Ficha técnica

Título: Nadie avisa a una puta |Autora: Samanta Villar | Editorial: Libros del KO | Ilustradora: Carla Berrocal  | Medidas: 125 x 190 mm. | Páginas : 150 |  ISBN: 978-84-16001-42-2 | Precio: 15,90 | Ebook: 6,99

Nadie avisa a una puta

LIBROS DEL K.O

La prostitución es esa persona que te cruzas en un aeropuerto y es el timbre marcado en rojo en un portal de tu vecindario. A veces invisible y a veces a la vista de todos en las mismas aceras en las que te recoges tras una noche de fiesta. La prostitución se analiza desde el tabú, el desprecio, la censura o la compasión, pero pocas veces se cuenta, sin prejuicios, la historia que hay detrás de cada mujer.

La periodista Samanta Villar corre la cortina y nos cuenta la historia de siete prostitutas: la especializada en personas con discapacidad que ve su trabajo como una función social, la joven que rota por pisos de citas en donde nunca entra la luz, la anciana del barrio chino que aún ejerce porque la administración no reconoce su trabajo, la que se enamoró de un cliente tras conocerse en un foro de Internet, la emigrante captada por las mafias internacionales, la brasileña que se prostituye en un hotel de mentira y la escort que habita un mundo repleto de lujos. Unos retratos que nos habla de miedo, de ilusión, de amor y de injusticias.

El apartamento

Desde el televisor de algún vecino se escucha a Ana Rosa Quintana: es mediodía en una jornada laborable cualquiera. Entonces suena el timbre y en el piso de Tania las chicas se ponen en marcha. Cada una a su manera. Michelle espía entre las junturas del biombo, no vaya a ser que conozca al recién llegado. Cuando está segura, se descubre y deja la bata encima del sofá. Yoli desaparece por mi izquierda y en un momento es diez centímetros más alta: ha cambiado su pantalón de chándal y las pantuflas por una minifalda de volantes y unas sandalias transparentes con tacones. Patricia se incorpora sin despegar la vista de una película de serie B que dan en la tele y deja ver un vestido ajustado que apenas le cubre el culo. Jennifer, la Apisonadora, con sus 150 centímetros de pecho y sus lentillas azul eléctrico, y Elena, la paraguaya de rasgos indígenas, también se preparan para el desfile. Alguien baja la intensidad de la luz del comedor.

-¡Hola, caballero! -dice Tania, la madame-. Cuánto tiempo, dónde te habías metido…

Las chicas, que ya están formadas, a excepción de Patricia, incapaz de despegarse del televisor, van pasando una a una para que el cliente pueda verlas. Una lámpara de luz roja ilumina el pasillo. Una alfombra ahoga el sonido de sus tacones para evitar las quejas de los vecinos. Elena es la primera que entra en la habitación. El resto espera en el otro extremo, en silencio como en una biblioteca.

-¿Qué tal? -susurra alguien a la salida de Elena.

-Muy feo -responde.

Yoli, la única española del piso, resopla decepcionada. Mientras espera, se mira en el reflejo de un cuadro y se retoca el pelo. Las chicas pasan con toda naturalidad a la habitación donde espera el cliente, sin pensárselo dos veces ni coger aire antes de entrar. Para ellas es un momento tan intrascendente como una renovación del DNI. Pero dentro la cosa cambia, porque se abre la oportunidad de ganar dinero y eso anima a cualquiera. Todas mantienen una conversación breve con el visitante y, aunque se supone que cada una lo hace con su sello personal, unas más simpáticas, otras más cariñosas, todas libres de hacerlo como quieran, no está permitido que se alarguen demasiado. Eso podría entenderse como competencia desleal.

-Hay chicas muy astutas -dice Tania-. Una que estuvo aquí quería entrar siempre la última, porque así se iban poniendo cachondos. Entonces llegaba ella, les acariciaba el paquete y siempre la elegían. Si una chica es astuta, puede ganar mucho dinero.

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