Ficha técnica

Título: Peor que la guerra. Genocidio, eliminacionismo y la continua agresión contra la humanidad | Autor: Daniel Jonah Goldhagen | Editorial: Taurus | Colección: Taurus Pensamiento | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-306-0778-5 | Páginas: 704 | Formato:  15 x 24 cm. | Encuadernación: Rústica | PVP: 23,00 € | Publicación: 15 de Septiembre 2010

Peor que la guerra

TAURUS

Hasta ahora el mundo no ha sido capaz de prevenir o detener los asesinatos en masa. La evidencia de ese fracaso es abrumadora: el genocidio ha persistido siempre que los líderes políticos lo han considerado útil para sus propósitos, de Europa al sur de África, de Guatemala a Indonesia, de Camboya a Darfur. Daniel Jonah Goldhagen, autor del best seller internacional Los verdugos voluntarios de Hitler, que cambió nuestra manera de ver el Holocausto, advierte que este problema necesita ser repensado desde su origen.

Este rompedor libro es al mismo tiempo un llamamiento y un plan de acción. El genocidio, un fenómeno demasiado común, forma parte de un mecanismo político más amplio, el «eliminacionismo». Goldhagen nos ofrece esperanzas reales de erradicarlo y nos invita a «centrar nuestra atención en ese azote, comprender sus causas, su naturaleza y su complejidad […] y, progresando a partir de esa comprensión, diseñar unas instituciones y unas políticas que salvarían infinidad de vidas y que también eliminarían la letal amenaza bajo la que vive tantísima gente».

Peor que la guerra es la base de la película documental del mismo título.

«Una magistral y profundamente perturbadora «historia natural» del asesinato en masa.» The New York Times

«Son innegables el alcance y profundidad de los conocimientos de Goldhagen y la valentía de muchas de sus opiniones. Su libro es una obra maestra.» Daily Telegraph

«Peor que la guerra es un convincente y conmovedor estudio de la crueldad del hombre hacia el hombre. Su principal mensaje es que está en nuestra mano prevenir y frenar el genocidio, siempre y cuando aceptemos la necesidad de intervenir enérgicamente para castigar los regímenes asesinos y detener el derramamiento de sangre.» The Guardian

«La vehemencia de Goldhagen y la pura fuerza de los horrores que narra conmueven la conciencia.» Publishers Weekly

«Un proyecto realmente rompedor.» Die Presse (Viena)

«Peor que la guerra, una brillante historia y análisis del genocidio, no hace sino afianzar el papel de Goldhagen como firme conciencia común. Goldhagen esclarece no sólo el pasado sino también el camino a seguir.» Kirkus Review, «Los mejores libros de 2009»

«Un proyecto realmente rompedor.» Die Presse

«El modo en que Goldhagen relaciona los distintos genocidios es sumamente original. Pero lo más brillante del libro es la tesis central: hemos permitido que continúen los asesinatos en masa al no ser capaces de reconocer que en el último siglo las campañas genocidas han matado más que las guerras. Goldhagen es magnífico e inspirador.» MICHAEL GOVE, Mail on Sunday

 

CAPÍTULO 1
ELIMINACIONISMO, NO GENOCIDIO 

Harry Truman, trigésimo tercer presidente de Estados Unidos, fue un asesino en masa. Ordenó dos veces el lanzamiento de bombas nucleares contra ciudades japonesas. La primera, una bomba atómica, explotó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, y la segunda, una bomba nuclear, fue detonada sobre Nagasaki el 9 de agosto. Truman sabía que cada una de ellas mataría a decenas de miles de civiles japoneses que no tenían relación directa con operaciones militares de ningún tipo, y que no suponían una amenaza inminente contra los estadounidenses. En efecto, Truman decidió extinguir las vidas de aproximadamente 300.000 hombres, mujeres y niños. Al enterarse de que la primera bomba había aniquilado Hiroshima, Truman parecía exultante, y anunció: «Esto es la cosa más grande de la historia». A continuación volvió a repetirlo en Nagasaki, con una segunda cosa más grande. Es difícil entender cómo cualquier persona en su sano juicio podría dejar de calificar de asesinato de masas la matanza de japoneses inofensivos.

