Ficha técnica

Título: Norman Foster. Arquitectura y vida| Autor: Deyan Sudjic | Editorial: Turner| Colección:  Noema | Género: Biografías | ISBN: 978-84-7506-939-5 | Páginas: 296 | Formato:  14 x 22 cm.| Encuadernación: Rústica con solapas |  PVP: 24,00 € | Publicación: 2011

Norman Foster

TURNER

La historia del arquitecto que ha definido el paisaje de Londres y ha contribuido a cambiar la imagen que China muestra al mundo con el gran aeropuerto de Pekín.

La vida de un apasionado de la estética y la ecología, de las bicicletas y los aviones. El testimonio de un niño que nació «al otro lado de las vías», en la zona menos favorecida de Manchester, y que llegó a dominar una de las profesiones más elitistas del mundo.
Deyan Sudjic, ha escrito este libro con la total colaboración de Foster y su entorno, en él analiza el impacto crucial de este hombre en la arquitectura, y por extensión en la ciudad.

«El retrato de un explorador, un hombre que siempre que siempre ha buscado los límites […], de quien un cliente hizo el elogio más definitivo: ‘Foster hace las preguntas correctas’.» Sunday Telegraph.

 

PRÓLOGO 

Comencé un libro anterior con esta frase: «La Primera Guerra Mundial fue una guerra cruel e innecesaria». También la Guerra de Secesión fue cruel, por los sufrimientos que infligió a los participantes y la angustia que causó a quienes en ella perdieron a sus seres queridos. Pero no fue innecesaria. En 1861 la división entre el Norte y el Sur, provocada sobre todo por la esclavitud, entre otras diferencias, era ya tan acusada que solo hubiera podido resolverse mediante una transformación profunda que implicase, obligatoriamente, que la esclavitud dejara de percibirse como el único modo de contener el problema de los negros en Norteamérica; o quizá mediante una separación permanente entre los estados esclavistas y sus simpatizantes y el resto del país; y posiblemente, dadas las fricciones que tal separación conllevaría, mediante una guerra. Pero eso no significa que la guerra fuese inevitable. Variables políticas y sociales de todo tipo pudieron haber conducido a una resolución pacífica. Si el Norte hubiese tenido un presidente ya asentado, y no uno recién elegido, y con una posición antiesclavista menos provocadora para con el Sur; si el Sur hubiera tenido líderes, particularmente un posible líder nacional tan capaz y elocuente como Lincoln; si ambas partes, pero sobre todo el Sur, hubieran estado menos influidas por el militarismo diletante que imperaba en el mundo anglosajón a ambos lados del Atlánticoa mediados de siglo entre los regimientos de voluntarios y los clubes del rifle; si la industrialización no hubiese alimentado tanto la confianza del Norte en que podría hacer frente a la belicosidad del Sur; si el apetito de Europa por el algodón sureño no hubiese persuadido a tantos hacendados y productores al sur de la línea Mason-Dixon que estaban en posición de dictarle al mundo los términos de una diplomacia separatista; si no se hubieran acumulado tantos elementos condicionantes en la mentalidad del Norte y del Sur; entonces puede que el simple valor de la paz, y su preservación, hubiesen primado sobre el belicoso clamor de las multitudes y los mítines de reclutamiento, y conducido a la gran república desde el caos de la fiebre bélica hacia la normalidad de la calma y de un compromiso aceptable para ambas partes. Los estadounidenses eran grandes negociadores. Media docena de compromisos importantes habían venido evitando la división a lo largo el siglo xix. De hecho, el país entero había adoptado tácitamente el compromiso como principio rector de sus relaciones con los antiguos amos coloniales a principios de siglo, y de su renuncia a perpetuar el conflicto con Inglaterra, tras la aberración que supuso la Guerra de 1812. Desafortunadamente, los estadounidenses eran también gente de principios. Habían plasmado estos principios en los preámbulos a sus magníficos documentos de gobierno, la Declaración de Independencia y la Constitución y sus Diez Enmiendas; y, cuando se exaltaban, recurrían a estos principios como guía para la solución de sus problemas. Por desgracia, los puntos de desacuerdo más importantes entre el Norte y el Sur en 1861 podían considerarse principios; tanto la indivisibilidad de la república y su poder soberano como los derechos de los estados estaban ligados a las pasiones de la época dorada de la república, y, si la supervivencia de esta se veía amenazada, podían ser invocados nuevamente. A lo largo de las luchas políticas en las décadas anteriores del siglo, habían sido invocados una y otra vez por dos figuras dotadas de gran sinceridad y elocuencia, Henry Clay y John Calhoun. Fue una auténtica mala suerte que Estados Unidos produjese líderes de opinión tan formidablemente persuasivos. Para desgracia del Sur, que había dominado el debate durante la primera mitad del siglo, precisamente en el punto en que la cuestión de los principios dejó de ser un torneo verbal y amenazó con convertirse en una llamada a la acción, el Norte produjo un líder que hablaba mejor y con más energía que cualquiera de los campeones del Sur por aquel entonces.

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