Ficha técnica

Título: No encuentro mi cara en el espejo | Autor: Fulgencio Argüelles | Editorial: Acantilado | Colección: Narrativa del Acantilado, 244 | Encuadernación:  Rústica cosida |Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 320 | ISBN:  978-84-16011-25-4 | Precio: 18 euros

No encuentro mi cara en el espejo

ACANTILADO

María Casta y su hijo adolescente Edipio se defienden del azote de una tormenta inclemente que se produce el mismo día en que muere el anciano cura Lubencio. Varios acontecimientos, como la llegada del nuevo cura, la aparición del primer armario con luna o el anuncio del comienzo de la Guerra Civil, determinan la vida del pequeño pueblo minero de Peñafonte, aislado del mundo y ahogado por la humedad de una lluvia incesante. Una extraordinaria novela en la que se entreveran la amistad, la desesperanza, el tedio, las preguntas que nos inquietan y los espejos que nos mienten.

«Una narración con un estilo muy trabajado y brillante. Fulgencio Argüelles escribe muy bien, llena su prosa de ricas evocaciones sensoriales, su léxico está muy trabajado y no es nada convencional». J.M. Pozuelo Yvancos, ABC

«Un cuidado exquisito del lenguaje y un dominio prodigioso de la sintaxis. Ambos rasgos demoran, en ocasiones, la acción, pero apuntalan la prosa y convierten cada capítulo en una delicada pieza de orfebrería lingüística que conviene paladear con atención, a medida que asistimos al portentoso trabajo de un escritor entregado, paso a paso, a la construcción de su propio mundo». Miguel Barrero, Qué Leer

«Argüelles, con esta novela, una vez más nos lleva a esa tierra que tan bien conoce y tanto quiere, esa Asturias húmeda y profundamente minera. Como también suele ser ya costumbre en él, nos lleva por el camino de la amistad, de las buenas conversaciones». Susana Hernández, Libros y literatura

«El modelo narrativo que emplea Argüelles tiene que ver con una especie de realismo poético».J. Ernesto Ayala-Dip, El País

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El día de la muerte del cura Lubencio el cielo se puso rebelde y se alborotaron las nubes sobre las peñas más altas y un aguacero que parecía llegado del otro mundo cayó sobre el pueblo como una afrenta y convirtió los caminos en torrenteras de fango, desbarató los ánimos de las hortensias, precipitó las gestaciones y anticipó los partos, reventó los muros del cementerio y dejó en el aire el olor del tuétano de los muertos y el olor de la sangre de los partos prematuros, y también dejó en el aire, aquella tormenta que nadie había previsto, el olor de la tierra que nunca recibe la luz del sol. María Casta, ayudándose de un palo largo de varear los colchones, empujaba hacia el callejón a los cuervos que se precipitaban atolondrados sobre el corredor, y se santiguaba, y le decía a su hijo, Edipio, hijo mío, se acaba de romper el cielo. Él no sabía qué hacer, porque los cuervos le daban mucho respeto, y no se decidía a ayudarla, y tampoco le parecía correcto abandonarla en aquella circunstancia comprometida, porque la veía abrumada y fuera de sí, con los ojos alumbrando un crepúsculo embarrado y los mechones de pelo pegados a la cara como vestigios de un rayo traidor. Así que Edipio le dijo, madre, deja que los cuervos se vayan muriendo y ya tendremos tiempo de recogerlos y hacer una hoguera con ellos, pero ella le gritó, entra en casa y asegúrate de que todas las ventanas tengan terciada la tranca. El joven Edipio sabía que todos los huecos estaban atrancados, porque antes se había ocupado de ello, y por eso insistió y le dijo a María Casta, madre, salvo por la puerta de este corredor, que es lo único que hay abierto, la casa está resguardada, y ella enloquecía por momentos y seguía arrollando cuervos y los llamaba pájaros de mal agüero y también hijos de la gran puta, y les decía, ir a sacudir la carroña a otra parte, que esta casa no necesita vuestros graznidos de mierda, y su escoba iba y venía como una pesadilla giratoria espantando los aires de la muerte. Uno de aquellos pájaros vino a caer a los pies de Edipio, y él miró con repugnancia y vio que movía torpemente las alas, aún parece estar vivo, y también observó que tenía un pico rojo como la sangre, es el color del demonio, y con la bota lo empujó entre los barrotes hasta hacerlo caer con los otros cuervos al barro del callejón. Una espuma blanca se le escurría a María Casta por las narices, como si estuviera respirando leche recién ordeñada, y le hervían los ojos en un fulgor de brasas que atravesaba la lluvia. Edipio seguía pateando cuervos y le decía a su madre, no es la muerte, madre, esto no es la muerte, sólo son pájaros aturdidos por la tormenta, y ella lo miró, se apartó de la cara la cabellera desgreñada por el temporal y con la mano entumecida por el frío hizo la señal de la cruz e intentó decirle algo a su hijo, pero no fue capaz, porque sus ojos giraron para mirar el vacío y su cuerpo se derrumbó sobre el tablaje del corredor.

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