Ficha técnica

Título: Oda al odio | Compilador: Ariel Magnus | Editorial: Adriana Hidalgo  | Colección: El otro lado |  Páginas 416 | ISBN:  978-987-3793-55-4978-987-3793-55-4 | Precio: 23,00 euros  |  Fecha:  febrero 2016 |

Oda al odio

ADRIANA HIDALGO

El odioso lector encontrará en este libro un gran conjunto de textos en donde se ventila el asco por la propia especie. Los sentimientos misantrópicos datan de la Antigüedad y llegan intactos hasta el presente. Con sus respectivas variaciones de tono y enfoque, cada época supo felizmente producir a los autores encargados de recordarnos que no somos nada, sino algo, y muy feo. Cada vuelta en la espiral del autoodio agrega una perspectiva más desde la cual asombrarnos de nosotros mismos. Nuestro caudal de cualidades repulsivas es prácticamente inagotable. Misantropía, nihilismo, escepticismo, antiintelectualismo y misoginia, todos ellos guardan algún rasgo de nobleza y por ende no han sido discriminados en esta ecuménica selección. Aunque el modelo de misántropo ideal sea probablemente el del ermitaño, de preferencia ateo, siempre guardando la debida simpatía de época por el neurótico urbano que sufre (o goza) de fobia social, aquí también encuentran albergue los resentidos que decidieron alejarse de sus semejantes por despecho amoroso, fraude económico o cualquier otro motivo menor. Muchas son las causas que pueden gestar un odio sincero y admirable. Textos de: Plutarco, Séneca, Shakespeare, Luciano de Samósata, Erasmo, Montaigne, Hobbes, Pascal, Molière, Dostoievski, Swift, Voltaire, Goethe, Schiller, Fielding, Kierkegaard, Wilde, Nietzsche, Jean Paul, Walter Scott, Goncharov, Turguéniev, Pessoa, Schopenhauer, Lord Byron, Conrad, Twain, Bukowski y Martin Walser, entre otros.

 

PRÓLOGO

     Detesto los prólogos, así que seré breve.

     El odioso lector encontrará en este libro un repaso más o menos cronológico de textos en donde se ventila la única pasión humana digna de interés: el asco por la propia especie. A favor de nuestra calaña, como la presente antología espera dejar demostrado de una vez y para siempre, sólo habla el hecho de que los sentimientos misantrópicos datan ya de la Antigüedad y llegan intactos hasta el presente, casi sin hiatos en el tiempo. Con sus respectivas variaciones de tono y enfoque, cada época supo felizmente producir a los autores encargados de recordarnos que no somos nada, sino algo, y muy feo. Si los argumentos de estos preclaros a veces se repiten no es por lo tanto culpa de ellos, sino de su invariable objeto, incapaz de cualquier progreso esencial. Así y todo, cada vuelta en la espiral del autoodio agrega una perspectiva más desde la cual asombrarnos de nosotros mismos. Nuestro caudal de cualidades repulsivas es prácticamente inagotable.

     Dejo a otros la melindrosa tarea de delimitar a la misantropía de sentimientos afines como el nihilismo o el escepticismo, acaso el antiintelectualismo y en parte (su mejor parte) la misoginia. Todos ellos guardan algún rasgo de nobleza, y por ende no han sido discriminados en esta ecuménica selección. No se incluyen, en cambio, textos sólo sutilmente misántropos, como cada uno de los que fueron alejando al hombre del centro de la creación. Tampoco saciará su morbo psicopático el lector que busque aquí la firma de Hitler o del último proyectito de genocida que salió a liquidar gente por ahí. Nadie es más ajeno al pensamiento misantrópico, es decir, a la sensatez, que quien se dedica a la absurda tarea de aniquilar a sus congéneres, máxime si lo hace alegando cuestiones de superioridad racial o moral, la más humana de las necedades.

     Aunque el modelo de misántropo ideal sea probablemente el del ermitaño, de preferencia ateo, siempre guardando la debida simpatía de época por el neurótico urbano que sufre (o goza) de fobia social, aquí encuentran albergue también los resentidos que decidieron alejarse de sus semejantes por despecho amoroso, fraude económico o cualquier otro motivo menor. Preferir al misántropo puro, casi tautológico, ese que no tiene razones personales para su aversión, no debe impedirnos comprender que también otras causas, por muy individuales y, en ese sentido, despreciables que sean, pueden gestar un odio sincero y bello.

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