Momentos de inadvertida infelicidad

ANAGRAMA

Cuando estás concentrado delante del ordenador y tu hijo se presenta con una caja de Lego y te pide que le ayudes; cuando una bella desconocida te coge de la mano en el avión y te das cuenta de que sólo tiene miedo; cuando te dicen que podrías haberte vestido mejor y tú ya te habías vestido mejor; cuando alguien te cede amablemente el paso y eso implica que empiezas a tener una edad respetable… Éstos son algunos ejemplos de esos momentos de discreta infelicidad que, sin embargo, muchas veces están cerca de la felicidad: basta con que sepamos tomárnoslos con sentido del humor y encontrar su lado divertido.

En este libro inclasificable, como en Momentos de inadvertida felicidad, la otra cara de la misma moneda, Francesco Piccolo va desde el mínimo aserto que abre abismos de ambigüedad hasta divagaciones que consiguen enlazar la dieta Dukan con la macroeconomía o evocaciones extensas de episodios de niñez o de juventud en los que uno sospecha que se sentaron las bases para la melancolía futura. El autor adopta la perspectiva de la esponja, capaz de absorber cuanto ocurre, para observar luego con el microscopio de la ironía esos mínimos estados de infelicidad en los que reconocerse y, sobre todo, ante los que sonreírse. Porque esos pequeños episodios intrascendentes quizás no son «grandes momentos estelares», pero sí conforman lo que somos.

«Su propósito es precisamente el análisis de una realidad que pasa inadvertida; es un realismo menor y a veces infinitesimal, a menudo absurdo, alguna vez surrealista, incluso -aunque quizá exagero- un poco kafkiano» (Raffaele La Capria, Corriere della Sera).

«Destellos de mínimas revelaciones, desasosiegos inesperados, percepciones volátiles que están a punto de deslizarse hasta desaparecer en el abismo de lo que ya no existe y nada significa, pero que luego se condensan formando una imagen, una sensación apenas palpable» (Renato Minore, Il Messaggero).

«Un delicioso amasijo de relatos, microrrelatos, instantáneas escritas que me han divertido hasta el punto de que, leyéndolo en el metro, en cierta ocasión me eché a reír de repente, ruidosamente, y todo el mundo me miró extrañado, con cara de estar diciendo: «¿Pero de qué se ríe este tipo?»» (Nicola Mirenzi, The Huffington Post).

«Una lectura tan agradable como el primer trago de cerveza» (Margherita Oggero, La Stampa).

«Nos divierte con amenidad y desencanto, aunque -pensándolo bien- nos hace reflexionar sobre en qué nos hemos convertido» (Francesco de Core, Il Mattino).

«En sus páginas se da algo parecido a la convicción de que en estos tiempos no existe otra posibilidad que no sea la de unos minima moralia sin pretensiones, carentes de corrosividad; unas pocas virutas de sentido, en definitiva» (Massimo Onofri, Avvennire).

 

PÁGINAS DEL LIBRO

El año pasado, mi mujer me dio un paquetito envuelto en papel de color y con un lacito dorado: mi regalo de Navidad. Al principio, intenté desatar el nudo y desenvolver el paquetito con delicadeza, pero no había forma de que se abriera; sólo después de bastante rato, muy nervioso ya, desgarré el papel con uñas y dientes. Mi mujer me miraba fijamente a los ojos, con angustia y curiosidad – pero también asustada ante tamaña violencia-, porque quería saber si me gustaba.

     Lo abrí, lo miré y desplegué una amplia sonrisa y le di las gracias. ¿Te gusta?, me dijo ella. Muchísimo, le dije yo.

     Pero yo era incapaz de adivinar qué era aquello.

     Era un objeto extraño, con bonitos colores y una forma especial, pero era imposible saber lo que era. Mientras iba enseñándoselo a los demás, ella me preguntaba: ¿ya sabes para qué sirve? ¿Lo has adivinado? Y yo le contestaba: sí, claro, pero cada vez más titubeante. Entonces les preguntaba a los demás si sabían qué era, con la secreta esperanza de que alguien contestara sí con convicción, y así lograr que por fin me lo explicara, para luego decir yo como si ya lo supiera: muy bien, lo has adivinado.

     Pero nadie sabía de qué se trataba. Ni, sobre todo, para qué servía, porque para algo tenía que servir. O también podía tratarse tan sólo de un adorno, algo para colgar en la pared, o incluso para tener en la cocina, o sobre la mesita de noche. Pero tampoco eso estaba claro.

     Luego, por la noche, en la cama, le reiteré a mi mujer que el regalo me había gustado muchísimo, pero que tenía que confesarle algo: no había sido capaz de descubrir qué era. Me apresuré a añadir que eso no tenía importancia, porque era un regalo muy bonito, tenía colores bonitos y una forma especial. Eso es lo que importaba. Y carecía de importancia si no sabía lo que era, porque nadie lo sabía; nadie a quien se lo hubiera enseñado.