Ficha técnica

Título: París rebelde | Autores: Ignacio Ramonet y Ramón Chao | EditorialEditorial Debate | Colección: Ciudades rebeldes | Páginas: 328 | Formato: Tapa blanda | Fecha de publicación: 16 de Mayo de 2008 | Precio:  20,90 € | ISBN: 978-84-8306-775-8

París rebelde

EDITORIAL DEBATE 

La ciudad de París ha sido, desde 1789, uno de los principales escenarios de la subversión política y los progresos culturales, así como centro del exilio internacional y, por supuesto, una de las ciudades más visitadas del mundo. Así, historia, política, cultura, exilio, turismo conspiraron para convertir a París en la capital indiscutible del siglo XIX y buena parte del siglo XX, hasta que el empuje irrefrenable de Nueva York acabó imponiéndose. Partiendo de estas ideas, y recorriendo la ciudad como si de una guía turística se tratara, Ramonet y Chao ofrecen al lector la posibilidad de rememorar grandes manifestaciones, vidas de escritores, firma de armisticios, París bajo la ocupación, la revolución francesa y mayo del 68, hechos singulares de una villa que no ha dejado de seducir al mundo.

Presentado con recorridos por calles y plazas, este libro se lee con el mismo placer en el avión, camino de París, que sentado sin viajar ya que las magníficas descripciones y la rareza o importancia de los personajes que aparecen hacen de su lectura un magnífico entretenimiento y un aprendizaje.

I

Rue des Capucines, 22-24, I. La Revolución de 1848 Como cualquier revolución que se respete, la francesa de 1848 se engendró en medio de confusión, terror y sangre. Para explicarla, descartamos los dos últimos elementos, explotando el primero a saciedad y tratando de transgredir la consigna de Eugenio d’Ors: «Si eres incapaz de ser profundo, trata al menos de ser confuso». Con este consejo del filósofo nos disculpamos de antemano y os podemos convocar en la estación del metro Madeleine. Desde allí cogéis por el bulevar del mismo nombre hasta la primera a la derecha, la rue des Capucines. En el siglo xix se alzaba, en los números 22 y 24 el Hôtel de la Colonnade. En él vivió Bonaparte con Josefina de Beauharnais, y en él estaba cuando fue nombrado general por los galones conseguidos en la evacuación de la iglesia de Saint-Roch.

El 23 de febrero de 1848 se produjeron en este lugar serias escaramuzas entre habitantes del barrio y un destacamento del 14 ligero, que se ampliaron hasta concluir en la caída de Luis Felipe. Con exigencias reformistas y gritos contra el presidente Guizot, se juntaron los amotinados en el boulevard des Capucines por el que vinimos; mientras tanto, el ejército ocupó la ciudad, el rey destituyó al primer ministro y en su puesto nombró a Molé. Todo parecía resuelto cuando hacia las diez de la noche estalla una descarga de fusilería delante del Ministerio de Asuntos Exteriores. A continuación sale un disparo de los rangos de la tropa, lo que deriva en una violenta batalla con heridos y muertos, entre ellos una mujer. Los sublevados amontonan los cadáveres en carros y cargan a cuestas el de la mujer. Así formado, el cortejo atravesó la ciudad por los bulevares y se instaló en la place de l’Hôtel de Ville, donde predicó la insurrección. Al día siguiente todo París reventaba de barricadas; al rey no le quedó más remedio que abdicar por la tarde. Los triunfadores invadieron el palacio de Tullerías, se apoderaron del trono y lo exhibieron por calles y avenidas, y al final terminó en ceniza al pie de la columna de Juillet, en la place de la Bastille.

 

Recomendaciones

Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX, 1914-1991, Crítica, Barcelona, 2004.

Rémond, René, Introducción a la Historia de nuestro tiempo, vol. 2, El siglo xix: 1815-1914, Vicens-Vives, Barcelona, 1980-1983.

