siquiera habría alzado la vista, pero había algo en la voz de aquel muchacho que me impresionó. Debía de estar cargada con miles de voltios.

   -Ya veo que eres un tipo listo-dije yo.

   -Bueno, trato de mantener los oídos y los ojos abiertos- dijo él.

   -Labia tampoco te falta-dije yo.

   -Me preguntaba si los periodistas siempre bromean, como en las películas-dijo él.

   -Largo de aquí-contesté yo.

   Él se fue corriendo, demasiado rápido, un pequeño hurón. «Un muchacho listo», pensé. «Un pequeño judío listo». Me hacía sentir incómodo, con esa carita angulosa, pulcra y ansiosa. Observé cómo aquel cuerpo delgado y nervudo doblaba la esquina a toda velocidad. Me sentí violento. Supongo que siempre me ha dado miedo la gente que puede ser ágil sin gracia.

   El jefe me dijo que Sammy tenía tres semanas de prueba. Pero en esas tres semanas Sammy corrió más por aquella redacción que Paavo Nurmi en toda su carrera. Cada vez que le entregaba un artículo, él salía corriendo como si de ello dependiera su vida. Todavía puedo ver a Sammy corriendo por entre las mesas, con la corbata flameando en el aire y los ojos desorbitados, desesperado.

   Tras el segundo viaje volvía a mí jadeando, como un cachorro frenético que devuelve la pelota a su amo. Nunca en la vida había visto a nadie trabajar tanto por doce dólares a la semana. Había que reconocerle el mérito. Tal vez no fuera el muchacho más adorable del mundo, pero se le intuía un no sé qué. Yo solía detenerme en mitad de una frase para observar cómo él iba de un lado para otro.

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