Ficha técnica

Título: Novato en Nota roja | Autor: Alberto Arce | Ilustraciones: Germán Andino | Prólogo: Manuel Jabois | Editorial: Libros del K.O.  | Páginas: 216 | ISBN: 978-­‐84-­‐16001-­‐32-­‐3 | Precio: 15,90 euros

Novato en Nota roja

LIBROS DEL K. O.

Honduras no es Irak, pero en algún momento, Alberto Arce -único corresponsal extranjero en Tegucigalpa de 2012 a 2014- lo vivió así.

Honduras no es Irak, pero cada año mueren asesinadas 85 personas por cada 100.000 habitantes, una cifra que supera a la de Irak. Honduras vive una de las guerras no declaradas menos contadas del mundo. Una guerra laberíntica de todos contra todos: el narco, que transporta a través del país el 90% de la cocaína colombiana y venezolana que llega a Estados Unidos; los pandilleros convertidos en soldados del narco y en extorsionadores; una policía sin medios que, en vez de detener criminales, prefiere ejecutarlos; un ejército cuyos cuerpos de élite armados y asesorados por Estados Unidos asesinan a adolescentes que viajan en moto a casa de su novia; una clase política corrupta; una prensa que justifica los crímenes de los escuadrones de la muerte; un sistema judicial sin medios, amenazado por pandilleros, policía, ejército, clase política y prensa, que resuelve menos del 10% de los asesinatos. Y, en medio, una población que, a la mínima oportunidad, se va del país.

Honduras no es Irak, pero podría serlo si así decidiera contarse. 

PRÓLOGO
por Manuel Jabois

En septiembre, calor en Medellín, nos reunimos unos cuantos periodistas alrededor de la gloria agitada de Gabriel García Márquez que se expande desde Colombia. Era el segundo día de congreso y yo estaba en la habitación, a punto de acostarme, cuando decidí bajar para conversar un rato con Antonio Rubio. Rubio, una de las leyendas españolas del oficio, es el jefe del master de investigación de El Mundo. Cuando llegué me lo encontré con Sindo Lafuente, que dirigió las webs de El Mundo y El País y soitu.es, y un chaval de gafa grande que bebía despacio una cerveza como si fuese un vaquero. Me senté a la mesa y miré al fondo, a otra mesa alejada, más larga, colocada en ninguna parte, en donde conversaban los viejos gigantes del periodismo latinoamericano e íntimos de García Márquez.

     El chico salió a fumar y me fui con él. Me dijo que se llamaba Alberto Arce. Yo conocía a Alberto Arce, había leído Misrata Calling. Recordaba la hermosa dedicatoria que Libros del KO, su editorial, hizo cuando Ricardo García Vilanova y él ganaron el Rory Peck, el llamado Pulitzer de los freelance, por un documental hecho allí, en Libia: «A todos los jefes de medios españoles que ignoraron y humillaron con propuestas de trabajar gratis a Alberto Arce y Ricardo García Vilanova: joderos». Empezamos a fumar esparciendo el humo por encima de Medellín, subidos a unas sillas altas como de juez de tenis, y señalé con nostalgia la mesa flotante en la que hablaban las primeras espadas del congreso.

     -Lo que sería estar ahí escuchando.

     Arce me miró con desprecio.

     -¿Allí para qué? ¿Qué te van a decir?

     Balbuceé un poco, aclarando que eran hombres reputados y que habían convivido con el Nobel, y que aquello siempre daba cierta lujuria a la conversación.

     -Con los que tienes que andar están ahora en la barra del hotel. Las putas que hacen la calle, no estos retirados. Yo te los presento.

       Había planeado mi semana en Medellín como un monje sin tortura de conciencia, alejado de alcohol y amarrado a unos libros y un ordenador. Refunfuñé algo y volvimos a la mesa. Pero allí la mirada felina de Arce, que había visto en mí una presa, ya no me dejó en paz. Apuramos una cerveza más y vimos llegar, como entre vapores de alcantarillado, a un chaval fuerte con los pechos tatuados y pescata, ese pelo de la nuca que se riza cuando en España estás en la Gurtel y en El Salvador en una pandilla.

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