Weber, Eugen, Histoire de l’Europe. Des Lumières à nos jours, Fayard, París, 1987. Inédita en castellano.

 

Rue des Petits Champs, 43, I. Claire Lacombe (1765-?)

 

Estábamos en la rue de Richelieu. Cuando forma esquina con la Biblioteca Nacional topamos con la de Petits Champs. En el número 34 se alojó Claire Lacombe, componente de la trinidad de mujeres rebeldes de 1789, junto con Olympe de Gouge y Théroigne de Méricourt. Según Mao Zedong, los pueblos hacen la historia y la escriben los amos. Plagiándolo, podemos añadir que las mujeres la inician, los hombres la enredan, y en la sombra quedan precursoras como las antedichas. Nacida en 1765, Claire inicia una prometedora carrera de actriz en Marsella; la abandona en 1792 para desempeñar un papel de estrella en la Revolución. Al filo de sus treinta años viene a París, donde comparte la buhardilla de la rue Petits Champs, 43, con la ciudadana Justine Thibaut, animadora del Club des Cordeliers.1 Simpatizante del movimiento de los sans-culottes,2 Claire se coloca al frente del combate femenino. Con un batallón de Federados,3 el día 10 de agosto participa en el asalto de las Tullerías y crea la Sociedad de Republicanas Revolucionarias, algo así como la sección femenina de los Enragés.4 Reclama la destitución de todos los nobles del ejército, la depuración del gobierno y exige el derecho de llevar armas para combatir a la reacción de Vandea, lo que no aceptan los machos. Tampoco se acomoda con los miembros del Comité de Salvación ni con el mismísimo Robespierre: «Es un cobarde que teme por sus días; lleva el miedo en la cara».5 Entonces la atacan los jacobinos,6 cuyas acusaciones refuta con vigor: «El pueblo nos dio nuestros derechos; si nos los queréis quitar, sabremos defenderlos».

 

Las Republicanas Revolucionarias y los demás clubes femeninos serán prohibidos y Claire es arrestada el 31 de marzo de 1794. Se libró de la guillotina por los pelos y se ignora la fecha de su muerte.

 

Recomendaciones

Fabien, Michèle, Claire Lacombe, Éditions Actes Sud Papiers, París, 1989. Inédito en castellano.

Larue-Langlois, François, Claire Lacombe: citoyenne révolutionnaire, París, Punctum, col. «Vies Choisies», 2005. Inédito en castellano.

 

Place Vendôme, 12, I. Federico Chopin (1810-1849)

 

Chopin abandonó Polonia después de la invasión rusa. Irritado con Francia por su falta de ayuda a los independentistas polacos, eligió el exilio en Inglaterra. En el pasaporte que le dieron en Viena constaba «de paso por Francia», lo cual confirma que no pensaba quedarse aquí; sin embargo, en la escala parisina descubrió la capital de la música y sintió el flechazo: «Esta ciudad es de las más bellas del mundo -escribe a Titus, su amigo de la infancia-; colma todas mis esperanzas». Se instala en una modesta dependencia del Hôtel Baudard de Saint-James, que hoy alberga la joyería Chaumet, en el primer piso del número 12 de esta plaza.

 

Cuando la caída y el saqueo de Varsovia en otoño de 1831, Chopin vivía en el número 27 del boulevard Poissonnière. Se dice que al enterarse de la tragedia se lanzó al piano e improvisó el Estudio revolucionario que tanto nos ha hecho sufrir por las semicorcheas vertiginosas de la mano izquierda, diríase una estampida de muchedumbre, y en la derecha, los acordes triunfantes de los invasores.

