Ficha técnica

Título: Ni puedo ni quiero | Autora: Lydia Davis | Traducción: Inés Garland  | Editorial: Eterna Cadencia | Páginas : 320 | Medidas: 140 x 220 mm. | Peso: 350 gr | ISBN: 978-987-712-057-8 | Precio: 20 euros

Ni puedo ni quiero

ETERNA CADENCIA

En estos relatos, Lydia Davis reafirma su maestría narrativa. Alternando historias breves -a veces de dos líneas- con otras más extensas, consigue un efecto embriagador. Como en un truco de magia, y por obra de su prosa siempre punzante, unos calcetines perdidos, una pequeña caja de chocolates, un trozo de pescado o los electrodomésticos de una casa se transforman en algo radicalmente nuevo, que deja ver esa grieta por la que se filtra el drama, la ansiedad y la ironía de la vida cotidiana, la preocupación por la muerte, el envejecimiento y el dolor. 

Ingenio, humor y una extraña belleza en una colección de relatos que retrata la realidad como un collage, donde el orden lo da el lenguaje y el estilo finamente trabajado. Un libro extraordinario de una de las mentes más brillantes e inquietantes de la literatura norteamericana actual. 

«La próxima vez que salga un libro de Lydia Davis, allí estaré para devorármelo. Cuando lo termine, me sentiré vacío. Luego,esperaré ansioso el próximo» Dwight Garner, The New York Times

» Ni puedo ni quiero es el libro de relatos más revolucionario escrito por un escritor norteamericano en los últimos 25 años» The Boston Globe

Una historia de salames robados

El propietario italiano de la casa de mi hijo en Brooklyn tenía un cobertizo en el fondo del terreno, donde curaba y ahumaba salames. Una noche, en medio de una ola de vandalismo mezquino y robos, rompieron el cobertizo y se robaron los salames. Mi hijo le contó al propietario al día siguiente, compadeciéndose por las salchichas robadas. El propietario se mostró resignado y filosófico, pero lo corrigió: «No eran salchichas. Eran salames». Después el incidente apareció en una de las revistas más prominentes de la ciudad como un incidente urbano gracioso y colorido. En el artículo, el periodista llamó a los bienes robados «salchichas». Mi hijo le mostró el artículo al propietario, que no se había enterado de la publicación. El propietario se mostró interesado y complacido de que a la revista le hubiera parecido apropiado reportar el incidente, pero agregó: «No eran salchichas. Eran salames».

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