Ficha técnica

Título: Niki o la historia de un perro | Autor: Tibor Déry | Editorial: Duomo | Colección: NYRB | Género: Novela | ISBN: 9788492723560 | Páginas: 128 | Formato:  14 x 21,5 cm. | Encuadernación: Rústica con solapas |  PVP: 15,00 €

Niki o la historia de un perro

DUOMO EDICIONES

La historia comienza así: «El perro -no le demos nombre todavía- se introdujo en la casa de los Ancsa en la primavera de 1948». Los Ancsa son una pareja madura que reside en las afueras de Budapest, en un Hungría arruinada que despierta de la pesadilla de la segunda guerra mundial. El nuevo gobierno comunista promete ponr todo en orden, y el señor Ancsa, un modesto ingeniero, desea comenzar a trabajar en la construcción del futuro su país para poder olvidar así el pasado. Este proycto lo mantiene tan ocupado que parece no tener tiempo para cuidar de Niki, que se encuentra a punto de parir su primera camada. Pasado poco tiempo, los Ancsa deben mudarse a la ciudad y llevan consigo a Niki.

Un día el señor Ancsa desaparece sin dejar rastro a causa de la represión política, y durnte cinco años Niki y la señora Ancsa sólo se tendrán a sí mismas para hacerse compañía frente a la ausencia, el miedo, y el constante desafío para sobrevivir. La historia de Niki, una perra común y corriente, y la de los Ancsa, una pareja no menos común, es una parábola extraordinaria, conmovedora sobre el cariño y la fuerza del amor.

Su autor, Tibor Déry, fue condenado, tras la represión soviética, a nuevo años de prisión. Escritores de todo el mundo, entre ellos Albert Camus, Jean-Paul Sastre, E.M. Forster, Rebecca West y Alberto Moravia, se unieron en su defensa.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

EL PERRO -no le demos nombre todavía- se introdujo en la casa de los Ancsa en la primavera de 1948. Janos Ancsa, profesor en la Escuela de Minas, Riego y Bosques, e ingeniero diplomado, había sido trasladado a Budapest. Después de aguardar en vano seis meses un apartamento en la capital, había terminado por alquilar dos habitaciones amuebladas en las afueras, en Csobanka, sobre la línea de Szentendre. Muy de mañana salía para su oficina y no regresaba hasta el anochecer para la cena, que su mujer, a falta de cocina, preparaba en una de las habitaciones en un calentador eléctrico. Fue también al atardecer cuando el perro hizo su aparición.

   Por lo que de él podía distinguirse en el crepúsculo que inundaba el jardín, era un fox terrier, cruce sin duda de pelo duro y pelo corto. Cubría su cuerpo esbelto un pelo corto y liso, sin mancha ni lunar. Únicamente sus orejas eran de color avellana, con un trazo negro en el nacimiento. Por una de esas coqueterías en que la naturaleza es pródiga, el dibujo y el matiz, en el arranque de cada una de ellas, no eran simétricos. Desde la base de la oreja izquierda, una raya de color avellana descendía atravesando la curva de la ceja hasta justo encima del ojo. En cambio, sobre el ojo derecho el antifaz era de una blancura inmaculada, aunque una línea negra, puesta allí como si se buscara un divertido contraste con aquella blancura, bajaba desde la base de la oreja derecha hacia la nuca, hasta superar la línea en que, por lo común, los perros llevan el collar. Allí se ensanchaba para formar una especie de cuadrado negro, hasta donde la naturaleza consiente en formar cuadrados y otras figuras geométricas regulares. Agreguemos dos grandes ojos relucientes en la base de una cabeza alargada en triángulo, en cuya punta brillaba una naricita negra como lustrada con cera, y habremos dibujado a grandes rasgos la graciosa silueta que acababa de instalarse a los pies de Ancsa.

   Éste la contempló atentamente unos instantes; la bestezuela, apoyada sobre sus cuartos traseros y con la cabeza levantada, sostuvo la mirada del ingeniero.

   -¿Qué pasa? -dijo Ancsa, por fin.

   Al oír aquella voz que le pareció sin duda un anuncio de simpatía, el perro se levantó y, pasando por detrás del hombre, le olfateó los pies. Con la cabeza baja, olfateó primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, captando toda la esencia del ingeniero con su morrito negro palpitante.

   Ancsa aguardó pacientemente que el animal trabara a gusto conocimiento con aquel aspecto del ser humano que es, para un perro, el más inteligible. Al fin pareció que el olor de Ancsa era tan grato y placentero al corazón del perro como lo habían sido las vibraciones de sus cuerdas vocales. El animalito volvió a apostarse ante él y, alzándose sobre sus patas posteriores, le posó las cortas patitas delanteras sobre el muslo.

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