Ficha técnica

Título: Naturaleza muerta con brida |Autor: Zbigniew Herbert  | Editorial: Acantilado Traducción de: Xavier Farré | Colección: Narrativa del Acantilado, 172 | Páginas: 224 | Género: Ensayo | Precio: 19 € | ISBN: 978-84-96834-45-3

Naturaleza muerta con brida

EDITORIAL ACANTILADO

El único cuadro que se conserva del heterodoxo y vital Torrentius-Jan Simonz van de Beeck-, que llegó a ser pintor del rey de Inglaterra y murió en la ignominia, su Naturaleza muerta con brida, da nombre a esta iluminadora colección de ensayos y apócrifos que Zbigniew Herbert, uno de los mayores poetas europeos del siglo xx, dedica a Holanda o, para ser más precisos, al esplendor de una región que en su momento concentró a muchos de los más grandes artistas de la historia.

Este extraordinario libro es celebración del arte y de la vida a través de la mirada libre y entusiasta de quien sabe poner en transparencia poética la magia, la intensidad y el detalle de las obras pictóricas que se le ofrecen y la curiosidad por aquellos que las hicieron posibles y su mundo, para, al cabo, acompañarnos por los territorios de la más honda verdad humana.

EL DELTA 

El mundo visible sería más perfecto, si el mar y los

continentes tuviesen una forma regular.

                                             MELEBRANCHE, Méditations chrétiennes

 

Immensi Tremor Oceani. [Terror del vasto océano].

               Inscripción en el sarcófago de Michiel de

 Ruyter, Nieuwe Kerk, Ámsterdam

 

Inmediatamente después de haber franqueado la frontera entre Bélgica y Holanda, de repente, sin ningún motivo y sin haberlo pensado, decidí cambiar el plan inicial y, en lugar de coger el clásico camino hacia el norte, elegí ir hacia el oeste-así pues, en dirección al mar-para conocer, aunque fuera de manera superficial, Zelandia, una provincia que desconocía por completo, y de la que sólo sabía que no podía esperar grandes emociones artísticas.

    Hasta ahora, todos los viajes que había hecho por Holanda habían seguido un movimiento pendular a lo largo de la costa; como si dijéramos, usando un símil pictórico, desde el Hijo pródigo del Bosco, en Róterdam, hasta la Ronda de noche, en el Rijksmuseum de Ámsterdam. El típico itinerario, por tanto, de alguien que engulle cuadros, libros, monumentos, y que deja todo el resto para los que, a semejanza de la Marta bíblica, se preocupan por las cosas de este mundo.

    Al mismo tiempo, me di cuenta de mis limitaciones, porque es bien sabido que el viajero ideal es aquel que puede entrar en contacto con la naturaleza, la gente, la historia -y también con el arte-; y hasta que no se conocen estos elementos que se funden entre sí no empieza el verdadero conocimiento del país a investigar. Esta vez me permití el lujo de apartarme de las cosas «serias e importantes» para poder comparar los monumentos, los libros y los cuadros con el sol auténtico, el mar auténtico, la tierra auténtica.

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