Ficha técnica

Título: Niebla en el puente de Tolbiac | Autor: Léo Malet |   Traducción de: Luisa Feliu |  Editorial: Libros del Asteroide | |Precio: 16,95  € | Páginas: 176 | Formato: Rústica 20 x 12’5 cm | Género: Novela | Fecha de publicación: Noviembre de 2008 | ISBN: 978-84-936597-5-2

Niebla en el puente de Tolbiac

LIBROS DEL ASTEROIDE

Ambientada en el París de los años cincuenta -en un país sacudido por los ecos de la guerra de Argelia y que se está recuperando todavía de la segunda guerra mundial-, Niebla en el puente de Tolbiac es la historia de un atentado anarquista no cometido y de ideales revolucionarios traicionados.

Abel Benoit, un viejo anarquista, muere en el hospital tras ser víctima de una misteriosa agresión, pero antes de su muerte consigue ponerse en contacto con el detective privado Nestor Burma, quien emprenderá una investigación que le llevará a recordar su adolescencia de joven libertario perdido en el París de entreguerras. Y comprobará que a veces el pasado es un hueso duro de roer. 

Inspirada en los recuerdos juveniles de Léo Malet -quien había frecuentado círculos anarquistas-, Niebla en el puente de Tolbiac está considerada como una novela clásica de la literatura policíaca mundial y como la mejor de su autor. Profundo conocedor de su ciudad y de las flaquezas propias y ajenas, Malet crea en Burma un álter ego escéptico, socarrón y honesto, cuya figura influirá en algunos de los personajes creados por maestros posteriores del género.

Niebla en el puente de Tolbiac forma parte de Les nouveaux mystères de Paris, un ambicioso proyecto literario que Malet no pudo completar: una serie de veinte novelas ambientadas en cada uno de los arrondissements parisinos y de las que Malet sólo llegaría a escribir quince. 

1. ¡Camarada Burma!

   Me estaban haciendo la revisión del coche en el taller, de modo que tomé el metro.

   Hubiese podido parar un taxi, pero todavía faltaba un mes y medio para el aguinaldo. Caía un sucio sirimiri y en cuanto empieza a llover los taxis escasean. Deben encoger con la humedad. No se me ocurre otra explicación. Y cuando deja de llover, no van en la dirección que al cliente le gustaría.

   Para este último fenómeno carezco de explicaciones pero, en cambio, los taxistas las tienen excelentes.

   De modo que tomé el metro.

   No sabía exactamente quién ni qué me requería en el Hospital de La Salpêtrière. Me dirigía al siniestro establecimiento por convocatoria, por así decirlo.

   Con el correo del mediodía había recibido en mi oficina de la calle de Petits-Champs una carta lo bastante misteriosa como para interesarme.

   Esta carta que había leído y releído, volví a leerla también en el vagón de la línea Église de Pantin-Place d’Italie que me llevaba al hospital.

   Decía así:

   «Querido camarada:

   Me dirijo a ti, aunque te hayas metido a policía, pero un policía un poco especial y como, además, te conocí de niño…»

   Firmaba la carta un tal Abel Benoit. ¿Abel Benoit? No recordaba haber conocido a nadie en mi vida, de niño o después, que se llamara así. Sin embargo, me rondaba por la cabeza un rescoldo de idea -una idea muy vaga- sobre los círculos de los que podía proceder el papelucho; pero a un Abel Benoit, lo que se dice a un individuo llamado Abel Benoit, mí no conocer.

   El susodicho papel seguía así:

   «… Hay un cabrón que está preparando una cabronada.

   Ven a verme al Hospital Salpêtre, sala 10, cama…»

   Ahí se liaba un poco. Igual se podía leer 15 que 4, a elegir.

   «… Te diré cómo salvar el pellejo de los compañeros. Fraternalmente, Abel Benoit.»

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