Ficha técnica

Título: Mitología | Autor: Edith Hamilton Traductor: Carmen Aranda | Ilustrador: Abraham Lacalle Editorial: Turner | Colección: Noema 50| Precio: 28 €   | Páginas: 424 |  Fecha de publicación:  Septiembre 2008 | Formato: Rústica con solapas  22 x 14   | Nº de fotos en color: 22 | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-7506-817-6

Mitología

TURNER

Esta mitología clásica -con un completo compendio de los mitos griegos, latinos y de los países nórdicos- constituye uno de esos libros intemporales imprescindibles en toda biblioteca. Se trata probablemente de la mitología más completa y citada del mundo, y, desde su publicación en 1942, varias generaciones de lectores han encontrado en él las bases culturales y sentimentales de la sociedad occidental.

La vividez literaria de Hamilton nos hace leer su relato de la guerra de Troya, los viajes de Ulises, la peripecia de Jasón tras el Vellocino de Oro o la tragedia del Rey Midas como grandes aventuras narrativas y, al mismo tiempo, como claves que nos permiten desentrañar la pintura, la literatura y la sociología de nuestra época. Unánimemente aclamada en todo el mundo por su rigor académico y su lucidez, la Mitología de Edith Hamilton es una obra maestra, con la que se comparan todas las obras de su sector.

Con 22 ilustraciones originales de Abraham Lacalle, artista español presente en las colecciones permanentes del Reina Sofía y la Fundación La Caixa, la Mitología de Hamilton es un deleite también para la vista. 

                                                  CAPÍTULO I

                                              PSIQUE Y CUPIDO

Esta historia sólo la ha contado Apuleyo, escritor latino del siglo II de nuestra era, por lo que se usan los nombres latinos de los dioses. Está narrada con elegancia, a la manera de Ovidio: el escritor se divierte con lo que escribe, pero no se cree una palabra.

   Había una vez un rey que tenía tres hijas, todas muy hermosas, pero la más joven, Psique, destacaba tanto sobre sus hermanas que a su lado parecía una auténtica diosa relacionándose con simples mortales. La fama de su arrebatadora belleza se extendió por todo el mundo, y llegaban hombres de todas partes para admirarla con asombro y adoración, homenajéandola como si en realidad fuera de la raza de los dioses. Se decía que ni siquiera la propia Venus podría igualar a esa joven mortal. De hecho, tan enorme llegó a ser el número de los que veneraban a Psique que ya nadie se acordó más de Venus: sus templos quedaron abandonados, los altares cubiertos de cenizas frías y sus ciudades favoritas desiertas y en ruinas. Todos los honores que habían sido para ella ahora se destinaban a una simple muchacha destinada a morir algún día.

   Como es de imaginar, la diosa no estaba dispuesta a que se la tratara así. Entonces, como siempre que tenía problemas, se dirigió a su hijo, el bello joven alado a quien unos llaman Cupido y otros Amor, contra cuyas flechas no hay defensa ni en el cielo ni en la tierra. Le contó sus penas y, como de costumbre, él le dijo que seguría sus órdenes:

   -Usa tus poderes -le ordenó ella entonces-, y haz que esa fresca se enamore locamente de la criatura más vil y despreciable que haya en el mundo entero.

   Y así lo habría hecho, sin duda, si Venus no le hubiera mostrado primero a Psique, sin pensar en ningún momento -tal era la rabia de sus celos- que la belleza de la chica podría podría afectar incluso al mismísimo Dios del Amor. Pero, cuando Cupido la vio, fue como si le hubieran disparado una de sus propias flechas en el corazón. No dijo nada a su madre -de hecho, se había quedado sin palabras-, y Venus se marchó feliz, confiando en que pronto Cupido iba a provocar la perdición de Psique.

   Sin embargo, lo que ocurrió no fue lo que ella suponía. Psique no se enamoró de ningún miserable: no se enamoró de nadie, sencillamente. Y, lo que es más raro, nadie se enamoró de ella. Los hombres se contentaban con mirarla, maravillarse y adorarla, y luego pasaban de largo y se casaban con otra. Sus hermanas, infinitamente inferiores a ella en belleza, se casaron espléndidamente, cada una con un rey. Psique, la más hermosa, se fue quedando triste y sola, sin amor. Parecía que ningún hombre la quería.

   Todo esto resultaba de lo más preocupante para sus padres, por supuesto. Así que su padre decidió viajar hasta el oráculo de Apolo para pedirle consejo sobre cómo conseguir un marido para Psique. El dios le contestó, pero sus palabras fueron terribles. Cupido le había contado toda la historia y le había solicitado ayuda; por tanto, dijo Apolo, debían llevar a Psique, vestida del luto más riguroso, hasta lo alto de una montaña rocosa y dejarla sola allí, adonde iría a buscarla el esposo que le estaba destinado, una terrible serpiente alada, más fuerte que los mismos dioses, y la desposaría.

   Es de imaginar el sufrimiento de todos cuando el padre de Psique volvió con estas tristísimas nuevas. Los padres la vistieron como si fueran a enterrarla, y la acompañaron hasta la montaña, más dolidos que si se dirigieran a la misma tumba. Pero Psique se armó de coraje.

   -Deberíais haber llorado antes por mí -les dijo-, y por la belleza que me ha hecho atraer los celos del Cielo. Ahora marchaos, y sabed que estoy feliz de que el final haya llegado.

   Desconsolados, todos se fueron, dejando a la bella criatura indefensa, dispuesta a enfrentarse a solas con su destino, y se encerraron en su palacio para llorarla durante el resto de sus días.

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