Ficha técnica

Título: Nada que esperar | Autor: Tom Kromer  | Traductor: Ana Crespo |  Editorial: Sajalín | Colección: al margen, 26  | Páginas: 214  | ISBN: 978-84-942367-9-2 | Precio: 18,50 euros 

Nada que esperar

SAJALÍN

La Gran Depresión se llevó los empleos, hogares y esperanzas de cientos de miles de hombres y mujeres en la Norteamérica de los años treinta. En poco tiempo el número de vagabundos merodeando por parques y calles se multiplicó de forma alarmante, mientras en las afueras de pueblos y ciudades proliferaban campamentos de personas famélicas y desesperadas. Tom Kromer fue una de ellas. Joven con estudios universitarios, la falta de trabajo y de sostén familiar lo arrojó a la carretera. Sin otra ambición que conseguir tres comidas y un techo, durante cinco largos años deambuló por albergues cristianos, parques públicos o pensiones de mala muerte, y soportó toda clase de humillaciones y brutalidades por parte de la Policía. Nada que esperar, relato de una vida a la intemperie, recoge las experiencias que su autor anotó en papeles de fumar Bull Durham y en los márgenes de folletos religiosos.

Publicada en 1935 e inédita hasta ahora en castellano, Nada que esperar es la única novela de Tom Kromer, cuya carrera literaria concluyó de forma abrupta en 1937 tras publicar en la revista Pacific Weekly relatos breves que apuntaban hacia una evolución modernista de su escritura. La presente edición incluye algunos de ellos. 

«Un clásico de la literatura de la Gran Depresión.» Bloombsbury Review

«Nada que esperar es como un débil pero persistente aullido de otra América.» Washington Times

Capítulo 1

     Es de noche. Avanzo por una calle oscura y tropiezo con un palo. Me agacho para recogerlo. Lo palpo. Es un buen palo, un palo pesado. Un golpe con este palo bastaría para derribar a un hombre. No lo mataría, pero lo dejaría fuera de combate. Lo estoy viendo. «Sacúdele fuerte en el centro del sombrero -me digo-, pero sin pasarte.» No quiero que se golpee la cabeza contra el suelo. Podría matarse. Y no quiero matarlo. Lo agarraré antes de que se desplome. Lo registraré en un segundo. Lo arrastraré a un lado entre las sombras y me alejaré. Sin correr. Andando.

     Me desvío hacia una calle secundaria. Esta calle es más apropiada. Tiene menos casas y hay árboles grandes a ambos lados. Me oculto tras uno. No se ve nada. La oscuridad me protege. Espero. Espero cinco, diez minutos. Entonces, a una manzana de distancia, veo a un hombre que pasa por debajo de una farola. Viene hacia aquí. Va bien vestido. Puedo advertirlo a pesar de la distancia. Tengo buena vista. Ese tipo debe de tener pasta. Camina con paso despreocupado y la cabeza alta. Los vagabundos no caminan así. Los vagabundos arrastran los pies debido al cansancio y esconden la cabeza en el cuello del abrigo. Ese tipo tiene pasta. Estoy seguro. Aprieto el palo con fuerza. Me siento tranquilo. No estoy asustado, estoy tranquilo. «En el centro del sombrero -me digo-. Pero sin pasarte, solo lo justo.» Ahí viene. Me agazapo entre las sombras. Me arrimo un poco más al árbol. Escucho el golpeteo sordo de sus pasos sobre el cemento de la acera. Levanto el brazo. Tengo que darle con fuerza. Me preparo. El tipo pasa por delante de mí. Es mi oportunidad. «Dale fuerte -me digo-, pero sin pasarte.» Lo tengo debajo del brazo, justo debajo del brazo. Pero el palo no se mueve. No sé qué me pasa. Se me ha revuelto el estómago. No tengo valor. Maldita sea, no tengo valor. Me tiembla todo el cuerpo y el sudor me empapa la frente. Un sudor pegajoso que contrasta con el frío y la humedad de la noche. Esto no va a funcionar, no va a funcionar. Pero tengo que conseguir algo de comer. Estoy hambriento.

     Salgo tambaleándome de la oscuridad y me pongo a seguir a ese tipo. Tiene bastante buen aspecto. Me he fijado cuando pasaba por debajo de mi brazo. Podría sacarle veinticinco centavos, quizás cincuenta. Acelero el paso. Esperaré a que se acerque a una farola para irle con la cantinela. La espera es corta. El tipo se detiene junto a una para sacarse un cigarrillo del bolsillo. Me planto a su lado.

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