 

Pese a las instancias de su padre, Chopin se niega a respetar las reglas impuestas por Rusia y no solicita un pasaporte a la embajada de Moscú, prefiriendo el estatuto de emigrante sin papeles, como un subsahariano avant la lettre. Será pues un militante de la independencia polaca, refugiado político cortado de su patria. Con ese estatuto permanecerá dieciocho años en Francia, hasta su muerte. Revolucionario de la técnica pianística, Chopin adaptó el instrumento a los tiempos del romanticismo. Hubo de crear nuevos timbres y sonoridades; su interpretación sólo fue igualada por su amigo Franz Liszt, que vivía en la rue du Mail, 13, con la familia del fabricante de pianos Erard. El pianista rebelde se doblegó ante la tuberculosis en 1849.

 

Recomendaciones

Pourtalès, Guy de, Chopin ou le poète, Gallimard, París, 1946. Inédito en castellano.

Querlin, Marise,Chopin. Explication d’un mythe, Editions du Scorpion, París, 1962. Inédito en castellano.

 

Place Vendôme, I. Gustave Courbet (1819-1877)

 

Prosiguiendo la paseggiata llegamos a la avenue de la l’Opéra; de allí a la place Vendôme, uno de los lugares más bellos y armoniosos de la ciudad. Durante la Revolución se conocía por place des Piques, porque aquí se plantaban en picas las cabezas de los aristócratas, al tiempo que Théroigne de Méricourt despanzurraba burgueses a voleo.

 

En 1871, la Comuna le puso de nombre de Place Internationale, y tiró su célebre columna a mazazo limpio, sin dañar ningún palacete de los banqueros instalados aquí en tiempos de Luis XIV, como el inventor del papel moneda John Law.7 Aunque la evocación de la plaza sugiera lujo y riqueza, creemos que, por tantos avatares por los que pasó, merece figurar en esta guía sui géneris. Los revolucionarios se la apropian el 11 de agosto de 1792. Danton ocupa la Cancillería del Reino e instala el gobierno provisional de la República. Una de sus primeras decisiones consiste en derrocar la estatua del Rey Sol que imperaba en el centro. En el número 8 vivía Delpech de Chaumot, diputado de la nobleza y defensor de la Revolución, así como Louis-Michel Lepeletier de Saint-Fargeau, quien, por su parte, había votado la ejecución de Luis XV. Saint-Fargeau fue asesinado el día 20 de enero de 1793 y la Revolución organizó sus exequias. Su cuerpo yacía cubierto de sangre en medio de la plaza, tapado por una sábana que permitía ver las heridas; todo un montaje neoclásico de Jacques- Louis David.

 

La nueva estatua central (destruida y reemplazada) se tumba de nuevo el 28 de julio de 1833 en favor de otra realizada por Seurre con Bonaparte en sus tradicionales levita y bicornio. Y venga otra vez: Napoleón III la quita y se la lleva a la place de la Defense, de donde la arrancarán los comuneros para hundirla en el Sena. Rescatada de las profundidades, la arrinconan en el patio de honor de los Inválidos. La estatua que en 1863 sustituyó a ésta en la place Vendôme era obra de Auguste Dumon, autor (dicho sea para complicar aún más el cuento) del Genio de la Libertad que domina la Columna de Julio en la place de la Bastille. Encargada por Napoleón III, sobrino del emperador, representaba a éste con pintas de César romano, y ahí seguiría si a su vez no la abatiera la Comuna al caer el Segundo Imperio el 14 de septiembre de 1870. Para ello, Gustave Courbet, presidente de la Comisión de Bellas Artes, había propuesto:

 

Considerando que la Columna Vendôme es un monumento sin valor artístico alguno que perpetúa las nociones de guerra y de conquista propias de una dinastía imperial, pero que condenan los sentimientos de una nación republicana; Considerando que por ello mismo resulta incompatible con los valores de la civilización moderna y la unidad de la fraternidad universal que debe prevalecer entre los pueblos; Considerando igualmente que hiere sentimientos legítimos y es perjudicial para la imagen de Francia ante las democracias europeas, Proponemos que el gobierno de la Defensa nacional se digne desmontar dicha columna o tome la iniciativa de transportarla al Museo de Artillería.

