Ficha técnica

Título: Nuestro modo de vida | Autor: Rodolfo Fogwill | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica | Formato: 15×24 | Encuadernación: Rústica |Páginas: 288 | ISBN: 9788420417998 | Precio: 18 euros  | Ebook: 8,99 euros

Nuestro modo de vida

ALFAGUARA

«Mi objeto, si se lo alcanza a detectar en la novela, es el límite entre el adentro y el afuera de la obra como alegoría del límite entre el adentro y el afuera de la vida humana.»
Fogwill

Novela inédita, perdida y recuperada, Nuestro modo de vida fue escrita en 1981. Fernando, su protagonista, se busca en las cosas como en un espejo, investiga el límite que lo separa del mundo y entrevé -con un temblor inteligente, sensible y sensual- la unánime insustancialidad de los objetos exteriores y del sujeto que está en el centro de su experiencia.

El juicio sumario de la historia tal vez condenaría a la pareja que Fernando forma con Rita como a ejemplares arquetípicos de una burguesía culpable de egoísmo, superficialidad e hipocresía. Pero Fogwill complica magistralmente el proceso al plegar su punto de vista a la conciencia de su personaje y a su indagación de la intimidad: vigilia tan perpleja como sutil, tan ligera como insondable.

Marcados por su situación social e histórica, los caracteres de Rita y Fernando resisten, por debajo de esa superficie espejada, una lectura más universal: su suave prisión de irrealidad, más o menos confortable, más o menos amenazada, es la misma que protege o que oprime al lector.

La crítica ha dicho:

«Uno de los autores más fascinantes y excéntricos de la mejor literatura argentina.»  Ignacio Echevarría

«Para afectos a la literatura auténtica, la que abandona las parcelas más trilladas, ajenas al tópico, reparadora de mediocridades, audaz.» Joaquín Marco, El Mundo

1. Sabor

Temprano esa mañana, al notar que todos los automóviles estacionados frente a su casa eran azules, Fernando pensó que tanta uniformidad era un buen augurio para el día que comenzaba. Después, en el supermercado, cuando vio al personal de la carnicería, la verdulería y la quesería vistiendo impecables guardapolvos blancos con el emblema de la empresa bordado sobre el bolsillo superior izquierdo, sin advertir que era lunes, y sin saber que cada lunes los empleados debían revistar ante sus superiores con ropa limpia para toda la semana, pensó que ese también era un buen augurio y ya no dudó que lo esperaba una jornada favorable.

«Es -se dijo mientras volvía a su casa- como si de repente hubiese llegado la primavera…»

Pero no necesitó comentar con su mujer el optimismo que ahora lo invadía: ella advirtió que su hombre llegaba convencido de estar comenzando un día bueno por su manera de entrar a la casa y por la inflexión que adoptó su voz mientras agradecía que ella se hiciera cargo de los paquetes de las compras.

En una mesa del living, cerca del balcón, estaba preparado el desayuno. La cafetera humeaba; había tostadas con manteca, casi derretida por el calor que aún conservaban las rebanadas rectangulares de pan caliente. La leche yacía en su jarra como esos lagos de superficie muy serena que prometen un agradable descanso. El frasco inglés de mermelada de ciruelas brillaba, limpio. Los cubiertos estaban en su lugar y la azucarera de peltre, como dispuesta a presidir una ceremonia de inusitada dulzura, relucía equidistante de los bordes de la mesa que Fernando y Rita, su mujer, ocupaban durante las comidas.

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