Ficha técnica

Título: Niveles de vida | Autor: Julian Barnes | Traducción: Jaime Zulaika | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de Narrativas | Páginas: 152 | ISBN: 978-84-339-7904-9 | Precio: 14,90 euros |Ebook: 11,99 euros

Niveles de vida

ANAGRAMA

«Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante.» El libro arranca con esta reflexión y en efecto reúne tres historias aparentemente inconexas que acaban mostrando secretos y sutiles lazos.

Niveles de vida habla de la aventura de vivir, de los retos imposibles, del amor que todo lo desborda y del dolor de la pérdida. Y lo hace entretejiendo tres piezas independientes. La primera nos habla de los pioneros de la conquista del cielo con los globos aerostáticos y de las iniciales tentativas de fotografías aéreas realizadas por Nadar, aspirando a ser el ojo de Dios. La segunda historia retoma a un personaje de la anterior, el coronel británico Fred Burnaby -bohemio, aventurero y viajero, que murió en Jartum-, del que se relata su pasión por la legendaria actriz Sarah Bernhardt. La tercera parte salta en el tiempo del siglo XIX al XX y de las historias ajenas a la propia: la muerte de su esposa.

No es la primera vez que Julian Barnes experimenta con las formas literarias. En este caso la ruptura con la narrativa más tradicional está al servicio de una aventura literaria de gran calado: indagar, huyendo del sentimentalismo, en el dolor causado por la pérdida del ser amado, adentrarse con las armas de la gran literatura en el territorio de la aflicción. El resultado es un libro deslumbrante, que rompe las barreras de los géneros y consigue una hondura y una belleza iluminadoras.

«Un libro breve y maravilloso sobre un tema monumental que resulta terrible afrontar. Un libro ameno e informativo sobre un tema que es el más triste y misterioso al que tienen que enfrentarse los seres humanos… Niveles de vida permitirá al lector ver la muerte y la aflicción de un modo diferente» (Cathleen Schine, The New York Review of Books).

«Julian Barnes nos invita a visitar lo que llama «los trópicos de la aflicción», que son un territorio más salvaje y desolador que cualquiera de los descritos por Lévi-Strauss en sus excelsas memorias… Barnes se ha arriesgado a escribir un libro terrible para poder crear esta obra memorable» (Michael Wood, London Review of Books).

«Cualquiera que haya amado y sufrido una pérdida, o simplemente sufrido, debería leer este libro, y releerlo y releerlo» (Martin Fletcher,
The Independent).

«Un libro de una inusual intimidad y honestidad sobre el amor y la aflicción. Leerlo es un privilegio. Haberlo escrito es extraordinario» (Ruth Scurr, The Times).

«Un libro magistralmente orquestado, un híbrido a menudo emocionante de no ficción, «fabulación» y memorias al uso; es la respuesta de un escritor con mucho talento a lo incomprensible en una cultura secular en la que tenemos dificultades para asumir la muerte» (Joyce Carol Oates).

«Un artefacto forjado con una destreza suprema y una desolada guía por los territorios de la pérdida» (John Carey, The Sunday Times).

«Un libro de una ambición monumental. Un Taj Mahal hecho de papel en lugar de mármol blanco» (Peter Conrad, The Observer).

El pecado de la altura

Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante.

El coronel Fred Burnaby, de los Royal Horse Guards, miembro del Consejo de la Sociedad Aeronáutica, despegó de la fábrica de gas de Dover el 23 de marzo de 1882, y aterrizó a mitad de camino entre Dieppe y Neufchâtel.

Sarah Bernhardt había despegado desde el centro de París cuatro años antes, y aterrizó cerca de Émerainville, en el département de Seine-et-Marne.

Félix Tournachon había despegado del Champ de Mars de París el 18 de octubre de 1863; tras diecisiete horas arrastrado hacia el este por un vendaval, se estrelló junto a una vía férrea cerca de Hanover.

Fred Burnaby viajaba solo, en un globo aerostático rojo y amarillo que se llamaba The Eclipse. La barquilla medía un metro y medio de largo, noventa centímetros de ancho y otros noventa de alto. Burnaby pesaba ciento ocho kilos, llevaba una chaqueta de rayas y un bonete prieto, y para protegerse del sol se hizo una bandana con el pañuelo.  Se llevó con él dos sándwiches de carne de vacuno, una botella de agua mineral Apollinaris, un barómetro para medir la altitud, un termómetro, una brújula y una provisión de puros.

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