Ficha técnica

Título: Petia camino al reino de los cielos | Autor: Mijaíl Kuráyev  | Editorial: Acantilado Traducción de: Jorge Ferrer | Colección: Narrativa del Acantilado, 137 | Páginas: 168 | Género: Novela | Precio: 15 € | ISBN: 978-84-96834-57-6

Petia camino al reino de los cielos

EDITORIAL ACANTILADO

En una desolada estación siberiana, se construye, con mano de obra forzada, una hidroeléctrica secreta. Pocos vehículos transitan por las gélidas carreteras de ese rincón del mundo, pero todos se detienen condescendientes ante la figura espigada de Petia, que se cree agente de tráfico y que colabora con entusiasmo en el establecimiento del orden. Sin embargo, estos cándidos esfuerzos para formar parte de la autoridad lo llevarán a un trágico destino. Petia camino al reino de los cielos es la crónica de una muerte anunciada y una punzante reflexión sobre el destino del individuo que se entrega a los dictados del poder. Mijaíl Kuráyev muestra de nuevo en esta novela la lucidez y la brillante ironía que le han hecho famoso. 

Extracto

La breve, aunque notable vida de Petia, mantuvo ocupado al poblado Niva-III durante unas cuatro jornadas. Ya para el día del entierro, la noticia había dejado de serlo y había perdido todo interés, toda vez que no había en ella enigma alguno. Mucho más atractiva resultaba entonces la muerte, sucedida inmediatamente después, del coronel Boguslavski, quien aparecerá pronto en las páginas de este relato avanzando por el Bulevar Kírov, vestido con su guerrera y unas pantuflas domésticas y empuñando una pistola Tókarev, exactamente a la una y media de la tarde del día 2 6 de marzo. La de Petia, por su parte, fue noticia que corrió de boca en boca por todo Niva-III, a tres kilómetros de Kandalakshá, sorteando las barracas y los edificios de madera y tres plantas que servían de alojamiento a los ingenieros y el personal técnico, y se desparramó desde allí hasta alcanzar la guarnición, donde Petia cedió el rol de héroe de la historia a Cheriomichni, un pobre soldado sin ningún rasgo que lo distinguiera y, de hecho, algo escrofuloso. Según el capitán Topólnik, comandante de la compañía, el tal Cheriomichni no era alguien plenamente apto para el servicio en el ejército, circunstancia avalada por el hecho de que en los tres años de servicio aún no había conseguido llenar con un ápice de dignidad castrense el uniforme que le había confiado la Patria. La camiseta, los pantalones y el paletó le sentaban con la desmadejada apariencia propia de las ropas que abrigan a alguien que acabara de recibir el alta de un hospital, cuyo régimen lo hubiera agotado hasta hacerlo irreconocible. Lo que más sorprendía a todos era cómo Cheriomichni, que durante los ejercicios militares había mostrado siempre una pertinaz incapacidad para impactar en una de esas dianas que reproducen una silueta humana de cintura para arriba, ni disparándoles cuerpo en tierra, ni rodilla en tierra, ni mucho menos de pie, había podido acertar en pleno pecho de Petia con la primera y única ráfaga que le dirigió, por mucho que los disparos se hubieran producido a corta distancia. Los sucesos que acababan en muertes por las que nadie tiene que responder no suelen tener larga vida en los predios de las guarniciones. La historia de la vida de Petia y, sobre todo, la de su, dígase lo que se diga, peculiar muerte, se expandió por toda la guarnición que separaba el poblado de Niva- III y la ciudad de Kandalakshá saltando de ciudad en ciudad, y apenas una semana más tarde ya era la comidilla de los habitantes de todo el sur de Kandalakshá, convertida en un galimatías en el que se confundían fechas y hechos que nada tenían que ver con Petia, y, ahogada ya por los sordos rumores del mar, llegó nada más y nada menos que hasta Luvenga, donde un lamento de Anastasia Pávlovna Lópintseva dicho en un suspiro-«¡Dios sabe lo mal que están las cosas por allá!»-vino a resumir, a la vez que a poner punto final a la huella terrenal dejada por la vida y la muerte de Petia. Bastante más tiempo, un mes y medio, se recordó aún a Petia en las estaciones de tren de Ruchya y Prolivy, ambas en los Ferrocarriles Kírov, a lo largo de la línea que baja desde Kalandakshá.

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