Ficha técnica

Título: Mogens | Autor: Jens Peter Jacobsen  | Traductor: Blanca Ortiz Ostalé  |  Ilustración: Natalia Zaratiegui Editorial: Ardicia  |  Páginas: 108   |  ISBN: 978-84-944476-1-7 | Precio: 14,90 euros  |  Fecha:  mayo 2016 |

Mogens

ARDICIA

En una deslumbrante historia, a medio camino entre la novela de formación y el cuento de hadas, el joven protagonista de Mogens (1872) tendrá que aprender a vivir guiándose por sus inclinaciones, en lugar de plegarse a los convencionalismos imperantes, y enfrentarse al reto de recuperar la esperanza tras la pérdida de su amada.

La peste en Bérgamo (1881), que funciona a la vez como una poderosa alegoría y un estudio de psicología de masas en el que el autor disecciona el enfrentamiento entre un desesperado grupo de hedonistas y unos fanáticos religiosos, sirvió de inspiración a Thomas Mann para La muerte en Venecia.

El relato que completa el volumen, La señora Fønss (1882), nos presenta a una mujer al borde de la muerte que sin remordimientos, pero ansiosa por ser comprendida, dirige una emocionante carta a sus hijos, quienes la obligaron a elegir entre ellos y el amor de su vida, reencontrado en la edad tardía. 

«Empiece por leer el primer cuento, que lleva por título Mogens. Le sobrecogerá la dicha, la riqueza, la inconcebible grandiosidad de todo un mudo.» Rainer Maria Rilke 

 

MOGENS

Era verano, las horas centrales del día, en un rincón del cercado. Delante crecía un viejo roble, de cuyo tronco bien podría decirse que se retorcía de desesperación por la falta de armonía entre su flamante follaje amarillento y sus ramas negras, gruesas y tortuosas, que parecían antiguos arabescos góticos de trazo burdo. Tras el roble había una frondosa espesura de avellanos oscuros, sin brillo, tan arrimados unos a otros que no se distinguían los troncos de las ramas. Por encima de la fronda de avellanos asomaban dos arces, rectos y alegres, de hojas graciosamente dentadas, peciolos rojos y largos dijes de racimos verdes. Detrás de los arces comenzaba el bosque, una ladera verde de curvas regulares donde los pájaros entraban y salían como elfos de una colina herbosa.

     Todo esto era lo que se veía viniendo por el sendero que corría del otro lado del valladar. Nuestro hombre, en cambio, recostado a la sombra del roble, con la espalda contra el tronco y mirando hacia el otro lado, lo primero que veía eran sus propias piernas y una manchita de hierba corta y espesa; después, una mata grande de ortigas oscuras, el seto de espinos con las grandes flores blancas, los escalones del portillo, una esquina del campo de centeno y, para terminar, el asta de bandera del magistrado y, a continuación, el cielo. 

     Hacía un día tórrido, el calor centelleaba en el aire y todo estaba en silencio. Las hojas colgaban adormecidas de los árboles, y lo único que se movía eran las mariquitas en las ortigas y la hojarasca marchita sobre la hierba, que se iba arrugando a pequeños espasmos, como si se retorciera bajo los rayos del sol.

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