Ficha técnica

Título: Perfiles críticos | Autor: Lytton Strachey | Editorial: UDP  | Colección: Vidas Ajenas | Género: Ensayos | ISBN: 978-956-314-187-0 |  PVP: $10.000 / us 20 | Publicación: 2012

Perfiles críticos

EDICIONES UDP

En 1918, Lytton Strachey publicó Victorianos eminentes, libro que barrió con el inmenso prestigio que hasta ese entonces gozaban ciertos paladines de una época, la de Victoria, marcada por la hipocresía y la complacencia. En la presente selección de ensayos, escritos entre 1903 y 1928, el autor nos muestra un flanco más amplio de su inigualable personalidad literaria. Al indagar en las inauditas corrosiones recibidas por la poesía de Blake a manos de sucesivos editores; al manifestar una admiración sin límites por Voltaire y desacralizar al venerado doctor Johnson; al desmadejar paso a paso ese tremendo enredo en el que Rousseau se vio envuelto hasta la posteridad; o al presentar, como quien no quiere la cosa, el mejor perfil de Stendhal que jamás haya escrito algún inglés, Strachey, el reinventor de la biografía moderna, se deja ver a sí mismo con insospechada claridad: su francofilia, su compromiso con la excentricidad inglesa, su admiración por el siglo XVIII, su desprecio por el engolamiento y la estrechez mental, todo ello se hace patente en las once magistrales piezas que componen este volumen, traducidas por primera vez al castellano.  

 

PRÓLOGO

Juan Manuel Vial 

AÑOS ATRÁS, a poco de iniciarme en el ejercicio del periodismo, publiqué en un suplemento cultural chileno cierto artículo referido a Victorianos eminentes, el libro con que Lytton Strachey descabezó a toda una era en 1918. El escrito -me temo que no era gran cosa- sólo pretendía la divulgación de una obra clave pero semiolvidada, y al menos daba cuenta en detalle del feroz desenmascaramiento que Strachey, armado con el debido rencor, emprendió en contra de cuatro baluartes de la moral victoriana, cuatro peces gordos y muy bien maquillados por la complacencia de una época hipócrita. Para mi sorpresa, el texto suscitó una réplica (en ese entonces, creía yo, únicamente mi abuela y mi madre tenían la paciencia suficiente para leer las tonteras que escribía). Y de la sorpresa pasé a la inquietud: a la réplica se le otorgaron, por decisión editorial, las mismas dos páginas que poco antes habían servido a la difusión de un libro tan insoslayable como Victorianos eminentes. El autor de la respuesta, un colaborador del suplemento que a la distancia, pues nunca lo traté en persona, daba la impresión de ser un alma muy católica, se permitía atacar a Strachey con singular histeria (un poco enajenada y sobre todo vergonzante, si he de ser preciso), dejando tras de sí, o de sus palabras, un rastrojo de moralina baboso, engolado y homofóbico. La situación, no tengo dudas, habría excitado la curiosidad de Strachey: en 1999, en el insular Chile, país que no en vano era llamado de los ingleses de Sudamérica, aún existía un tarugo capaz de enarbolar en público una trastornada defensa del victorianismo. A Strachey siempre le entretuvo eso de imaginar cómo sería el futuro. 

     Si por aquel entonces era aceptable que en ese suplemento cultural alguien -un colaborador, un don nadie, un demente, daba igual- intentara echarse al pecho nada menos que a Lytton Strachey, se debía a que, en el fondo, Chile era un país marcado de moretones victorianos. Coincidentemente ningún lector chistó ante el exabrupto del tartufo.

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