Ficha técnica

Título: Por el bien del comandante | Autora: Constance Fenimore Woolson | Traducción: Julia Osuna Aguilar | Posfacio: Henry James | Ilustración: Ulrika Kestere | Editorial: ArdiciaPáginas: 208 | ISBN:  978-84-942916-3-0 | Precio: 17,50 eruos

Por el bien del comandante

ARDICIA

En Far Edgerley, un pequeño pueblo en las montañas de Carolina del Norte, vive una pacífica comunidad tutelada por la respetada figura del comandante Carroll, alrededor de la cual orbita también la existencia de su familia -su segunda esposa y el hijo de ambos-. Pero con el regreso a casa de Sara, hija de su primer matrimonio, y de un joven artista de pasado desconocido, empezará a tejerse toda una trama de lazos, secretos y enredos, que vendrá a rizar la plácida superficie de la aldea.

Por el bien del comandante (1883) es la mejor novela de su autora y, en palabras del escritor William Dean Howells, «un ejemplo de lo que nuestra extrañamente variada vida real americana puede producir, y que solo parecía necesitar en la ficción la largamente negada oportunidad que algunos de nuestros escritores actuales le han brindado, ninguno con mayor promesa de una exitosa interpretación que la señorita Woolson». 

«Una novelista de la sensibilidad.» Cynthia Ozick

«Constance Fenimore Woolson tiene la sagacidad narrativa de los grandes autores, y sabe dibujar las relaciones entre sus personajes como muy pocos novelistas.» Henry James 

I

La primera Edgerley estaba situada en la falda oriental del monte Chillawassee; la segunda, seiscientos pies más arriba. Al hallarse más cerca de la noble civilización de la capital del estado, la primera reivindicó el nombre y lo conservó; la segunda, en cambio, se vio obligada a conformarse con la apostilla de «lejano». En Far Edgerley no tenían nada que objetar al calificativo, siempre y cuando no se creyera inextricablemente ligado a la distancia entre dicha población y la de más abajo. Estaba lejos, de acuerdo -de las metrópolis, del tráfico, de Babilonia, de Zanzíbar, del Polo Norte-, pero no respecto a Edgerley. Si acaso, era Edgerley a secas la que estaba lejos y… ¡que siguiera así muchos años! Entre tanto, la primera prosperaba, aunque por derroteros más bien plebeyos. Contaba con dos mil habitantes, queserías, aserraderos y una línea de diligencia que cruzaba el Monte Negro hasta Tuloa, donde enlazaba con una segunda línea que conectaba por el este con el ferrocarril. Un comerciante de Edgerley, por consiguiente, podía llegar a la capital del estado en cincuenta y cinco horas: ¿qué más podía pedir el hombre? Los comerciantes opinaban que nada; estaban inmensamente agradecidos por esas ventajas, y por su Edgerley. Sin embargo, sus vecinos de lo alto del monte, que los miraban por encima del hombro en más de un sentido, no eran de la misma opinión; preferían su pueblo de largo, pese a no poseer factorías, aserraderos, líneas de diligencia a Tuloa -y ni falta que les hacían-, ni dos mil habitantes (apenas llegaban a los mil, y eso tirando por lo alto). Podría parecer que en estas carencias había poco de lo que enorgullecerse, de haberse considerado el asunto con los ojos de ese espíritu del progreso que se enseñorea en nuestros días de la mayoría de las poblaciones estadounidenses; pero, al menos hasta ese momento, el espíritu del progreso no había remontado el Chillawassee, y, en consecuencia, Far Edgerley conservaba intacto su credo.

   Era este un credo antiguo -ambos pueblos presumían de un origen prerrevolucionario- pero, pese a la antigüedad, Madam Carroll de Las Fincas fue la primera en condensarlo en una frase manejable; breve (pues lo contrario habría sido darle demasiada importancia al tema) y de una serena superioridad, como cabía esperar de una Carroll. La dama comentó que Edgerley se le antojaba «comercial». ¡Qué brillantez! ¡«Comercial»! ¡Insuperable! Desde luego a Far Edgerley podían tacharla de cualquier cosa menos de eso.

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