Ficha técnica

Título: Necrópolis | Autor: Boris Pahor | Traducción: Barbara Pregelj |Prólogo: Claudio Magris | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de NarrativasGénero: Biografía | ISBN: 978-84-339-7536-2 |         Páginas: 264 | PVP: 17,70 € | Publicación: 21 de Enero 2010

Necrópolis

ANAGRAMA

Campo de concentración de Natzweiler-Struthof sobre los Vosgos. El hombre que acaba de llegar junto a un grupo de turistas una tarde de verano no es un visitante cualquiera: es un ex deportado que con la distancia de los años ha regresado al lugar donde fue encerrado. De pronto, frente al barracón y el alambre de espino transformados ahora en museo, el flujo de la memoria comienza a discurrir y los recuerdos afloran cargados de dolor y de emoción.

Regresan el sufrimiento por el hambre y el frío, la humillación por los golpes y los insultos, la profunda pena por cuantos, los más, no sobrevivieron. Y como los fotogramas de una película, impresa en el cuerpo y en el alma, se descuelgan las infinitas vicisitudes que hablan de un horror que de ningún modo se puede explicar, pero que va unido a la solidaridad entre prisioneros, a una humanidad nunca del todo derrotada, a un deseo de vivir que incluso en circunstancias tan dramáticas nunca se pierde completamente.

Escrito con un lenguaje crudo que no cede a la autocompasión, Necrópolis es un libro autobiográfico intenso y escalofriante. Y si Boris Pahor nos cuenta su experiencia para que la memoria no se pierda y la historia no haya sucedido en vano, lo que nos regala no es sólo el fiel testimonio de la atrocidad de los campos de concentración nazis, sino también un emocionante documento sobre la capacidad de resistencia y la generosidad del individuo.

«Necrópolis, considerada desde hace décadas una de las obras maestras de la literatura del Holocausto, es un libro excepcional que logra combinar el absoluto del horror -siempre aquí y ahora, presente y ardiente, eterno ante Dios- con las complejidades de la historia, de la relatividad de las situaciones y de los límites de la inteligencia y la comprensión humanas» Claudio Magris.

«Un libro impactante, la visita a un campo de la muerte y el resurgimiento de imágenes intolerables descritas con una precisión deslumbrante y una excepcional agudeza de análisis» Le Monde.

«Más eficaz que una película, desgarradora y límpida como sólo un testimonio directo puede ser, Necrópolis es una obra maestra absoluta de la literatura del siglo XX.  Debería enseñar a no dejar de sentir vergüenza delante de los campos de concentración. Delante de la indiferencia por el dolor de los otros. Delante de la incapacidad de respetar los derechos aun de quien no piensa como nosotros» Alessandro Mezzena Lona, Il Piccolo.

«No hay modo de evitar la mirada valiente y directa de Boris Pahor. Su nombre ha estado justamente relacionado con los de Primo Levi, Imre Kertész y Robert Antelme» Süddeutsche Zeitung.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

 

                                                        A las manos de todos aquellos que no han vuelto

 

                                                        La ceniza fría cubre las sombras.
                                                                                 SRECKO KOSOVEL

 

                                                        Pero el día en el que los pueblos comprendan
                                                        quiénes fuisteis, morderán la tierra de tristeza
                                                        y rencor, la bañarán con sus lágrimas y
                                                        os erigirán templos.
                                                                                                      VERCORS

  

     Es domingo por la tarde y la cinta de asfalto que, pulida y sinuosa, sube cada vez más arriba de las montañas, no es tan solitaria como me hubiera gustado. Algunos coches me adelantan, otros vuelven a Schirmek, en el valle, de manera que el tráfico de turistas rompe mi recogimiento, banalizando lo que había esperado encontrar. Sé que también yo con mi vehículo formo parte de esta procesión motorizada, pero aun así pienso que, por mi antigua vinculación con este lugar, si hubiese llegado solo, mi presencia no habría cambiado la imagen onírica que ha permanecido, intacta, en la sombra de mi conciencia desde el final de la guerra. Noto que dentro de mí ha despertado una especie de rebelión incomprensible, una rebelión contra el hecho de que este lugar montañoso que forma parte de nuestro mundo interior ahora esté abierto y desnudo. Y a esta rebelión se unen también los celos: no sólo porque los ojos ajenos de los turistas se paseen por el ambiente que fue testigo de nuestra anónima cautividad, sino también porque sus miradas (y de eso estoy completamente seguro) nunca podrán penetrar en el abismo del mal con que fue castigada nuestra fe en la dignidad humana y en la libertad de nuestras decisiones personales. Pero, a la vez, desde no se sabe dónde, inevitable, casi inoportuna, se introduce la satisfacción de que los montes de los Vosgos ya no son un lugar escondido de aniquilación retirada que se consume dentro de sí mismo, sino que a él se dirigen los pasos de una numerosa multitud predispuesta emocionalmente a intuir lo singular del inconcebible destino de sus hijos perdidos, aun cuando no es lo suficientemente madura para podérselo imaginar.

     Es cierto que la subida a este remoto lugar de montaña recuerda al afán peregrino hacia las faldas escarpadas de los montes sagrados. Pero esta romería nada tiene que ver con aquella veneración contra la que luchaba con tanto empeño Primož, quien deseaba que el hombre esloveno despertase a una fe interior, en vez de dispersarse en una ritualidad superficial y multitudinaria. Aquí, la gente de todos los países europeos se une en las terrazas de las altas montañas donde la maldad del hombre triunfaba sobre el dolor humano, casi imprimiéndole al exterminio el sello de eternidad. Pero los peregrinos modernos no han venido en busca de una milagrosa sublimación de sus deseos, sino que han subido aquí para pisar un suelo verdaderamente sagrado, y para rendir homenaje a las cenizas de personas iguales a ellos, que con su presencia muda erigen en la conciencia de los pueblos un hito inamovible de la historia humana.

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