Ficha técnica

Título: Muñecas vivientes. El regreso del sexismo | Autora: Natasha Walter |  Traducción: María Álvarez Rilla |  Editorial: Turner | ColecciónNoema | Género: Novela | ISBN: 978-84-7506-932-6 | Páginas: 328 | Formato:  14 x 22 cm. | Encuadernación: Rústica con solapas  |  PVP: 24,00 € | Publicación: Octubre de 2010

Muñecas vivientes

TURNER

Doscientos años después de la aparición de los primeros movimientos feministas, asistimos a una mutación sorprendente.

Dos discursos aparentemente irrefutables, el de la libre elección y el de la biología, han derivado respectivamente en un nuevo sexismo y un nuevo determinismo que contribuyen a fijar los estereotipos sobre el comportamiento femenino y masculino. Por un lado, «la imagen de la perfección femenina a la que las mujeres deberían aspirar está (cada vez más) definida por el atractivo sexual», un atractivo cuya formulación determina, trasladándola a toda la sociedad, la propia industria del sexo. Esta situación se justifica sistemáticamente con el argumento de que se trata de «elecciones» que realizan las propias mujeres. Por otro lado, «la convicción de que «la química y la estructura del cerebro» y «la inclinación genética» explican el comportamiento femenino estereotipado sirve no sólo para explicar cómo aprenden y juegan las niñas pequeñas, sino también para justificar las desigualdades que encontramos en la vida adulta».

Pero esas «elecciones» podrían no ser tan libres, y los «descubrimientos científicos» podrían no ser tan concluyentes.

Walter cuestiona la validez de ambos discursos basándose, en gran parte, en la crónica de su impacto en la sociedad británica.

Un libro muy polémico y de actualidad, una tesis feminista para el siglo XXI, escrito con sentido común, de forma ágil y muy pegado a la actualidad social.

Denuncia los excesos de la telebasura, la obsesión con el culto al cuerpo, la «sexualización» de la infancia, dentro de lo que la autora llama «el nuevo sexismo», del que son tan responsables las mujeres como los hombres.

 

MUÑECAS  

No me imaginaba que acabaríamos así. Lo pensé hace pocos años, mientras recorría una juguetería de Londres. La escalera mecánica me había trasladado desde el bullicio multicolor de la planta baja, repleta de mullidos juguetes redondeados y de colores alegres, hasta el mundo de ensueño de la tercera planta. De pronto me sentía como si me hubieran colocado unas gafas de cristales rosas, pero el efecto resultaba estomagante. Todo era rosa, desde el rosa peladilla de Barbie al tono fresa de la Bella Durmiente de Disney, del rosa pastel de Baby Annabel al rosa chicle de Hello Kitty. Había un mostrador de manicura rosa donde las niñas pequeñas podían pintarse las uñas, un expositor «boutique» rosa con pendientes y collares, muñecas que venían dentro de una caja rosa con «dormitorios manicura» rosa y «salones de belleza» rosa.

   A lo largo del tiempo muchas feministas han defendido la necesidad de animar a las niñas y los niños a jugar saltándose los límites impuestos por su sexo, argumentando que no había razones para confinar a las niñas en ese universo pastel. Pero la división entre el mundo rosa de las niñas y el mundo azul de los niños no solo sigue existiendo sino que, en esta generación, se está extremando más que nunca.

   Ahora da la impresión de que las muñecas se escapan de las tiendas de juguetes e invaden la vida de las niñas. No solo se da por hecho que las niñas juegan con muñecas: también se espera que se conviertan en réplicas de sus juguetes favoritos. La estética de purpurina rosa invade ya casi todos los ámbitos de la vida de una niña. La naturaleza transversal de las técnicas de marketing modernas hace que ahora cualquier niña pequeña puede sentarse en su casa a ver el DVD de La Bella Durmiente mientras juega con su muñeca de La Bella Durmiente, que lleva el mismo vestido, y vestirse también ella misma con una réplica refulgente del mismo traje. Después puede irse al colegio con un surtido de Bratzs y Barbies por todas partes, desde las braguitas hasta los prendedores del pelo y la mochila, y al volver a casa puede mirarse en el espejo del tocador de las Princesas Disney. Las elaboradas estrategias de marketing de las marcas están consiguiendo fundir la muñeca y la niña real hasta un punto que hace una generación hubiera resultado inconcebible.

   Esta extraña fusión puede prolongarse ya bien pasada la etapa infantil. Vivir una vida de muñeca parece haberse convertido en la aspiración de muchas jóvenes, que en cuanto salen de la infancia se embarcan en el proyecto de conquistar la imagen teñida, depilada y bronceada de una Bratz o una Barbie a base de arreglarse, ponerse a dieta e ir de compras. Los personajes de las comedias románticas que ven son mujeres que hacen que esa feminidad exagerada parezca apetecible, y las famosas que aparecen en las revistas de moda y cotilleos que leen suelen ser mujeres de las que se sabe que han optado por tomar medidas extremas, desde dietas draconianas a cirugía estética, para conseguir una perfección irreal.

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