Ficha técnica

Título: Narrativa completa | Autor: Hermann Ungar  | Traducción: Ana María de la Fuente e Isabel García Adánez| Editorial: Siruela | Colección: Libros del Tiempo| Encuadernación: Cartoné | Páginas: 506 | Dimensiones: 150 x 230 mm | Fecha: 2017 | ISBN: 978-84-17151-19-5| Precio: 24,95 euros

 

Narrativa completa

SIRUELA

Descubrir a Hermann Ungar, verdadero maestro de la narrativa centroeuropea del siglo XX, es quizá la experiencia más absorbente y perturbadora de cuantas pueda enfrentar el lector. Violenta y neurótica, de un calculado sadismo, su prosa expresionista arroja una mirada cruel sobre los personajes -esos seres siempre derrotados, superfluos y anodinos, el producto estéril de una malograda Mitteleuropa-, convirtiendo lo que en Kafka es parábola en un delirio grotesco, en una galería infernal, en un gabinete de espejos deformantes y, por eso mismo, aterradoramente certeros.

Este volumen ofrece por vez primera a los lectores de habla hispana su narrativa completa -de la cual gran parte permanecía inédita hasta la fecha-, compuesta por dos novelas y una serie de relatos y nouvelles.

«Un realismo brutal, conciso, ceñido por una prosa directa, sin adornos, pero que no renuncia a un venero especialmente fecundo, el del mundo de los sueños, aunque es difícil decidir qué es menos peligroso en el universo ungariano, si estar despierto o dormir». RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

«No podemos menos que reconocer, en el efecto que su prosa produce, en la huella indeleble que ha dejado en nosotros, que contiene un poderío y una belleza que no sospechábamos». THOMAS MANN

 

 Un hombre y una muchacha

Me crie sin padres. Mi padre murió poco después de mi nacimiento. Era abogado en la capital de provincia en la que vine al mundo. No conservo ningún recuerdo suyo, salvo una carta que escribió a mi madre.

Después de la muerte de mi padre, que, pese a su prematura desaparición, dejó algún dinero a mi madre, ella, presa de una pasión irresistible o de simple afán de aventura, se marchó con un ingeniero, abandonándome en casa con la criada y sin medios de subsistencia. Desde entonces no tuve de ella más noticia que la mencionada carta, toda mi herencia, que fue enviada a mi municipio desde una ciudad de Canadá, cuando yo tenía seis años.

Es natural o, cuando menos, comprensible que nada me una a mis difuntos padres. Aún hoy sigo sin saber lo que es el amor filial. Y es que en mí no se desarrolló el órgano de este sentimiento, ni concibo lo que significa amor de madre o de padre; cuando lo observo en los demás me deja insensible.

Lo que sí me ha faltado y he echado de menos es una mesa amable a la hora de comer, un techo acogedor y una buena cama, pero nunca un padre ni una madre. La palabra «huérfano» me sugiere una infancia triste y miserable, pero no otra imagen. Decía que mi madre me dejó solo y sin recursos. La ciudad tuvo que ampararme y para ello me consignó al asilo fundado por un rico ciudadano. En el asilo había cuatro plazas para ancianos y dos para niños, y, durante catorce años de mi vida, yo fui uno de los niños

 

 

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