 

De antemano estaba lista la respuesta del gobierno:

 

Considerando que la columna imperial de la place Vendôme es un himno a la barbarie, símbolo de la fuerza bruta y de vana gloria, afirmación del militarismo, negación del derecho internacional, insulto permanente a los vencidos y atentado perpetuo a la Fraternidad, uno de los grandes principios de la República francesa, decretamos: Único artículo. – La columna de la place Vendôme será derribada.

 

El 12 de abril de 1871, cuando la Comuna decide tirarla, Courbet ya había dimitido del gobierno. Fue el 17 de mayo, a las doce del mediodía. La plaza y las calles adyacentes estaban abarrotadas; los miembros del gobierno de la Comuna presenciarían la ceremonia desde el balcón de lo que es hoy el Ministerio de Justicia, en el número 13 de la plaza. Hacia las tres y media de la tarde suena la trompeta para que se inicie el tambaleo, mas uno de los cabrestantes flaquea. Venga los obreros un par de horas con picos y palas hasta reforzar el torno endeblucho, y la columna se recuesta en un lecho de verdura muy bien dispuesto.

 

Pero la Comuna fue vencida y cuando se restableció el orden burgués, la primera medida de los versalleses fue lanzarse a la captura de Courbet, que se refugia en la factoría de instrumentos Lecomte, situada en el número 121 de la rue Saint-Gilles, donde será detenido. Un consejo de guerra lo condena a seis meses de cárcel y a 500 francos de multa.

 

Poco después, la Asamblea Nacional adopta un proyecto para la reposición de la dichosa columna con cargo al antiguo ministro Courbet. Se calcula su valor en 323.091 francos, que el pintor podría pagar «por plazos anuales de 10.000 francos, al ritmo de dos entregas semestrales». Lo encierran en la Conciergerie, y en vista de su estado de salud, le permiten residir en el sanatorio del doctor Duval de Neuilly, de donde sale el 2 de marzo de 1872.

 

¿Por qué tal obstinación en castigar a Courbet? Se dice que más que una persecución de los poderes políticos, se trató de una venganza de sus «colegas»: artistas, pintores y escritores reaccionarios. Como muestra, he aquí lo que decía Alejandro Dumas (hijo): «¿Bajo qué campana, con qué estiércol, gracias a qué mezcla de vino, de cerveza, de fermento corrosivo y de edemas pestilentes ha podido crecer esta calabaza sonora y puntiaguda?». No se le perdonaban sus posiciones contra el arte oficial. «El Estado es incompetente en materia artística -escribió en 1870 al ministro de Bellas Artes, anunciándole que rechazaba la Legión de Honor-: Mis opiniones de ciudadano se oponen a que acepte una distinción que depende esencialmente del orden monárquico. El honor no reside en los títulos ni en las condecoraciones, sino en los actos y en sus móviles. La intervención del Estado es funesta para el arte, pues lo encierra en las convenciones oficiales y lo condena a la más mediocre esterilidad. El día en que nos deje libres habrá cumplido con su principal obligación.»

 

Aquel año, como el anterior, el artista envía dos cuadros al Salón: Manzanas rojas en una mesa de jardín y Mujer de espaldas. Al pasar frente a estas obras, Meissonnier8 aconseja: «Señores, no vale la pena ver eso; no por una cuestión artística, sino por dignidad. Hay que excluir a Courbet de las exposiciones; para nosotros está muerto».

 

El autor de cuadros soberanos como El origen del mundo y La pereza y la lujuria ha de refugiarse en Suiza, donde lo esperan muchos otros comuneros proscritos. Viejo y enfermo, en 1877 le permiten regresar a Francia y fallece el último día de ese mismo año.

 

Recomendaciones

Riat, George, Gustave Courbet, peintre, París, 1906. Inédito en castellano. Place Vendôme, I. Hubertine Auclert (1848-1914)

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