Ficha técnica

Título: Nada es más asombroso que la verdad. Reportajes y artículos | Autor: Egon Erwin Kisch | Edición, traducción del alemán y posfacio: Francisco Uzcanga Meinecke | Editorial: Minúscula | Colección: Alexanderplatz, 24 |Páginas: 288 | ISBN: 978-84-946754-1-6 | Precio: 19,50  euros  | Fecha de publicación: septiembre de 2017

Nada es más asombroso que la verdad

MINÚSCULA

Egon Erwin Kisch dilató las fronteras del género hasta los límites de la literatura; fabuló la realidad, la dramatizó, hizo palpitar los hechos y contribuyó a que el reportaje sirviera para transmitir y explicar al lector los cambios vertiginosos que se estaban produciendo en los años veinte del siglo pasado. Kisch aprendió muy pronto a observar y describir lo cotidiano. La resonancia de sus reportajes, que aparecían en numerosos diarios y revistas, fue tan grande que enseguida se publicaron tomos recopilatorios, algunos de los cuales estarían entre los libros más vendidos durante la República de Weimar. Su estilo ágil e incisivo, la presentación visual, casi fílmica, la perfecta ambientación de los lugares donde transcurren los hechos y una tensión narrativa que consigue atrapar al lector desde la primera línea convirtieron a Kisch en el maestro del reportaje literario en lengua alemana.

 

Cronista local  

 

El asilo de inválidos

     La habitación de un cuartel. No, no es la habitación de un cuartel. Es cierto que hay catres, que de la pared cuelga un largo perchero con varios soportes, que el centro de la estancia lo ocupa una mesa de madera rústica, que todos los presentes llevan uniforme… Pero no, no es la habitación de un cuartel. Encima de uno de los jergones de crin reposa una almohada roja; situadaaparte hay una cama sostenida en sacos de paja: el lecho de un enfermo del corazón. Ninguna de las prendas que cuelgan de las perchas presenta ese estado impecable exigido por el sargento severo que hay en todo cuartel. Al fondo, los hombres reunidos en torno a la estufa -«¡Por los clavos de Cristo y las barbas del Gran Turco!»- están sentados en butacas acolchadas. No. Sin duda alguna: aunque los ancianos inválidos se afanan por demostrar que siguen siendo unos soldados hechos y derechos, esta no es la habitación de un cuartel.

     Entra uno de los oficiales. Un hombrecillo de pelo canoso sentado junto a la puerta se percata de ello y grita:

     -¡Firmes!
¡Firmes! La orden ha sonado débil, temblorosa, y es así también como se ejecuta. Y no porque no se esfuercen. Al contrario: todos tratan de cumplirla lo mejor posible, a pesar de que el oficial les indica con gesto rotundo que no se levanten. Pero hace ya mucho tiempo que no se cuadran, mucho tiempo que los viejos inválidos no forman una fila de reclutas apuestos y lozanos. ¡Firmes! Uno se apoya en sus muletas, otro apenas consigue tenerse en pie y solo su mirada fija en el oficial y la mano asida con fuerza a la costura del pantalón revelan que está acatando la orden. Un tercero, consciente de que cualquier intento de levantarse supondría otro fracaso en su lucha contra la gota, se pone una mano a modo de gorra encima de la cabeza desnuda. Uno más se queda sentado en la butaca, apático y con el cuerpo arrugado, hasta que ve pasar ante sus ojos el sable del oficial y, asustado, se levanta de golpe: es sordo. Y otro más se mantiene firmes con el rostro vuelto hacia la puerta, a pesar de que hace rato que el oficial ha llegado al otro extremo de la habitación: es ciego. 

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