Ficha técnica

Título: Obras, Tomo I | Autor: Copi |  Traducción: Enrique Vila-Matas, Copi, Alberto Cardín y Edgardo Dobry |    Editorial: Anagrama |   Colección: Otra vuelta de tuercaGénero: Novela | ISBN: 978-84-339-7590-4 |       Páginas: 368 |  PVP: 19,50 € | Publicación: Marzo de 2010

Obras, Tomo I

EDITORIAL ANAGRAMA

Nos resulta muy gratificante poder proponer, tantos años después, la obra narrativa de Copi, un autor extraordinario, inclasificable, sorpendente, heterodoxo, personalísimo y a nuestro juicio genial.

El uruguayo (1972) -libro que el cineasta Michel Cournot denominó, en las páginas de Le Nouvel Observateur, «una máquina genial que hace olvidar todas las pesadillas»- es una novela breve, acaso la más surrealista y a la vez la más emotiva de todo lo que escribió Copi sobre el exilio rioplatense en Francia y la mezcla de amor y odio por el país de origen.

En La vida es un tango (1979), Silvano Urrutia es arrancado de su pueblo natal por un premio literario y en una única, enloquecida jornada, pasa a ser periodista, redactor jefe, jefe absoluto (hay que recordar que Copi era nieto de Natalio Botana, gran periodista, fundador del diario Crítica, donde escribieron Borges y Roberto Arlt); después se exilia en París, durante el «carnaval» de mayo del 68; ya casi centenario, volverá a la Argentina: «¿Cómo resistirse a esta parodia hilarante, a este humor ácido que no respeta nada?» (B. Villien, Le Nouvel Observateur); «Copi deja que su imaginación se desencadene como un huracán tropical» (Claude Courchay).

En La Internacional Argentina (1988), Nicanor Sigampa, enorme negro multimillonario, urde, desde París, una intriga para convertir al poeta indigente Darío Copi en presidente de la República Argentina; participarán de la desopilante conspiración, entre otros personajes extravagantes, una hija natural de Borges capaz de recitar el Corán; los padres del poeta Copi, octogenarios convertidos en hippies, el embajador argentino y su puma ciclotímico: «Copi pone al desnudo, mediante una despiadada sátira, a una mayoría de la clase política argentina, sin olvidar la catadura moral de aquellos amplios sectores que la sostienen» (J. E. Ayala-Dip, El País); «Un argumento delirante, conducido por el rigor que admite la fantasía libre. Como saben bien sus lectores, la turbación existencial presente en toda su obra nunca está reñida con la humorada» (Ignacio Vidal-Folch, ABC).

Todos los asuntos centrales de la obra de Copi se retoman y resumen en Río de la Plata, un sucinto y brillante texto autobiográfico -inédito hasta ahora en castellano- que cierra este volumen. Un texto que, sin dejar de lado la carcajada gozosa e inquietante que sacude toda la narrativa de Copi, ilumina con deslumbrante inteligencia asuntos como el peronismo y las dictaduras militares que le siguieron, al tiempo que repasa los acontecimientos esenciales de su vida.

La incisiva escritora argentina María Moreno introduce este volumen con un documentado prólogo.

César Aira, quien a principios de los noventa impulsó la obra de Copi hacia el lugar central que hoy ocupa cada vez con mayor vigor, relacionó su talento como narrador -junto a su obra genial como dibujante y dramaturgo- con su capacidad para la velocidad, para ir al meollo de las historias sin demorarse mucho, con esa «facilidad -dice Aira- en la que Ruskin veía la marca del artista verdadero». Por eso en Copi las peripecias más surrealistas suceden con la mayor naturalidad, todo es a la vez delirio y alegoría rigurosa, cómica gravedad, originalidad y desparpajo en el tratamiento de los asuntos más espinosos. Copi es el espectáculo de una inteligencia omnímoda que absorbe al vórtice de su torbellino al mundo entero, con el lector como cabeza de filas.

 

La vida es un tango  

I. Las rotativas  

     Lauro Bochinchola se escarbaba los dientes viendo bajar los pasajeros del tren en la estación Constitución. Debe ser ese pajuerano de sombrero, pensó. Silvano Urrutia se había puesto lo mejor que tenía para la ocasión: traje cruzado príncipe de Gales, arrugado por veinte horas de viaje, mocasines, sombrero panamá y un impermeable doblado en el brazo. Una valija de cuero sin curtir permitía adivinar, no obstante, su origen humilde. El Gordo Bochinchola se le acercó. ¿Silvano Urrutia?, preguntó. Silvano se sacó el sombrero. Para servirle, contestó. -Venga, dijo el Gordo, y sin dejar de escarbarse los dientes caminó a lo largo del andén hasta la calle, seguido por Silvano cargado con la inmensa valija. El Gordo señaló un Rolls-Royce negro y le dijo: -Ponga la valija delante. Se encasquetó una gorra y se sentó al volante. Silvano supuso que tenía que sentarse atrás. Al abrir la puerta vio un ocupante hundido en el asiento posterior, tan pequeño que no alcanzaba a la ventanilla con sombrero y todo. -Mucho gusto, dijo Silvano. -Siéntese tranquilo, respondió el otro. Silvano se sentó a su lado y cerró la puerta, el auto arrancó. -¿Es usted el que ganó el concurso?, le preguntó sin mayor interés. -Sí señor, afirmó Silvano con un tono que le pareció a él mismo de un orgullo desplazado. El otro lo examinó atentamente. Era un hombre de unos sesenta años, de origen probablemente indio, oscuro de piel y de pelo blanco cuidadosamente cortado; era delgadísimo y de estatura, parado, no debía sobrepasar el metro cuarenta. Me presento, dijo: -Soy el Mono Diligenti, quinielero. Se estrecharon las manos. Me muero de sueño, bostezó el Mono Diligenti, me pasé la noche de farra. Y bajándose el ala del sombrero se durmió roncando ruidosamente. -¡El Mono se la pasa apolillando, rió el Gordo Bochinchola, tiene diabetes! ¡Con lo que chupa cualquiera de estos días se queda seco sentado ahí atrás! Silvano no supo qué responder. Durante las veinte horas de viaje en tren desde Paraná se había imaginado mil recepciones de diversa naturaleza pero ninguna como ésta. Desde luego existían el Rolls- Royce y el chofer, pero un quinielero como anfitrión e incapaz de estarse despierto… le parecía increíble de parte de una empresa tan importante como el diario Crítica. Silvano era maestro de escuela en Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos. Hijo de panadero, sintió desde temprano la atracción de la cultura. A los doce años componía rimas en homenaje a los próceres nacionales; su padre decidió costearle la carrera de docente. No bien instalado como único maestro en la flamante escuela, recibió los honores de la pequeña burguesía de Paraná con hijas casaderas. Silvano tenía apenas diecinueve años, pero su aplomo y simpatía lo hacían parecer de veinticinco. Alto de casi dos metros, de piel oliva, ojos claros y cuerpo de atleta, en Paraná se agenció el apodo del «buen mozo». Se enamoró de una muchacha flaca y miope, Dorita, dos años mayor que él, que conocía de memoria los principales poemas de Rubén Darío.

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