Ficha técnica

Título: Misterio, emoción y riesgo | Autor: Fernando Savater  |  Editorial: Ariel  |  Colección: Biblioteca Fernando Savater|  Páginas: 400 pp.|  Fecha de publicación: noviembre 2008 | Género: antología de artículos | ISBN: 978-84-344-8783-3  

Misterio, emoción y riesgo

EDITORIAL ARIEL

De los piratas y tesoros de Stevenson  a King Kong y su amor fou por una mujer de rubios cabellos, del terror decimonónico de Edgar Allan Poe al horror claustrofóbico de Alien, de la fría capacidad analítica de Sherlock Holmes a la acción y seducción de James Bond; de los mundos soñados por Julio Verne a la pesadilla en forma de renacidos saurios de Parque Jurásico, de las travesuras de Guillermo y sus proscritos a la lucha contra el mal del niño mago Harry Potter; de la Tierra Media de Tolkien a los monstruos informes de Lovecraft, del náufrato Robinson Crusoe al aventurero Allan Quatermain en busca de las minas del rey Salomón, de las invasiones marcianas de H. G. Wells al tiburón asesino de Steven Spielberg, de las paradojas de Lewis Carroll al humor absurdo de Groucho Marx, del Sandokán de Salgari al intrépido reportero llamado Tintín…

Misterio, emoción y riesgo reúne todo lo que Fernando Savater ha escrito, incluido un buen número de textos inéditos, sobre una de sus grandes pasiones: las novelas y películas de aventuras, que nos hicieron soñar en la infancia y nos siguen entusiamando en la madurez. Profusamente ilustrado, el libro se cierra con sendos cánones personales sobre las grandes novelas de misterio y las mejores películas de aventuras.

 

CAPÍTULO I

La evasión del narrador

Si yo supiera contaros una buena historia, os la contaría. Como no sé, voy a hablaros de las mejores historias que me han contado. El narrador de historias siempre acaba de llegar de un largo viaje, en el que ha conocido las maravillas y el terror. Tal como el inocente Enkidu vio turbada su existencia silvestre por un cazador con quien se encontró delante del aguadero y que fue el primer ser humano que halló en su vida. Dice el poema que «el miedo hizo nido dentro de sus entrañas, su rostro era el de un hombre que llega de muy lejos».1 Así, tras el rostro del hombre que llega de muy lejos, espera el oscuro fluir de las historias. Pero el viaje no siempre ha consentido al viajero protagonizar la aventura; muchas veces ha debido contentarse con escuchar la peripecia de labios de otros, sentados ante un jarro de cerveza en la taberna llena de gente y de humo o atento al cuchicheo crispado de los labios del moribundo, cuyos ojos comienzan a familiarizarse con los fantasmas. Quizá ha leído la historia asombrosa en el manuscrito hallado en una botella o en ese grimorio maldito que el librero, con buen acuerdo, se negaba a vender. No puedo preciarme de nada semejante. Leí las historias de las que voy a hablaros en libros adquiridos sencillamente, por compra o robo, en establecimientos corrientes y molientes… No, esto es falso; nada tan prodigioso como aquella pequeña tienda de la calle Fuenterrabía, en San Sebastián, que fue el ombligo del mundo cuando yo tenía siete u ocho años. Thomas de Quincey sostiene que el boticario que le vendió sus primeros granos de opio era un ángel refulgente bajo su apariencia vulgar y adormilada, ¿no he de pensar yo lo mismo de quien un día puso en mis manos un pequeño volumen encuadernado en piel roja -inquietante ambigüedad- que contenía las aventuras de Sherlock Holmes? Al fondo de la tienda, detrás del mostrador, estaba la colección completa de las obras de Salgari, que adornaban sus contraportadas con mapas orientales. Alguna vez, en verano, entraba un viejecito de perilla blanca de chivo, que compraba novelas policíacas a las que llamaba sus «píldoras de dormir»; la dueña de la tienda me decía en un susurro de veneración: «¡Ése es don Jacinto Benavente!». Y yo, que naturalmente no había visto ni leído ninguna obra de don Jacinto (ni entonces ni ahora, la verdad sea dicha), sentía un escalofrío de admiración, porque siempre he sido dócil a la veneración de los grandes hombres y, por miedo a que no haya ninguno o a que acaben los pocos que hay, estoy dispuesto a reconocer ese título incluso a quienes quizá no lo merecen más que cualquier otro. En esa librería compré el Viaje al centro de la Tierra, en una edición moderna muy fea, sin ilustraciones, pero que todavía no puedo ver sin sentir la garganta atenazada por el peligro y la emoción. Y también mis primeras novelas de James Oliver Curwood (El rey de los osos, Kazán, El valor del capitán Plum…) o de Zane Grey. Descuidad, no es que trate de contaros mis memorias. Sólo intento deciros, para que me escuchéis con más cariño, que en una muy modesta medida yo también vengo de lejos, como a favor del tiempo y su desdicha pueden afirmar de algún modo todos los hombres. Lo que aquí inicio es la crónica de un viaje; a fin de cuentas, quiero pensar que yo también voy a contaros una historia.

 

 

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