   La gente, sobre todo los estadounidenses, ha ofrecido muchas justificaciones y excusas para el asesinato masivo de Truman. Que era necesario para acabar la guerra. Que era necesario para salvar decenas de miles, e incluso cientos de miles, de vidas estadounidenses. Pero como a la sazón Truman sabía, y como le dijeron sus consejeros, incluidos sus asesores militares, antes del bombardeo de Hiroshima, ninguna de esas justificaciones era cierta. Dwight Eisenhower, por entonces comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa, y que pronto se convertiría en presidente de Estados Unidos, lo explicaba así: «Durante su exposición de los hechos relevantes [sobre los planes para emplear la bomba atómica], tuve conciencia de un sentimiento de depresión, de forma que le manifesté [al ministro de la Guerra, Henry Stimson] mis graves recelos, en primer lugar sobre la base de mi convicción de que Japón ya había sido derrotado, y de que lanzar la bomba era completamente innecesario, y en segundo lugar porque yo pensaba que nuestro país debía evitar conmocionar a la opinión mundial con el empleo de una bomba cuya utilización ya no era, a mi juicio, necesaria como medida para salvar vidas estadounidenses. Yo estaba convencido de que Japón estaba, en aquel mismo momento, buscando alguna forma de rendirse «salvando la cara» en la medida de lo posible».

   Truman, en su comunicado de prensa donde informaba al pueblo estadounidense de la aniquilación de Hiroshima, ofrecía la primitiva lógica de la represalia: «Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Les hemos devuelto la moneda con creces». A pesar de estas justificaciones, lo mejor que puede decirse en favor de Truman, en favor de aquellos estadounidenses (el 85 por ciento en agosto de 1945) y ciudadanos de otros países que apoyaron sus asesinatos en masa, y en favor de aquellos que han sido embaucados por los tambores de la autoexculpación, llegando a creer que la matanza fue justa (en 1995, el 72 por ciento de los estadounidenses de entre cincuenta y sesenta y cuatro años de edad, y el 80 por ciento de entre los de sesenta y cinco o más años de edad), es que él y ellos, gente por lo demás no malvada, perpetraron o apoyaron aquel doble horror debido a información o razonamientos erróneos, a la ceguera moral o a unos corazones endurecidos tras años de guerra. Incluso visto bajo esta luz favorecedora nada puede cambiar lo que hizo Truman.

   ¿Y si Adolf Hitler hubiera lanzado una bomba nuclear contra una ciudad británica o estadounidense? ¿Y si durante la crisis de los misiles de Cuba Nikita Kruschev hubiera reducido Miami a cenizas? ¿No calificaríamos esos actos de asesinatos en masa, aunque en el caso de Hitler se habría hecho además con la superficial excusa de que se trataba de una operación militar y no el asesinato en masa de personas no combatientes? En el caso de Hitler, apuntaríamos de forma destacada su acto en su largo libro mayor de maldades. ¿Por qué tendría que ser diferente el exterminio al por mayor por parte de Truman de tantos hombres, mujeres y niños?

   ¿Y si los japoneses no se hubieran rendido unos días después del bombardeo de Nagasaki, y Truman hubiera procedido a aniquilar otra ciudad japonesa? ¿Y luego otra? ¿Y otra? ¿Y otra? ¿En qué momento la gente habría dejado de buscar excusas? ¿En qué momento todo el mundo habría empezado a hablar claramente de sus asesinatos en masa? ¿Por qué la sucesiva aniquilación nuclear de la población de, pongamos, cinco o diez ciudades japonesas se consideraría un asesinato masivo-e indudablemente lo habría sido-, pero la matanza de los japoneses de sólo esas dos ciudades no?

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