Ficha técnica

Título: Muchacho de oro, muchacha esmeralda | Autor: Yiyun Li |  Traducción: Laura Martín de Dios | Editorial: Galaxia Gutenberg | Colección: Narrativa Nova | Género: Novela | ISBN: 978-84-15472-56-8 | Páginas: 240 | PVP: 21,90 € | Publicación: 3 de abril 2013

Muchacho de oro, muchacha esmeralda

GALAXIA GUTENBERG

Ambientados en su mayoría en la China del siglo XXI, esta bella colección de relatos cortos se nutre de personajes que tratan de reconducir sus vidas en un mundo nuevo y desconocido para ellos. Vecinos de un edificio ruinoso que contemplan con pavor y asombro el boom inmobiliario; una empresaria local metida a filántropo que acoge en su hogar a mujeres en situación delicada; un grupo de ancianas que descubre la fama en el último tramo de sus vidas como detectives privadas especializadas en aventuras extramatrimoniales; una joven que publica un blog para hacer pública la infidelidad de su padre.

La magistral colección de Yiyun Li recoge la vida cotidiana de la gente, una vida que se ha visto convulsionada por el cambio global, y con ello se demuestra como una de las escritoras imprescindibles de nuestros tiempos.

 

El inexorable correr del tiempo  

Habían jurado que serían hermanas del alma en el patio trasero de Ailin hacía cincuenta años, y Ailin era la mayor de las tres y a la que se le había ocurrido la idea. Tenían doce años, a punto de cumplir trece, sus cuerpos apenas empezaban a llenar las chaquetas Mao de color gris que habían heredado de sus madres. Por aquel entonces, hacerse hermanas del alma, igual que muchas otras tradiciones, había quedado tildado de nocivo legado feudal, y tuvieron que sobornar a la hija de un vecino para que se llevara a los hermanos pequeños de Ailin al mercado a comprar cañas de azúcar para que las tres niñas pudieran saberse libres de miradas indiscretas: los pequeños tardarían un buen rato en mascar las cañas de azúcar de punta a punta. Mei había robado un poco de licor de batata del armario de su padre, y cada una dio un sorbo de la fuerte bebida antes de verter un poco en el suelo. «Que el cielo y la tierra sean testigos del comienzo del resto de nuestras vidas», leyó Ailin, una promesa que había adaptado de viejas novelas en las que hombres y mujeres elegían a sus hermanos del alma más allá del vínculo de la sangre misma, y Mei y Lan repitieron, igual que Ailin, que ellas, en adelante hermanas del alma, permanecerían unidas en lo bueno y en lo malo hasta el día en que abandonaran juntas el mundo terrenal.

     Después fueron al único fotógrafo de la localidad para hacerse una foto. iban vestidas con sus mejores ropas: blusas de un blanco luna con lazos del mismo color atados en la punta de sus trenzas y pantalones con estampados florales de colores suaves. El fotógrafo, un soltero de casi cuarenta años, vio a las tres niñas soltar risitas de emoción mientras colocaba los focos, y en sus rostros vislumbró algo que ellas hubieran sido incapaces de comprender en ese momento y que lo conmovió. En las copias finales escribió con trazo fino un verso de un antiguo poema: «Tan inocentes como brotes nuevos, no sabían que el tiempo corre inexorable como un río». Molestas pero sin atreverse a enfrentarse al fotógrafo, las niñas fingieron no reparar en aquella apostilla en su juramento fraternal.

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