Ficha técnica

Título: ¡Ponte, mesita! | Autor: Anne Serre | Traducción: Javier Albiñana | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de narrativas | Páginas: 72 | ISBN:  978-84-339-7882-0 |Precio: 9,90 euros | Ebook: 7,99 euros

¡Ponte, mesita!

ANAGRAMA

¡Ponte, mesita! es el título de un relato de los hermanos Grimm que Anne Serre adapta y pervierte en esta fascinante fábula amoral. Una deliciosa y perturbadora fantasía erótica que la autora sitúa bajo el influjo del Marqués de Sade, pero que también bebe de la prosa de Georges Bataille y su espléndida Historia del ojo. La mesa del cuento de los autores germanos, que se colma de manjares al pronunciar las palabras mágicas, es el escenario principal de la novela, el centro de la casa familiar de la rue Alban-Berg, en el que sus habitantes dan rienda suelta a sus más bajos instintos: «Ni mucho menos pretendo hacer aquí una apología de los vínculos sexuales entre familiares: soy consciente de que es un tema sumamente delicado», escribe sucintamente la narradora.

La novela se lee en un suspiro, la pluma de Serre, irónica y juguetona, nos sumerge en la atmósfera de los cuentos infantiles, donde lo real se transfigura y transitamos un espacio sin ley. En este cuento fascinante y terrible encontraremos un ogro lobuno, Pierre Peloup, que devora a los niños, y una familia que vive al margen de los tabúes occidentales: la pedofilia, el adulterio y el incesto. Pero en la novela su protagonista narra también la dolorosa expulsión del paraíso de la infancia, los avatares de un cuerpo que en su tránsito a la edad adulta hallará refugio en la palabra y, sobre todo, en la literatura.

«Anne Serre construye esta novela como un cuento elegante y estremecedor, sutilmente escandaloso, ambiguo y seductor como un cuadro de Balthus» (Nathalie Crom, Télérama).

«Un cuento gozoso, acerca de una infancia encantada, donde los padres, los amigos y los niños retozan juntos en una orgía formidable y feliz» (Anne Diatkine, Libération).

«Una fábula para adultos, usa fantasías y prohibiciones y las echa al caldero hirviendo de la escritura. Para tal alquimia hace falta el gran talento de Anne Serre, escritora de novelas que infunde a la ficción -por lo tanto, a la mentira- una fascinante verdad» (Sophie Creuz, L’Écho).

«En estos tiempos en que se comercializan sin cesar escándalos de pacotilla, Anne Serre, con este texto duro y enigmático, reafirma con excelencia los derechos de la literatura» (Alain Nicolas, L’Humanité).

«Un cuento naíf y cruel. Cautivador» (Éric Chevillard, Le Monde des Livres).

«Un shock literario» (Marianne Payot, L’Express).

«Con ¡Ponte, mesita! Anne Serre intriga, desconcierta, pero también seduce. La admiración, la ingenuidad y la ausencia de juicio moral dibujan en el relato un halo alucinado» (Hélèna Villovitch, Elle).

Primera Parte

I

La primera vez que vi a mi padre disfrazado de chica tenía yo siete años. Al volver a casa vi dirigirse hacia mí por la acera a una mujer calzada con altas sandalias rojas, un abrigo ligero, tal vez de seda, en cualquier caso brillante, flotando tras ella, pero lo más excepcional eran sus greñas oxigenadas, los enormes pendientes que danzaban, los párpados azul vivo y moteados. Estaba tremenda, parecía Laura Van Bing en Crucifixión o Crusoë Kiki en su «danza frenética».

No lo reconocí enseguida. Habitualmente llevaba chaqueta. Un día sorprendí a Marjorie Higgins pegándose a él con todo el cuerpo en el vestíbulo, y mi padre le soltó un bofetón, lo cual me pareció muy bien. En otra ocasión, oí a Marjorie Higgins confesarle a mi madre que tiempo atrás había cometido ese «acto indecoroso», que no podía seguir ocultándoselo a mamá siendo como era tan buena y una vieja amiga. Mamá soltó una carcajada, ambas se besaron, y sus pechos se frotaban en su abrazo.

Mamá iba desnuda la mayor parte del tiempo. «No tienes pudor», le decía papá. Se cepillaba enérgicamente el vello púbico ante el espejo del vestíbulo, tan seria como cuando lo hacía con sus dientes por las noches. Una amiga de clase se quedó patidifusa: «¡Tu madre está desnuda!», me susurró. «Sí», contesté, «en casa no tenemos pudor.» Luego le gustaba venir a casa para ver a mamá desnuda junto a la ventana del salón, o regando las flores mientras se balanceaban sus voluptuosos pechos.

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