Ficha técnica

Autor: Nathaniel Hawthorne | Traducción: Marcelo Cohen | Colección: Narrativa del Acantilado, 150 | Género: Relatos | ISBN: 978-84-96834-86-6
Fecha de edición: enero 2009 | Páginas: 488 | Formato: 13 x 21 cm. |
Encuadernación: Rústica cosida | PVP: 28,50 euros

Musgos de una vieja casa parroquial

ACANTILADO 

Nueve años después de Cuentos contados dos veces (Acantilado, 2007), en 1846, Nathaniel Hawthorne publicó esta segunda colección de relatos, lograda expresión de una poderosa imaginación poética que cautivó a sus contemporáneos y estableció de manera definitiva el reconocimiento unánime de su genio. En los veintiséis relatos alegóricos, fantásticos e históricos que forman Musgos de una vieja casa parroquial, Hawthorne ahonda en esa exploración oscura y compleja del mal, la conciencia moral y el pecado que, a ojos de Edgar Allan Poe, le condujeron a las más altas esferas del arte. Henry James dijo de Hawthorne que fue capaz de «transmutar la pesada carga moral del puritanismo en la substancia misma de su imaginación; evaporarla en los ligeros y delicados vahos de la creación artística».

 

LA MARCA DE NACIMIENTO

A fines del siglo pasado vivió un hombre de ciencia-una eminencia competente en todas las ramas de la filosofía natural- que, no mucho antes del comienzo de nuestra historia, había tenido la experiencia de una afinidad espiritual más atractiva que las químicas. Dejando el laboratorio al cuidado de un ayudante, se había limpiado el hollín de las finas facciones, se había lavado las manchas de ácido de los dedos y había persuadido a una hermosa joven de ser su esposa. Por entonces, cuando parecía que el descubrimiento más bien reciente de la electricidad y otros misterios de la naturaleza abrían sendas a la región del milagro, no era insólito que el amor por la ciencia rivalizara en profundidad y energía con el amor por la mujer. El intelecto elevado, la imaginación, el espíritu y hasta el corazón podían encontrar alimento agradable en empresas que, como creían algunos defensores apasionados, progresaban de un peldaño de poderoso entendimiento en otro hasta que el filósofo alcanzase el secreto de la fuerza creativa, acaso engendrando, desde sí, mundos nuevos. Aylmer poseía esa fe en el dominio último del hombre sobre la naturaleza. Sin embargo, se había entregado a los estudios científicos demasiado abiertamente para que una segunda pasión pudiera apartarlo. Tal vez el amor por la joven esposa se demostrara más fuerte; pero sólo podía enlazarse con el amor por la ciencia y unir esa fuerza a la suya.

Como era de prever la unión se verificó y acarreó consecuencias realmente notables y una moraleja impresionante. Un día, muy poco después de la boda, Aylmer se quedó mirando a su esposa con el semblante cada vez más atribulado, hasta que dijo:

-Georgiana, ¿nunca se te ha ocurrido que esa marca

que tienes en la mejilla se podría quitar?

-La verdad es que no-dijo ella con una sonrisa, y luego, advirtiendo la actitud seria de él, se ruborizó intensamente-. Para serte sincera, tantas veces se ha dicho que era un embrujo que fui tan simple como para aceptarlo.

-En otra cara, tal vez-replicó el marido-. Pero ¡en la tuya nunca! No, Georgiana de mi alma. Tú saliste de manos de la naturaleza tan cerca de la perfección que el más leve defecto, que dudo de calificar de defecto o virtud, me repugna como una huella visible de la imperfección terrenal.

-¡Te repugna, esposo mío!-exclamó Georgiana, muy herida, enrojeciendo primero de ira momentánea, luego rompiendo a llorar-. Entonces, ¿por qué me apartaste de mi madre? ¡No se puede amar lo que se repugna!

 

 

 

 

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