Ficha técnica

Título: Paisajes del pensamiento | Autor:  Martha C. Nussbaum | Editorial: Paidós  | Colección: Magnum | Páginas:  896 | 15,5 x 23,3 | Tapa dura con sobrecubierta 39 | Género: Ensayo | Precio:  € | ISBN: 978-84-493-2129-0

Paisajes del pensamiento

EDICIONES PAIDÓS 

Ningún profesional de la filosofía, psicología, antropología o estudios literarios podrá prescindir de este libro. Para comprender el papel de las emociones en nuestras vidas.

En esta magnífica obra, Martha C. Nussbaum considera las emociones no como fuerzas extrañas, sino como respuestas que nos ayudan a discriminar lo que es valioso e importante. Apartir de la muerte de su padre,la autora explora la estructura de una amplia gama de emociones, como el amor o la compasión. El abanico de referencias es extraordinario: Platón, San Agustín, Spinoza, Dante, Emily Brontë, Proust…

Esta exploración le permite demostrar que ninguna teoría ética puede considerarse completa si a su vez no contempla una teoría de las emociones, y que ello implica comprender sus fuentes culturales, su historia en la infancia y en la niñez y su actuación, enocasiones impredecible y desordenada,e n nuestra vida cotidiana.

I. Necesidad y reconocimiento

En abril de 1992 me encontraba en Dublín impartiendo clases en el Trinity College. Como mi madre convalecía en el hospital tras una operación seria pero corriente, yo llamaba por teléfono con regularidad para informarme sobre su estado. Una de esas llamadas me trajo la noticia de que había sufrido una complicación grave durante la noche: la rotura de la incisión quirúrgica entre el esófago y el estómago. Se había pro ducido una infección interna general, tenía fiebre y, aun que estaba recibiendo los mejores cuidados en un hospital excelente, su vida corría peligro. La noticia me hizo sentir como si me perforaran el estómago con un clavo. Con la ayuda de mis anfitriones, hice los preparativos para regresar en el próximo vuelo, que no salía hasta el día siguiente. Esa tarde impartí la clase programada sobre el tema de las emociones (un proyecto para la serie de charlas en la que se basa este libro ). Yo no era la filsofa entusiasta y auto suficiente que imparta una clase o, más bien, no era sólo eso, sino también una persona traspasada por el mundo y que a duras penas contenía las lágrimas. Esa noche soñé que mi madre aparecía en mi cuarto del Trinity College, en su cama del hospital, muy demacrada y encogida, en posición fetal. La miré sintiendo una efusión de afecto y le dije . De repente se levantó, joven y bella como en las viejas fotografías de cuando yo tenía 2 o 3 años. Me sonrió con su característico y cálido ingenio y me dijo que los dem.s pod.an llamarla maravillosa, pero que ella prefería de lejos que la llamaran guapa. Me desperté y lloré, sabiendo que la realidad era otra.

    Durante el vuelo transatlántico del día siguiente, contemplé con esperanza esa imagen de salud. Pero también pasó ante mí, con mayor frecuencia, la imagen de su muerte, y mi cuerpo quería interponerse frente a ella, negarla. Me temblaban las manos mientras escribía unos párrafos de una charla sobre la clemencia y la comprensión narrativa de los criminales. Y sentía, todo el tiempo, una cólera intensa pero imprecisa: contra los médicos, por permitir que la crisis se produjera; contra los auxiliares de vuelo, por sonreír como si todo fuese normal; sobre todo contra mí misma, por no haber sido capaz de impedir que esto sucediese o por no haber estado con ella cuando ocurrió.

    Al llegar a Filadelfia llamé a la unidad de cuidados intensivos del hospital y la enfermera me comunicó que mi madre había muerto hacía veinte minutos. Mi hermana, que vivía allí, estaba con ella y le había dicho que yo estaba de camino. La enfermera me alentó a ir y ver cómo la amortajaban. Me apresuré por las sucias calles del centro como si se pudiera hacer algo. Al final de un laberinto de pasillos, pasada la cafetería en la que los trabajadores del hospital charlaban y reían, encontré la unidad quirúrgica de cuidados intensivos. Conducida por una enfermera vi, tras una cortina, a mi madre acostada boca arriba, tal como la hab.a visto a menudo dormir en casa. Llevaba puesta su mejor bata, la del cuello de encaje. Estaba impecablemente maquillada (las enfermeras, que le había tomado mucho cariño, me dijeron que sabían lo importante que siempre había sido para ella llevar bien pintados los labios). Tenía un tubo apenas visible en la nariz, pero no estaba conectado a nada. Lloré de forma incontrolable, y mientras, las enfermeras me traían vasos de agua. Una hora después iba hacia mi hotel en una furgoneta del hospital, llevando su pequeña maleta roja con su ropa y los libros que yo le había dado para leer en el hospital, extraños vestigios que parecían no pertenecer ya al mundo, como si hubieran debido desaparecer con su vida.

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