Ficha técnica

Título: Obra reunida | Autor: Mario Bellatín | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica | Páginas: 632 | Formato: 15×24 | Encuadernación: Rústica | Precio: 19,50 euros | ISBN: 9788420414454 | Ebook: 12,99 euros

Obra reunida

ALFAGUARA

 

Alfaguara recupera una parte esencial de la narrativa de Bellatin en esta primera parte de su Obra reunida: Salón de belleza, Efecto invernadero, Canon perpetuo, Damas chinas, El jardín de la señora Murakami, Bola negra, Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, La mirada del pájaro transparente, Jacobo el mutante, Perros héroes, Flores, La escuela del dolor humano de Sechuán, Underwood portátil: modelo 1915, y Los fantasmas del masajista y La biografía ilustrada de Mishima (ambos incluidos en La clase muerta). Estos textos constituyen la mejor manera de abordar la obra de un autor muy singular y considerado uno de los más importantes renovadores del género narrativo.

Para Mario Bellatin, la escritura es una condición que no tiene «más remedio que soportar». De ahí que creara estas historias pobladas de personajes imperfectos, que transcurren en tiempos y lugares indeterminados, armadas como puzles, creadas mediante un proceso en cierto modo inconsciente.

Un peluquero da refugio en su salón de belleza a los enfermos de una extraña peste que invade la ciudad, pero al parecer sin motivos filantrópicos; un fármaco defectuoso origina malformaciones masivas en una generación de recién nacidos; un escritor investiga sobre prácticas sexuales alternativas..

«Un travieso escritor con un ojo y un oído especiales a la hora de captar lo inusual (…) Una de las principales voces en el ámbito de la ficción experimental en español.»
Larry Rohter,
The New York Times

«Mario Bellatin tiene una imaginación prodigiosa, múltiple, incesantes, me deja absorta, boquiabierta, exhausta.»
Margo Glantz

 

 

Comienzo del libro

 

Hace algunos años, mi interés por los acuarios me llevó a decorar mi salón de belleza con peces de distintos colores. Ahora que el salón se ha convertido en un Moridero, donde van a terminar sus días quienes no tienen dónde hacerlo, me cuesta mucho trabajo ver cómo poco a poco los peces han ido desapareciendo. Tal vez sea que el agua corriente está llegando demasiado cargada de cloro, o quizá que no tengo el tiempo suficiente para darles los cuidados que se merecen. Comencé criando Gupis Reales. Los de la tienda me aseguraron que se trataba de los peces más resistentes y, por eso mismo, los de más fácil crianza. En otras palabras, eran los peces ideales para un principiante. Tienen, además, la particularidad de reproducirse rápidamente. Los Gupis Reales son vivíparos, no necesitan tener un motor de oxígeno para que los huevos se mantengan en la pecera sin que el agua tenga que cambiarse. La primera vez que puse en práctica mi afición no tuve demasiada suerte. Compré un acuario de medianas proporciones y metí dentro una hembra preñada, otra todavía virgen y un macho con una larga cola de colores. Al día siguiente el macho amaneció muerto. Estaba echado boca arriba, entre las piedras multicolores con las que recubrí la base. De inmediato busqué el guante de jebe con el que hacía el teñido de cabello a las clientas, y saqué al pez muerto. En los días siguientes nada importante ocurrió. Simplemente traté de encontrar la medida correcta de comida para que los peces no sufrieran de empacho ni murieran de hambre. El control de la comida ayudaba además a mantener todo el tiempo el agua cristalina. Pero cuando la hembra preñada parió se desató una persecución implacable. La otra hembra quería comerse a las crías. Sin embargo, los recién nacidos tenían unos poderosos y rápidos reflejos que momentáneamente los salvaban de la muerte. De los ocho que nacieron sólo tres quedaron vivos. La madre, sin ninguna razón visible, murió a los pocos días. Esa muerte fue muy curiosa. Desde que parió se había quedado estática en el fondo del acuario sin que la hinchazón de su vientre disminuyera en ningún momento. Nuevamente tuve que ponerme el guante que usaba para los tintes. De ese modo saqué a la madre muerta y la arrojé después por el escusado que hay detrás del galpón donde duermo. Mis compañeros de trabajo nunca estuvieron de acuerdo con mi afición por los peces. Afirmaban que traían mala suerte. No les hice el menor caso y con el tiempo fui adquiriendo nuevos acuarios así como los implementos necesarios para tener todo en regla. Conseguí pequeños motores para el oxígeno, que simulaban cofres de tesoro olvidados en el fondo del mar. Hallé también motorcitos en forma de hombres rana de cuyos tanques salían en forma constante las burbujas. Cuando al fin conseguí cierto dominio con otros Gupis Reales que fui comprando, me aventuré con peces de crianza más difícil. Me llamaban mucho la atención las Carpas Doradas. Creo que fue en la misma tienda donde me enteré de que en ciertas culturas era un placer la simple contemplación de las Carpas. A mí comenzó a sucederme lo mismo. Podía pasar muchas horas seguidas admirando los reflejos que emitían las escamas y las colas. Alguien me confirmó después que ese tipo de pasatiempo era una diversión extranjera.

 

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