Ficha técnica

Título: Narrativa breve completa | Autor: Carlos Casares | Prólogo:  Juan Cruz Ruiz
| Traducción: Carlos Casares y Xesús Rábade Paredes | Editorial: Libros del Silencio | Colección: Miradas | Género: Novela | ISBN: 978-84-940156-4-9 | Páginas: 312 | Formato:  21 x 14 cm.| Encuadernación: Rústica |  PVP: 18,00 € | Publicación: Octubre de 2012

Narrativa breve completa

LIBROS DEL SILENCIO

Carlos Casares constituyó, durante sus treinta y cinco años de carrera, una de las voces más significativas de la literatura norpeninsular. Enmarcada inicialmente en la Nueva Narrativa Gallega, y escrita siempre en su lengua materna, su obra modernizó el gris panorama del costumbrismo imperante, introduciendo influencias europeas y americanas, con autores como Camus, Hemingway o Borges como figuras tutelares. Cuando se cumplen diez años de su inesperado fallecimiento, presentamos aquí el resultado de un empeño inédito hasta ahora: recopilar su Narrativa breve completa, buena parte de la cual jamás se había traducido al castellano.

Ambientadas en una Galicia cambiante, las dos colecciones que conforman el grueso de este libro muestran a un autor tan singular como polifacético. Si El juego de la guerra y otros cuentos narra, entre lo parco y lo poético, episodios de crueldad y violencia en un marco cuya depauperación y aislamiento se concretan en un clima tenso y enrarecido, Los oscuros sueños de Clío dibuja un escenario más luminoso, patentando una historiografía falaz, mágica y sutilmente humorística que permite la proliferación de judíos inmortales, alquimistas ponedores, santos paganos y misteriosos nigromantes. El volumen se completa con Relatos dispersos, que recoge todas las ficciones publicadas por Casares en revistas, periódicos y antologías: lejos de constituir piezas epigonales, entre ellas encontramos algunas de sus mejores páginas, que dan nuevas muestras de un estilo guiado siempre por la claridad y la transparencia, y que ponemos, ahora, a disposición de los lectores en lengua castellana.

«Quiero destacar, de la obra de Casares, ese despegamiento de lo accidental y lo secundario, regional y costumbrista, esa fidelidad a las esencias que le permite ser al mismo tiempo gallego, español y europeo. Sencillez expresiva, rica sin embargo en lirismos admirablemente integrados. Casares es un imaginativo.» Gonzalo Torrente Ballester 

«Sin vuelo en el verso, como decía Hierro, yendo derechamente a las cosas, como quería Azorín, Casares agarraba por el rabo la mosca de los días y la dejaba ahí, paralizada, para deleite de sus lectores.» Juan Cruz Ruiz

«Un escritor tocado por el viento inaprensible de la poesía.» Juan Perucho

 

El sobrecogedor filo de la navaja

Juan Cruz Ruiz 

Es imposible imaginar que Carlos Casares, fallecido hace diez años en Vigo, estuviera alguna vez en mi barrio del Puerto de la Cruz (Tenerife). No lo es, en cambio, que hubiera estado en los cruces de las calles de Buenos Aires donde se daban cita los navajeros de Borges. Pero, en todo caso, no estuvo en mi barrio, y sin embargo describió, con un brío impresionante, entre la melancolía enrabietada de Camus y el cinismo tranquilo de Hemingway, lo que pasaba a veces en aquellas calles polvorientas en las que parecían habitar los demonios de Juan Rulfo o las malevolencias de Juan Carlos Onetti.

     Ese relato suyo, «El juego de la guerra», me lleva a aquellos años oscuros en los que, de una forma que solo el azar dominaba, cualquier gesto se convertía en la génesis de una batalla cuya crueldad se parecía, y se parece en mi memoria, a la de la habitación húmeda y ocre donde moraba el alma del extranjero de la más famosa obra de Albert Camus. Mi tierra tenía (y tiene) ese sol esquivo, oculto en las fronteras de las nubes, que transformaba los días en un espectáculo dominado por la humedad de la bruma, en el que nosotros andábamos cansinamente sacudiéndonos el calor y las moscas.

     Ese cuento, escrito por un gallego de Vigo, tiene la virtud de hacerme recordar aquellos largos instantes de la adolescencia, cuando yo vivía, como todos mis compañeros del barrio, en la certeza de que un día seguiría a otro, pero también en la seguridad de que cualquier grito de la calle era una señal de violencia. Por cualquier cosa. Así son los barrios, o así fueron, y así era el sadismo adolescente. A mí me abrieron la cabeza unos chicos en la calle para divertirse, y cuando llegué a casa le dije a mi madre que me había caído, y que además no era nada.

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