Ficha técnica

Título: Nat King Cole. La voz inolvidable  | Autor: Daniel Mark Epstein | Traducción de:  Antonio Padilla  | Editorial: Global Rhythm Press  | Colección: BioRitmos | Páginas: 496 | 15,5 x 23,5 | Fecha de publicación: Junio de 2008  | Género: Ensayo | Precio: 26,50 € | ISBN: 978-84-96879-24-9

Nat King Cole. La voz inolvidable

GLOBAL RHYTHM PRESS 

Nat King Cole murió prematuramente en 1965 siendo una auténtica leyenda de la música popular: su fama igualaba la de Frank Sinatra y vendía más discos que ningún otro cantante con la sola excepción de Bing Crosby. Escrito con ritmo novelesco y una prosa en la que resuena el lirismo vocal del biografiado, este libro recorre la no siempre fácil andadura de Cole desde sus inicios como niño prodigio del jazz hasta el deslumbrante estrellato en una sociedad aún dominada por los prejuicios raciales. Epstein recrea vívidamente la trayectoria personal y la época de Cole: su precoz inicio en la vibrante escena jazzística de Chicago, la formación del trío que lo llevaría a la cumbre, sus grandes éxitos («Straighten Up and Fly Right», «Mona Lisa», «The Christmas Song», «Unforgettable»…), sus no menos exitosas grabaciones en castellano («Ansiedad», «Perfidia»…) o sus años como cantante pop y figura de la televisión (fue el primer negro en presentar su propio programa). Epstein explora también sus ideas (en particular su concepción del arte como fuerza transformadora de la sociedad), relata su romántico idilio con Maria Ellington y examina la imagen de hombre sereno, elegante y algo distanciado que se impuso para encubrir el angustioso torbellino que lo minaba por dentro.

                                                 SAVOY BALLROOM,

                                                          8 DE SEPTIEMBRE DE 1935

Aún no era medianoche, y Earl Hines ya estaba más que harto del piano de Nat Cole. Los histéricos aplausos que al chaval le estaba dedicando el público de cinco mil personas apiñadas en la pista de baile le resultaban irreales, inmerecidos. La cosa se estaba poniendo pero que muy fea.

Hines y su Grand Terrace Orchestra habían ejecutado su primer pase de la velada con facilidad y gracia. Habían tocado números como el rápido «Fat Babes», caracterizado por la intervención de los tres trombones a la vez, así como «Copenhagen» y el emblemático «That’s a Plenty», nada demasiado complicado. La banda tocaba música swing de excelente nivel para que la gente bailara a gusto. La aportación del piano de Hines a la orquesta radicaba en una especie de atmósfera o clima particular. Su rapidez y su dinámico control le permitían envolver por entero el sonido del grupo, establecer un verde césped a sus pies, dibujar un claro cielo en lo más alto, soleado o moteado de estrellas, o dar rienda suelta a un huracán a lo largo del pasaje final de un tema.

Los delicados contrapuntos agudos de su piano llevaban a pensar en un ligero chaparrón primaveral, que con graves diminuendos al punto se transformaban en una violenta tempestad.

Earl, esa noche, había dejado que la mayoría de los solos correspondieran al trombón de Trummy Young y a las trompetas de Walter Fuller y George Dixon. Éstos se habían desempeñado como los profesionales que eran: vestidos con sus trajes blancos y corbatas negras de pajarita, actuaron con elegancia de caballeros, que el público premió con aplausos de cortesía.

Pero el chaval estaba desafiando a Gatemouth con cada una de sus canciones, remedándolo, ejecutando riffs sin parar, haciendo ostentación de su técnica sin modestia ninguna. Y al público le encantaba. Si tocaba la canción de Fats Waller «Ain’t Misbehavin’», hacía un guiño y ejecutaba quintillos de negras, y las muchachas empezaban a gritar. La mayoría de sus temas eran composiciones del propio Earl Hines, números como «Rock and Rye» o «Harlem Lament», y la multitud rugía de entusiasmo como si fuera incapaz de discernir que estaba ante una imitación barata del original, o como si tal circunstancia no le importara en lo más mínimo. Mientras fumaba un cigarrillo y esperaba su turno, Gatemouth sonreía al público del Savoy. Pero estaba perdiendo su proverbial sentido del humor. Los ensordecedores aplausos dedicados a su oponente le molestaban.

Hay quien dice que Hines terminó por enfurecerse un poco después de la medianoche. Quizá fuera en mitad de uno de sus propios pases, cuando miró más allá de los focos y vio que la gente estaba aprovechando su presencia en escena para pedir más copas en el bar del rincón o para descansar un poco sentados a las mesas de los laterales, a la espera de desmelenarse todavía más cuando volvieran a actuar los Granujas del Ritmo.

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