Ficha técnica

Título: No digas que me conoces | Autor: Sergi Doria | Editorial: Plaza y Janés |  Colección: Exitos | Formato: tapa blanda con solapa | Páginas: 352 | Medidas: 152 X 230 mm | ISBN: 9788401389573 | Precio: 17, 90 euros

No digas que me conoces

PLAZA Y JANÉS

El periodista Sergi Doria supo de Antonio Llucià cuando investigaba sobre la prensa gráfica española de los años veinte. Descubrió así a un personaje que hablaba cinco idiomas, que viajó por todo el mundo estafando bancos y grandes fortunas y que desplumó y posteriormente abandonó a siete esposas. Los diarios de la época se hicieron eco de sus hazañas, y quienes le conocían o pasaron por la experiencia de ser estafados aseguraban que vestía con elegancia y que cuando se disfrazaba, lo hacía con categoría. Con tanta, que hasta se hizo pasar en varias ocasiones por Alfonso XIII.

En la novela, Ángel de Lajusticia, reportero del periódico anarcosindicalista Tierra y libertad, coincide en la cárcel modelo con el buscadísimo timador, titular de infinidad de nombres, cuya identidad la policía lleva años tratando de desvelar. En la intimidad de la celda Llucià se ofrece a contarle su vida para que escriba su biografía y así empieza un relato sobre las innumerables estafas que ha cometido en España, Francia, Alemania, Cuba y Argentina.

La novela ofrece además una panorámica de Barcelona de la época, en plena lucha anarcosindicalista: entre artículo y artículo, Ángel nos describe el ambiente de la ciudad, las luchas obreras y sindicales, el reinado de Alfonso XIII, la guerra de África o la corrupción….

No digas que me conoces narra la fascinante aventura de un hombre fuera de lo común que convirtió la estafa en un arte y demostró que se podía burlar a los bancos más poderosos de la época.

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Cárcel de Avilés, primeras sombras de la noche del 16 de noviembre de 1918. Un sujeto con pinta de señorito asoma la cabeza por un boquete practicado en el tejado de la anticuada prisión. Los que le siguen no son de su misma condición social: un puñado de ladrones de baja estofa. El misterioso ideólogo de la fuga se hace llamar, según se le antoja, Antonio Villamil, o Tomás Portolés… Los reclusos han colocado sobre sus camastros los colchones y encima de ellos un banco, hasta llegar a tocar el techo. El selecto cerebro de la evasión había detectado que las vigas de madera de la celda estaban reblandecidas a causa de las goteras.

-Esta humedad nos matará o nos salvará -repetía con sorna y ojos brillantes.

Resultó fácil levantar unas tablas y acceder al tejado, desde el que los evadidos se descolgaron anudando las sábanas para que hiciesen el oficio de cuerdas. Según la crónica del

Diario de Avilés, la distancia entre el extremo del banco que sirvió de punto de apoyo y el barrote del techo indicaba que la persona que alcanzó el tejado era de elevada estatura o un buen gimnasta: de esta manera pudo ayudar al resto de los presos a darse el piro. Fue tan fácil, que hasta los que estaban a dos días de acabar la condena prefirieron acompañar al elegante fugitivo.

Casi un mes después, el 13 de diciembre de 1918, la Jefatura Superior de Policía transmitía a todas las comisarías españolas una orden extraordinaria de busca y captura del tal Villamil o Portolés.

El 12 de enero, el tal Villamil o Portolés era detenido por los inspectores Haro y Santos, justo en el momento en que adquiría una localidad en la taquilla del teatro Victoria de Madrid, dedicado a espectáculos «sicalípticos» o subidos de tono.

«El detenido conoce cuatro o cinco idiomas y posee una inteligencia fuera de lo común. Poco antes de llegar a Madrid, todavía tuvo tiempo de proveerse de fondos con otra estafa en Manresa…», anotaron sus captores en el primero de los informes periciales.

Haro y Santos destacaron también su «imaginación volcánica, un desparpajo que congela y una afición a lo ajeno que supera a todas sus otras excepcionales aptitudes».

En el expreso que les llevó a Barcelona los policías tuvieron tiempo de escuchar algunas «hazañas» del detenido. Entre las más espectaculares, esa evasión de la cárcel de Avilés llevándose con él a todos los reclusos. Además de tomar las de Villadiego, nuestro hombre dejó una sarcástica nota al alcaide explicando que se largaba del trullo debido a sus incomodidades: la excesiva humedad del lugar le provocaba reumatismo; justificaba la huida como una medida higiénica para preservar su salud y la de sus colegas de celda.

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