Ficha técnica

Título: Naturaleza muerta | Autor: A. S. Byatt | Traducción: Susana Rodríguez-Vida | Editorial: Alfaguara | Colección: Literaturas Género: Novela | ISBN: 9788420405537 | EAN: 9788420405537 | Páginas: 552 | PVP: 22,50 € | Publicación: 24 de Marzo 2010

Naturaleza muerta

ALFAGUARA

Frederica Potter, «condenada a ser inteligente», se sumerge en la vida de la Universidad de Cambridge, ávida de conocimientos, sexo y amor. En Yorkshire, su hermana Stephanie ha abandonado el mundo académico por la cómoda frustración de la vida familiar. En esta continuación de la aclamada La virgen en el jardín y segunda parte de una magnífica tetralogía, cuyas novelas pueden, sin embargo, disfrutarse por separado, A. S. Byatt echa luz sobre los inevitables conflictos que surgen entre la ambición y la vida hogareña, las limitaciones y la realización personal. 

«Byatt pertenece a la regia estirpe de Jane Austen y George Eliot, de Iris Murdoch, Muriel Spark y Doris Lessing… Una gran observadora y pensadora de su tiempo.» Abc

«Frederica es uno de los personajes más interesantes de la narrativa contemporánea… Un gran lienzo donde la cultura desempeña un gran papel.» J. M. Coetzee

«»El cuarteto de Frederica» en la explanada de su taller de mecánica es una tentación para todo buen lector que guste de trayectos de largo recorrido… Sencillamente genial.» La Vanguardia

«Byatt es una escritora maravillosa que, nos lleve donde nos lleve, siempre nos cautiva.» The Times

«Las cuatro novelas de Byatt [«El cuarteto de Frederica»] son libros complejos, vívidos, vigorosos, morales y bastante masculinos, cuya celebración de la inteligencia y los fuertes sentimientos es profundamente estimulante.» Evening Standard

«La aventura intelectual de Byatt está llena de energía y vitalidad… Una delicia sólida, aguda. Un placer exigente.» The Scotsman

«Byatt ganó el codiciado Booker Prize por Posesión, pero acaso su mayor logro sea el cuarteto protagonizado por la tan inteligente como astuta Frederica Potter.» Rodrigo Fresán

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Posimpresionismo: Academia Real de las Artes,
Londres – 1980 

      Firmó el libro de visitas con su elegante caligrafía: Alexan der Wedderburn, 22 de enero de 1980.

       Ella le había dicho, tan autoritaria como siempre, que fuera directamente a la sala III, donde se encontraban «las obras milagrosas». Temprano. Así que allí estaba, un distinguido personaje público, un artista en cierto modo, atravesando con ánimo obediente la sala I (escuela francesa, década de 1880) y la sala II (escuela británica, décadas de 1880 y 1890), en una plomiza mañana, hasta el lugar gris claro, clásico y tranquilo donde la brillante luz resplandecía y hacía cantar los pigmentos, de tal modo que la frase «obras milagrosas» parecía simplemente apropiada.

       En una larga pared había una sucesión de pinturas de Van Gogh, incluido un El jardín del poeta, de Arles, que Alexan der nunca había visto, pero que reconoció de fotografías, de entusiastas descripciones en cartas del pintor. Tomó asien to y vio un camino que se bifurcaba, vibrante de calor dora do en torno a las agujas verdes, negras y azules de un gran pino, apuntadas al suelo y desplegadas como alas, que seguían extendiéndose allí donde el marco interrumpía su expansión. Dos decorosas figuras avanzaban, cogidas de la mano, bajo su espesura colgante. Y, más allá, hierba verdísima y geranios como manchas de sangre.

       Alexander no estaba preocupado por cuándo aparecería Frederica. Ésta había perdido la costumbre de llegar tarde: la vida le había enseñado a ser puntual, quizá incluso considerada. En cuanto a él, a los sesenta y dos años, juzgaba -no con entera razón- que era ya demasiado viejo y dueño de una posición demasiado estable para dejarse desconcertar por ella o por quien fuera. Pensó con afecto en su segura llegada. Frederica siempre se había negado tajantemente a acomodarse a la pauta de su vida, a una clara repetición de hechos y relaciones. Había constituido una molestia, una amenaza, un tormento, y ahora era una amiga. Le había propuesto que estudiaran juntos los Van Gogh, con lo cual había establecido otra forma de repetición, deliberada, planeada y estética. La pieza de Alexander La silla amarilla se había estrenado en 1957; no le gustaba pensar con detenimiento en ella, como no le gustaba pensar con detenimiento en ninguna de sus obras pasadas. Contempló el jardín, de una exaltación serena y conformado por un remolino de pinceladas amarillas, una gruesa capa de pintura verdosa, una densa masa de líneas verde-azuladas violentamente estriadas, negras asas curvas aisladas, salpicaduras rojizas de dolorosa claridad. Le había costado lo suyo encontrar un lenguaje apropiado para la obsesión del pintor con el mundo material iluminado. Habría mentido si sólo hubiera dejado constancia del drama -mucho más accesible- de las tensas querellas del pintor con Gauguin en la casa amarilla de Arles, del hermano lejano e indispensable que le proporcionaba amor y pinturas, de la oreja cortada y entregada a la puta de un burdel, de los terrores del manicomio. En un principio había pensado que podría escribir versos simples, exactos, sin lenguaje figurado, en los que una silla amarilla era el objeto en sí, una silla amarilla, como una manzana redonda y dorada era una manzana, o un girasol, un girasol. A veces veía aún las pinceladas, por así decir, de esta escritura desnuda, de manera que tenía que corregir sus primeros pensamientos sobre este jardín, despojar al follaje pintado de la idea de alas negras, borrar de la representación de los geranios la vulgar idea de manchas de sangre. Pero era imposible. Para empezar, el lenguaje estaba en contra de él. La metáfora yacía acurrucada en el propio nombre del girasol, que no sólo se volvía hacia el sol sino que se asemejaba a este astro, fuente de luz.

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