Ficha técnica

Título: Noches azules | Autor: Joan Didion | Editorial: Literatura Mondadori | PVP: 19,90 euros | Nº de pág.: 160 | Epub: 12,99 euros| ISBN: 9788439726333 | Formato: Tapa dura

Noches azules

MONDADORI

  «Durante las noches azules uno piensa que el día no se va a acabar nunca. A medida que las noches azules se acercan a su fin (y lo hacen, lo hacen siempre), uno experimenta un esca-lofrío literal, una visión de enfermedad, en el mismo momento de darse cuenta: la luz azul se está yendo, los días ya se están acortando, el verano se ha ido. Este libro se titula Noches azules porque en la época en que lo empecé a escribir sorprendí a mi mente volviéndose cada vez más hacia la enfermedad, hacia la muerte de las promesas, el acortamiento de los días, lo inevitable del apagamiento, la muerte de la luz. Las noches azules son lo contrario de la muerte de la luz, pero al mismo tiempo son su premonición.»


En su celebrado libro
El año del pensamiento mágico, Joan Didion contemplaba cómo los rituales que formaban parte de su vida cotidiana cambiaban drásticamente con la súbita muerte de su marido en 2003. Dos años después su única hija, Quintana Roo, moría a los treinta y nueve años de edad. En su nueva obra, Noches azules, Joan Didion hilvana instantáneas literarias y re¬cuerdos olvidados sobre la vida y la muerte de su hija. Noches azules versa sobre lo que queda tras la pérdida de un ser querido.

 

«Poco a poco se va haciendo claro tanto para el lector como para Didion que sus reminiscencias no son solo una elegía a Quintana, sino también un lamento por el paso del tiempo.»
Michiko Kakutani,
The New York Times

«Un clásico breve y sombrío.»
Kirkusreviews.com

 

 

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En ciertas latitudes hay un lapso de tiempo, al acercarse el solsticio de verano y los días posteriores, unas semanas como mucho, en que los crepúsculos se vuelven largos y azules. Este periodo de las noches azules no tiene lugar en la California subtropical, donde yo viví durante gran parte del tiempo del que voy a hablar aquí y donde el final de la luz del día es brusco y queda perdido en el resplandor del sol poniente, pero sí que ocurre en Nueva York, que es donde vivo ahora. Se puede ver ya a finales de abril y principios de mayo, un cambio de estación, no es exactamente que afloje el frío -de hecho, el frío no afloja para nada- y sin embargo de repente el verano parece próximo, una posibilidad, una promesa incluso. Pasas por delante de
una ventana, paseas hasta Central Park y te encuentras bañada en el color azul: la luz en sí es azul, y al cabo de una hora más o menos este azul se acentúa, se intensifica aun mientras se oscurece y se apaga y se aproxima finalmente al azul del cristal en un día despejado en Chartres, o al de la radiación de Cherenkov que emiten las varas de combustible de las piscinas de los reactores nucleares. Los franceses llaman a esta hora del día «l’heure bleue». Nosotros la llamamos «el crepúsculo». La misma palabra «crepúsculo» reverbera, despierta ecos -crepitación, crescendo, corpúsculo, crisálida-, lleva en sus consonantes las imágenes de persianas que se cierran, de jardines que se oscurecen, de ríos flanqueados de hierba que se deslizan entre las sombras. Durante las noches azules uno piensa que el día no se va a acabar nunca. A medida que las noches azules se acercan a su fin (y lo hacen, lo hacen siempre) uno experimenta un escalofrío literal, una visión de enfermedad, en el mismo momento de darse cuenta: la luz azul se está yendo, los días ya se están acortando, el verano se ha ido. Este libro se titula «Noches azules» porque en la época en que lo empecé a escribir sorprendí a mi mente volviéndose cada vez más hacia la enfermedad, hacia la muerte de las promesas, el acortamiento de los días, lo inevitable del apagamiento, la muerte de la luz. Las noches azules son lo contrario de la muerte de la luz, pero al mismo tiempo son su premonición.

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